"Si no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe al menos cosas dignas de ser leídas".
Giacomo Casanova

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26 de mayo de 2012

Bar Sport (XIV)

Inside movie theatre

Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

El cine Sagitario

Cuando en el bar Sport no se discute de campeones, desafíos, amores, capuchinos, delanteros centro, borracheras, traslados, sexo y merengues, se habla del programa del cine Sagitario.

La primera vez que puse el pie en el cine Sagitario fue después de hacer novillos en la escuela. Aquel día iban a preguntar griego, y no me decidía sobre la excusa que inventaría. Había pensado en escenificar un “Perdone, ¿puedo salir?, tengo sangre en la nariz”, pero a la entrada de la escuela vi a Frazzoni y Baldi con dos pañuelos que parecían las vendas de un garibaldino. “Si quieres sangre, ha quedado un poco de conejo en el coche”, me dijo Frazzoni. Así que pensé en una excusa enternecedora. Pero Pagliogli se acercó amenazante y dijo: “Hoy la abuela en coma la tengo yo”, y empezó a pelar una cebolla frotándola. ¿Romperme un brazo? Pero Lodi ya entraba con la cabeza vendada y dos muletas, y detrás Guido enyesado hasta el cuello. Me sentí perdido. Armaroli, Biondi, Cartoni, Deganutti, Dursi, Piombo, Sardoni, Selleri y Zacca no habían venido. Nonni tenía justificación del padre; Mazzanti había estado enfermo los últimos siete meses y tenía que ponerse al día. En cuanto a Lorenzi y Poluzzi, los primeros de la clase, ya les habían preguntado dieciséis veces a cada uno. Gibboni se había desmayado y Brioli había sufrido una crisis epiléptica. Quedaba sólo yo.

Motom1

Mientras temblaba en la entrada de la escuela, llegó Mulone. Mulone medía un metro noventa, con bigotes de mafioso y una buena plantación de espinillas. Lo admirábamos muchísimo porque ya había repetido seis veces tercero y porque inventaba unas historias eróticas hermosísimas, que acababan casi siempre con: “A ver, ¿sabéis de qué os he hablado?“. Mulone entró sobre su Motom en el pasillo y dijo: “¿Cómo está la situación?”. Le expliqué que la situación era grave, que todos tenían una férrea coartada, y que seguramente a la hora de griego caeríamos él y yo. “Ah”, dijo Mulone, “y tú, ¿estás preparado?”. “No”, dije yo, “¿y tú?”. “Tampoco. Ayer no pude estudiar. Vino a verme una novia”. “Ah”, dije yo. En aquel momento apareció por la puerta la figura del profe de griego, con barba larga, cabello apelmazado y piernas enarcadas. “Dios mío”, dije, “qué mal lo veo. Además las hemorroides”.

Y fue así como me encontré sobre el guardabarros de la Motom de Mulone, lanzado a una precipitada fuga. Mulone conducía con una pericia y un dominio absolutos, pasando con desenvoltura de la calzada a la acera y de ahí a los porches de las casas sin pararse un instante. Sólo en la calle Fondaza me dio un codazo en la boca para hacerme caer. “¡Hay un guardia!”, explicó. Y al poco nos encontramos ante el Sagitario, cine de barrio, doscientas liras, donde estaba en cartelera Cheng, la furia del Oriente, prohibida para menores de dieciocho. “No puedo entrar”, dije yo. Pero Mulone me arrastró dentro.

brucelee Sobre la taquilla había unos rótulos luminosos en los que se leía: Primera parte. Segunda parte. Intermedio. Actualidad. Debate general.”¿A qué hora comienza el debate general?”, preguntó Mulone. “En diez minutos”, dijo la taquillera, una morena con sonrisa de lingotes y con pedruscos de rimel en equilibrio sobre las pestañas. Estaba sentada sobre una pila de Tebeos y leía seria, masticando una barrita de regaliz, con la mirada de una vaca cuando pasa el tren. “Dos Enal[1] reducidas para inválidos civiles”, espetó Mulone. “Tu abuela”, dijo la taquillera, “a ver el carné”. “Qué vergüenza”, dijo Mulone. “No hay narices, ¿eh, chaval? Y además no tenéis dieciocho años”. “Yo tengo veintiuno y él está conmigo en clase”, dijo Mulone, y me metió un nacional en la boca. La taquillera me miró con atención y cortó dos billetes. Yo aspiré el nacional y de pronto me puse del color de un divo del cine mudo. Mulone me llevó en brazos ante el acomodador, que rasgó los billetes y se quedó entretenido con una tira de chicle pegada pérfidamente por Mulone a los mismos billetes.

El interior del Sagitario era como el vagón de un tren, largo y estrecho. La platea estaba cubierta de un nubarrón negro de humo de cigarrillos y puros; de vez en cuando retumbaba el trueno. En las primeras filas había criadas y soldados. Una criada se había llevado un cubo de guisantes para pelarlos y el soldado le echaba una mano y a menudo las dos. Delante había un viejísimo pederasta, ya retirado, que desde los siete años ofrecía a los niños el mismo caramelo de limón ahora mohoso. En su fila había dos pederastas jóvenes y brillantes, perfumados como una floristería. Tenían los pies prensiles y se divertían aferrando por los tobillos a aquellos que pasaban para tomar asiento en la fila. En la tercera fila había un hombre enorme, con un sombrero que ocultaba la pantalla a cinco asientos. El hombre dormía y roncaba. Si se lo despertaba, se volvía, miraba fijamente a la cara con dos ojos inyectados en Barbera[2] y soltaba castañazos en la cabeza. En los cinco asientos detrás de su sombrero, desde donde no se veía la pantalla, estaba el contrabandista de cigarrillos encima de una pila de cartones de americanos, con la caja registradora y el hijo que se deslizaba entre las filas como un Sioux y susurraba al oído: “¿Mecheros?”. En la cuarta fila había una puta vestida de rosa, con la cara de Charles Bronson, que lloraba con las noticias, lloraba con la publicidad, lloraba con los avances de las películas y lloraba ininterrumpidamente durante toda la película, con alaridos y sonadas de nariz oceánicas. Cualquier cosa que sucediese en la pantalla desencadenaba en ella una conmoción. Sólo reía cuando veía un ahorcamiento o una película de Totò. Entonces empezaba a reír desde el final de la calle. Reía media hora mirando la cartelera: se meaba de risa sacando la entrada, vaciando el monedero en el vestíbulo, inundaba la taquilla de monedas de cien liras y de preservativos usados. Luego daba una gran palmadita al acomodador y, apenas se sentaba, comenzaba a hacer acrobacias sobre el asiento, riendo con las piernas en el aire, enlazando el cuello de los espectadores de delante, hasta caer rodando entre convulsiones en el fondo de la fila. Su potentísima carcajada impedía entender las ocurrencias de la película: pero si alguien trataba de hacerla callar ella se quitaba la peluca, que era un enredo de cabellos e hilos, grande como un oso, y con ella lo golpeaba hasta aturdirlo. Puesto que, además, se meaba encima, también llevaba detrás un orinal, y en el descanso se podía oír un rumor de cascadita y su voz afanosa que decía: “Oh dios dios dios no puedo más”.

beso

En las filas del fondo había dos amantes, Athos el rey de los carburadores, que llevaba el garaje de enfrente, y la Nella, mujer del hermano de Athos, Anselmo el Arañatechos, porque, según el parecer general, tenía una cornamenta que no cabía en una habitación. Athos y Nella esperaban la escena de amor y apenas la actriz y el actor empezaban en la pantalla a gemir enlazados en un beso, también ellos empezaban a gemir esperando mimetizarse. Pero dado que Clark Gable no habría obtenido nunca el permiso de la censura si hubiera dicho las cosas que se oían en la sala, después de pocos segundos las cabezas de todos se dirigían de la pantalla al fondo, y al final siempre se producía un aplauso clamoroso. La Nella se hundía y Athos, desenvuelto, agradecía con una reverencia.

En el fondo, a la derecha, había dos viejitos con boina, que se presentaban a las ocho y media de la mañana con una olla de cocido, compraban seis sesiones para catorce horas de proyección. Si la película era aburrida, se dormían cabeza con cabeza, despertándose sólo para el documental que a ambos les gustaba muchísimo. El más viejo decía conmovido que ya había visto ciento treinta veces El lago de los castores.

En la fila de la derecha, oculto tras un poste, estaba el Topo Tirador, con un tirachinas y bolitas de pan, judiones en salsa, plomadas de pescador, avellanas y garbanzos fosilizados. Era un pequeñajo de pelo rizado con cara de liebre. El Topo Tirador golpeaba en la oscuridad en cada ángulo de la sala, con absoluta precisión, justo bajo la oreja. Se escuchaba el zing del elástico, luego un golpe seco y una blasfemia. El Topo Tirador tenía como blancos preferidos a los señores calvos y al hombre de los helados. El hombre de los helados daba vueltas con un casco alemán en la cabeza para protegerse. Inútil. Invariablemente, cuando alguno le preguntaba si tenía naranjada, se le escuchaba responder “Demonios”, porque entretanto había llegado el leñazo del Topo Tirador. Una vez el hombre de los helados perdió la paciencia porque el Topo Tirador, en el mismo día, le había marcado un ojo con un cojinete de bolas y con un plomazo le había decapitado un almendrado que estaba a punto de entregar. Entonces tiró por el aire la caja y persiguió al Topo Tirador entre las filas para asesinarlo, pero accidentalmente le pisó un pie al hombre del sombrero que lo puso bajo los cuidados del Sant’Orsola[3] durante cuarenta días salvo complicaciones. El día que volvió, el hombre de los helados pidió ser trasladado al gallinero. Fue un acto valiente: durante varios años ninguna persona sensata había puesto el pie en el gallinero del Sagitario. Era como el valle maldito de las películas, cuando el porteador negro dice: “Zambo no ir más con tú. Zambo miedo. Si buana ir, buana morir. Valle lleno espíritus malignos. Zambo da vuelta” y se va trotando por la jungla. Así, si uno pedía una entrada de gallinero, la taquillera ponía los ojos en blanco y decía: “No vaya, no se lo aconsejo señor”. Una vez un poli se obstinó en subir, y desapareció en la nada al final de la primera parte. Sólo encontraron el sombrero en los servicios. Nosotros conocíamos el gallinero maldito sólo a través de los escupitajos que llovían sobre la última fila de la platea, en la cual, de hecho, sólo se iba con paraguas. De vez en cuando se oían gritos y risas, caían objetos extraños, como corsés de mujer, zapatos y repollos, y refulgían las llamas de un incendio. Total, que el hombre de los helados se aventuró en el gallinero una mañana, perforando una nube de humo, armado de cuchillo y pistola. Apenas estuvo arriba, lo oímos gritar “Heladoooos”, y enseguida cayó volando con una judía gigante en medio de la frente. Entonces el hombre de los helados tiró la caja y se enroló en la Marina.

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Recuerdo que aquel día con Mulone había poca gente en la platea. Se expandió el rumor de una pelea en los retretes, y todos fueron a ver. Se apagaron las luces y salió el león de la Metro, que rugió y fue de pronto ensombrecido por un eructo bestial desde el fondo de la sala. Apareció el avance de Godzilla. Godzilla era uno de los preferidos en el Sagitario, y fue saludado con un estallido de aplausos. Se presentó con un trozo de Torre Eiffel entre los dientes y una voz gritó: “¡La mano delante de la boca!”. Luego se cortó el sonido y se paró la película. El operador surgió de la cabina, se fue y regresó un minuto después con una botella de vino, gritando: “¿Preparadooos?”. Se reanudó la sesión con un fragmento de documental sobre la necrópolis etrusca de Tarquinia, pero tres personas se levantaron, entraron en la cabina de proyección y lo disuadieron de continuar. Fue así como empezó Cheng, la furia del Oriente.


[1] ENAL: Ente Nazionale Assistenza Lavoratori, organización sindical dedicada a mejora el ocio y la cultura de los trabajadores.
[2] Barbera: Vino tinto piamontés.
[3] Sant’Orsola es un hospital de Bolonia.

6 de enero de 2012

Bar Sport (XIII)

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Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

El Gran Pozzi

Aquel año el gran Pozzi había ganado casi todo; en definitiva, no tenía adversarios. Algunas veces pedaleaba con una pierna sola; otras, para divertirse, saltaba del sillín, se escondía detrás de un árbol, cuando pasaba Bartoli saltaba sobre la rueda de atrás y se hacía llevar durante muchos kilómetros, después echaba a Bartoli de la bicicleta y llegaba solo a la meta. Venció la vuelta a Italia, a Francia, a Bélgica, a España, la Milán-Leningrado, la vuelta a los Vosgos y otras chucherías. Hasta que un día se enteró de que había una vuelta a Alemania, y se inscribió.

En la vuelta a Alemania estaba también el famoso Girardoux. Medía más de dos metros, con un culo enorme, tanto que en lugar del sillín llevaba un sillón de barbero. Estaba completamente calvo, a excepción de una espesa mata de pelo roja que llevaba entrenzada y atada con alambre de espino. Tenía también unos bigotes tiesos, horizontales, durísimos y prensiles, con los cuales ensartaba y se metía en la boca la comida mientras corría. Comía una sopa típica de su región, Artois[1], a base de metano y capón hervido, y se tiraba unos eructos espantosos hacia atrás haciendo caer a quien lo seguía. Tenía también dos pies enormes; siempre que iba a atacar se inflaban y emitían un siniestro sonido de carillón. Entonces Girardoux enarcaba la espalda y con cuatro pedaladas desaparecía en las curvas: su potencia era tal que a menudo debía frenar en la subida para no salir de la carretera. El coche del equipo, que era un Bouillabaisse Balboux, o algo parecido, no conseguía nunca ir detrás de él. De esta manera, cuando pinchaba, Girardoux daba un golpe de riñones y seguía sólo sobre la rueda de atrás. Una vez pinchó las dos ruedas y venció igualmente saltando sobre el eje como un cangurito.

Cuando Pozzi supo que estaba también Girardoux, dijo una frase histórica: “Ahora se verá”, después cogió un inflador y le hizo un nudo. Cuando Girardoux lo supo, dijo: “¿Ah, sí?”, y cogió un inflador e hizo tres nudos. Entonces Pozzi dijo: “¿Esas tenemos, eh?”, cogió dos infladores e hizo una parrilla. Entonces Girardoux dijo: ¿Esas tenemos, uh?”, cogió cuatro infladores e hizo un retrato de perfil de D’Annunzio, a decir verdad poco parecido. Entonces Pozzi cogió al mecánico de Girardoux e hizo de él un inflador. Entonces Girardoux cogió al mecánico de Pozzi, que en cambio era muy listillo y no solo ni le tocó un pelo, sino que consiguió venderle por tres millones una casa decrépita en Milano Marítima. Los periódicos montaron rápido el asunto, y pronto alguien habló de rivalidad.

02 Mota y los spaguetti

La espera del encuentro resultó frenética. Pozzi cogió para su equipo, el Zamponi, dos gregarios fortísimos, los hermanos Panozzo, que además de pedalear fortísimo eran excelentes porteadores de agua. Incluso, uno de los dos sabía hacer cócteles estupendos, y el otro era famoso porque una vez, en el Stelvio[2], había preparado una carbonara para ocho compañeros de fuga sin dejar de pedalear. Después estaba un tal Zuffoli, licenciado en medicina, que hacía masajes y operaba de apendicitis sin bajar de la bicicleta, y además había inventado una “bomba” formidable, de la que, no obstante, desconocía los efectos colaterales. De hecho, durante una etapa llana comenzó a cubrirse de espinas y fue abatido a disparos mientras intentaba comerse a un locutor belga. En el equipo estaba también Sambovazzi, el que lanzaba las escapadas y ladrillos a la cabeza de los que se adelantaban. Después estaba Bonignon, que era un véneto muy bueno cuyo cometido era rezar. Después estaba Frosio, que tenía una voz bellísima y en las etapas de montaña, cuando los españoles se fugaban, emitía agudos provocando ruinosas avalanchas. Fue uno de los mejores gregarios, hasta que los españoles empezaron a aficionarse a los termos de los San Bernardo.

Girardoux tenía también él un equipo excelente: todos los ciclistas medían dos metros y tenían bigote, para entrenarse hacían carreras con el ascensor del Hotel Viena de Berlín, donde estaban alojados en el último piso, en los apartamentos reales, y causaban buena impresión entrando los doce en bicicleta y frac a través de la escalinata del comedor Toscanowsky.

Girardoux era un atleta muy diferente a Pozzi. Pozzi no bebía y no fumaba, Girardoux fumaba noventa cigarros al día y bebía como una alcantarilla. Pozzi era moderado y se iba a la cama cada noche a las nueve. Girardoux tenía seis amantes, una española, dos hermanas rusas, una cubana, una peruana y una gitana guapísima que había raptado durante una contrarreloj en Hungría. Se iba siempre a la cama después de las tres, y se presentaba por la mañana en la etapa con llamativos ropajes de seda color naranja y lila, bebiendo pernod. A veces dormitaba una horita en los primeros kilómetros, en una hamaca extendida entre las bicicletas de dos gregarios. Algunas veces salía solo al mediodía y después de diez minutos estaba ya con el grupo. Pozzi era modesto y sencillo; Girardoux sabía tocar ocho instrumentos, sabía escribir a máquina y hacer el sonido del erizo sorprendido robando. Pero los dos tenían un físico y una fuerza tremendos: Pozzi podía estar dos días sin respirar e hinchar un Zeppelin sin perder el aliento. El corazón de Girardoux latía tres veces al día, al mediodía, a las seis y a las nueve, y los pulmones tenían una capacidad de hasta ocho mil litros.

El día de la salida, en Berlín, había más de tres millones de personas. El káiser en persona fue al control, entró en el vestuario del equipo italiano, quiso ver la bicicleta de Pozzi y se quedó con un dedo entre los radios. Después fue al vestuario francés y habló media hora en alemán con Girardoux que, sin embargo, hablaba sólo francés y dijo cosas sin importancia.

Cuando Pozzi y Girardoux se vieron en la línea de meta, en principio se ignoraron. Después Pozzi inspiró profundamente y desde una distancia de veinticinco metros sopló e hizo volar el gorrito de Girardoux hasta la tribuna de honor. Entonces Girardoux sopló a su vez y tiró a Borzignon, a dos mecánicos y al coche del Zamponi contra el muro de una casa a doscientos metros. Rápidamente acudieron los soldados que metieron dos tapones de damajuana en la boca de los rivales que se enfrentaban amenazadoramente.

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A las nueve, se dio la salida. La primera etapa llevaba de Berlín a Viena a través de los Cárpatos, con una distancia de mil doscientos ocho kilómetros. En efecto, teniendo en cuenta que estaban Pozzi y Girardoux, los organizadores habían programado una vuelta tremenda y llena de peligros. Nada más sonar el disparo de salida, Pozzi esprintó y Girardoux se le pegó detrás, limpiándose la nariz en el dorso de la camiseta del italiano para provocarlo.

En las puertas de Berlín llevaban ya nueve minutos y treinta segundos sobre el pelotón, guiado por el alemán Krupfen que corría vestido de vikingo. Cerca de Frankfurt, Pozzi y Girardoux encontraron un paso a nivel cerrado, pero lo rompieron y siguieron adelante. Poco después los alcanzó Krupfen, que fue embestido por el Milano-Brennero y terminó en un vagón de emigrantes italianos, donde conoció a una napolitana con la que se casó y con la que montó una pizzería típica en Hamburgo. En el pelotón, italianos y franceses comenzaron enseguida a liarse a bofetadas, en Dusseldorf Pozzi ganó la meta volante. Los dos atacaron en los Cárpatos: Girardoux metió un 54 x 452, es decir, un cambio con el que hacía doscientos metros cada pedalada; Pozzi metió a su vez un 56 x 462, con el que avanzaba doscientos cincuenta metros de golpe. Girardoux puso un 0’8 a la francesa, por lo que cada pedalada equivalía a una vuelta turística completa a Pigalle. Pozzi metió un 48 uniforme, es decir un motorcito de la Morini.

A una altura de 3450 metros comenzó a nevar, y dos rayos golpearon el manillar de Pozzi, que se fundió. Pozzi siguió sin manos, pero Girardoux lo aventajó pronto en seis segundos. A 5800 metros la carretera se desmoronó, pero el francés sin dudar se encaramó al glaciar. A 7000 metros había seis metros de nieve, pero Girardoux continuó subiendo aunque el frío fuera ya insoportable. Pozzi despedazó dos zorros y se hizo un tres cuartos y un gorro peludo, pero cuando estaba punto de alcanzar al rival se precipitó en una grieta llena de vasos de papel y servilletas de picnic usadas.

Giradoux, riendo burlonamente, llegó a la cima de la montaña y se lanzó hacia abajo con la bicicleta desde ocho mil metros, llegando ligero como una pluma sobre la punta del pie. Pero en la ebriedad del triunfo se había equivocado y se había lanzado hacia abajo por la vertiente rusa en vez de por la búlgara, y por tanto tuvo que volver arriba y rehacer toda la vuelta. Mientras tanto llegó Borzignon y se encontró a Pozzi que, enloquecido, se lanzaba pedaleando contra las paredes de la grieta; Borzignon se rasgó la camiseta, hizo una cuerda con ella y sacó a Pozzi. Pozzi y Girardoux se encontraron en la cima y se lanzaron juntos: pero Girardoux era más pesado y ganó por un segundo. Borzignon llegó tercero en calzoncillos. Cuarto debía llegar el francés Pellier, que sin embargo equivocó el salto y se estampó sobre el techo de un funicular. A tres horas y veintiséis minutos llegó una avalancha de nieve: dentro estaba el pelotón con cuarenta y tres corredores, un oso y tres monitores de esquí.

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Aquella noche en el clan francés hubo una gran fiesta, y Girardoux ofreció champán a todos. Los periódicos franceses sacaron ediciones extraordinarias y Girardoux fue llamado “La bestia humana”, “La cabra montesa del Artois”, “El rayo de la montaña”, “La excavadora transalpina” “El gran ánade de los Pirineos”. Pozzi, en cambio, se fue a la cama sin lavarse los dientes, meditando furioso la venganza.

La mañana siguiente fue la segunda etapa, llamada “la diagonalona”, seis mil trescientos kilómetros de autopista de Lisboa a Leningrado. El pelotón se mantuvo compacto hasta los mil trescientos kilómetros: después, en el área de servicio Pavesi, Borzignon pidió adelantarse un poco para saludar a los suyos en Cattolica. Pozzi y Girardoux dieron el permiso y Borzignon partió como un obseso. Pocos minutos después en el pelotón comenzó a circular el rumor de que Borzignon era de Pordenone. Pozzi gritó: “¡Traidor!” y se lanzó en su persecución. Borzignon llevaba ya dos horas y media de ventaja, pero en pocas pedaladas fue alcanzado: lo amonestaron y le zurraron.

Entonces Girardoux empezó a hacer una carrera táctica. Dijo: “Bah, voy a dar una vueltecita”, y salió en Rimini norte. Pozzi, preocupadísimo, lo siguió muy de cerca. Girardoux, tranquilísimo, compró un helado y se puso a caminar por el paseo marítimo. Pozzi y tres gregarios lo siguieron pedaleando por la playa. Después Girardoux se metió en el mar en un patín acuático. En el clan italiano todos estaban muy preocupados por la maniobra del francés. Girardoux echó seis partidas en el flipper, compró algunas postales y fue a ver a los delfines. Uno de los Panozzo lo siguió arrastrándose por el borde de la piscina, un delfín saltó y le dio un mordisco. A las ocho y media de la tarde el pelotón estaba a setecientos kilómetros de distancia, pero Giradoux no daba señales de impaciencia. Pozzi en cambio estaba nerviosísimo y de vez en cuando resoplaba provocando grandes remolinos en la carretera. A las diez Girardoux se presentó en el Mogambo e invitó a bailar a una alemana. Pozzi, escondido detrás de una palmera, lo vigilaba. Bailaron un buen rato, después Girardoux intentó estrujarla y se llevó un guantazo. Entonces invitó a otra alemana. Bailaron hasta medianoche. El pelotón mientras tanto estaba a treinta kilómetros de la meta. A las doce y media Girardoux y la alemana empezaron a hacerse carantoñas y Borzignon gimió excitadísimo. A la una salieron los dos tiernamente abrazados y se dirigieron hacia el hotel Mareverde. Pozzi los siguió y los vio entrar en la habitación mientras en Lisboa el pelotón entraba en la recta de llegada. Girardoux se quitó la camiseta y el gorrito: después, mientras la alemana iba al baño, se quitó los pantalones: miró un momento alrededor y raudo extrajo una bicicleta del bolsillo y salió como un rayo por la ventana. Pozzi gritó “¡Maldito!”, y se lanzó en su persecución.

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En pocos segundos, cabeza con cabeza, recorrieron los ochocientos kilómetros de autopista dejando detrás de sí un silbido agudísimo y un fuerte olor a pólvora, y cayeron sobre el pelotón a doscientos metros de la llegada. En este momento, el gran esfuerzo y el helado riminés produjeron en el estómago de Girardoux una imprevista reacción química; de la boca del francés salió una columna de humo treinta y nueve metros de alta con aroma de pistacho, y él palideció y se paró a vomitar a dos metros de la meta: Pozzi ganó con dos segundos de ventaja, y ganó la malla rosa. Girardoux se derrumbó del dolor atravesando la meta con la lengua, que se había hinchado hasta alcanzar las dimensiones de un colchón.

Aquella noche, en el clan italiano hubo una gran fiesta, y Pozzi ofreció champán a todos. Salieron ediciones especiales de los periódicos franceses y Pozzi fue llamado “El águila de la llanura”, “El halcón de los peajes”, “El ángel de las autopistas” y “La experta pantera”. En el clan francés hubo cuatro suicidios y dos casos de gripe asiática. El viejo mecánico Rougeon, de ochenta y siete años, que con ochenta y dos montaba las bicicletas del equipo transalpino, se acercó a Girardoux con el rostro cansado y rugoso surcado por gruesas lágrimas, y con voz trémula por la conmoción le puso la mano en el hombro, dijo “Oh, Giru”, y le hurgó con un destornillador multiusos entre los ojos.

El viejo jefe Biroux reunió a su equipo y se estudió un plan diabólico para la noche. Se sabía que Pozzi era muy moderado, pero que por lo bajini le gustaban muchísimo dos cosas: las mujeres estrábicas y los rusticanos[3] amargos. Durante la noche mandarían a la habitación de Pozzi a una bailarina del Folies Bergères, la famosa Isabel la Estrábica, con un cesto de rusticanos. Sin duda Pozzi sería derrotado por el amor y por un cólico. Por supuesto el plan fue aprobado. Se llamó a Isabel la Estrábica, que era una hermosísima mujer de cabellos rojos, hija de una gitana polaca y del encargado de un concesionario Alfa Romeo de Mâcon. Era tan estrábica que la bolita negra del ojo derecho se había puesto en el globo izquierdo, y viceversa, de tal forma que tenía los ojos perfectamente normales. Pero Pozzi, que era un entendido, ciertamente no se dejaría engañar por las apariencias. Isabel acudió ante el jefe, hizo una bellísima danza gitana y preguntó qué se quería de ella. El jefe se lo explicó e Isabel dijo que lo haría de buen grado por Francia y por seis millones. Al decir esto, pasó la bolita negra del derecho al izquierdo y viceversa. De hecho cuando hablaba de dinero le sucedían a menudo estos fenómenos extraños. Alguna vez las dos pupilas acababan en el mismo ojo y en el otro no quedaba más que el blanco, o aparecía un anuncio de soda Perrier.

El gregario Barzac fue a robar un cesto de rusticanos amarguísimos a un campesino que lo llenó de perdigonazos de sal. Isabel se fue, vestida de campesina y con el cestito, y Girardoux, satisfecho, volvió a su habitación .

Pero, sorpresa de las sorpresas, el clan italiano no se había quedado mano sobre mano, y en su habitación, Girardoux encontró una negra con la cabeza en forma de pera y un cesto de bombolonis[4], las dos únicas cosas a las que no sabía resistirse. Y enseguida se lanzó a una orgía desenfrenada. Los compañeros oyeron un ruido infernal proveniente de la habitación del campeón, pero pensaron que era un ataque de pavor nocturno, que sufría habitualmente, y se durmieron.

Mientras tanto Isabel se personó delante de la habitación de Pozzi, donde estaban de guardia Borzignon y Panozzo, y los derribó con dos golpes de kung-fu, en el que era experta. A continuación, se presentó en toda su belleza a Pozzi, que estaba durmiendo abrazado a un osito de trapo de dos metros, que era su juguete preferido desde la más tierna infancia. Pozzi se despertó y sus ojos tuvieron un resplandor: se abalanzó sobre los rusticanos y sólo seis horas después, saciado, se abandonó sobre la cama fumando un cigarrillo.

A la mañana siguiente Girardoux se presentó en la salida cubierto de crema hasta la cabeza, y con la nariz completamente obturada por el azúcar. Pozzi en cambio fue atado a la bicicleta con cuatro tirantes porque no se tenía en pie a causa de los dolores de barriga. La etapa era de tres mil kilómetros, e incluía entre otras cosas la Maiella[5] , los Andes, el Mac Kinley[6], el glacial de Jungfrau[7], la travesía del Gobi[8] y un examen de cultura general.

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Pozzi y Girardoux, a los mil kilómetros, llevaban seis días de desventaja: a los dos mil un mes y medio. Borzignon llegó a Nueva York el primero, saludado por diez millones de personas entusiastas, ganó la etapa y la vuelta.

Pozzi y Girardoux no llegaron aquel año, ni el siguiente. Al tercer año el encargado del cronómetro dijo: “Voy a decir en casa que voy a tardar”, y desapareció. Los periódicos hablaron de ello un poco. Alguno decía que los dos se habían equivocado de carretera y se habían caído por un barranco cerca de Moscú. Otros, en cambio, que habían montado una discoteca en las montañas de los Abruzzos y se habían arruinado. Otros dijeron que Pozzi había huido a América y vivía en las alcantarillas donde había fundado una secta secreta vudú, y dos portorriqueños aseguraron que lo habían visto aparecer, envejecido y con una larga barba, en un váter de Manhattan. Girardoux en cambio había cambiado de sexo en Casablanca y se había convertido en una santa. Después de algunos años, sin embargo, nadie se acordó más de ellos.

Sólo el viejo mecánico de Girardoux, Rougeon, esperó sentado en el borde de la carretera otros nueve años a su pupilo con el destornillador multiusos en mano, admirable ejemplo de fidelidad. Hace diez años, en aquel lugar de la carretera se construyó un edificio residencial de nueve pisos. Después de muchas consultas, se decidió dejar a Rougeon en su sitio, y de hecho, hasta hace tres años, quien quería ver al mecánico de Girardoux, podía ir a la planta baja del edificio donde, protegidos por un panel de vidrio, había tres metros cuadrados de la vieja carretera y Rougeon sentado encima de un pequeño pilar. Hasta que, hace tres años, una mañana a las 8’30 Rougeon dijo: “Bueno, esto ya me está tocando las pelotas”, se levantó y se fue. Nada más salir del edificio acabó debajo de un autobús. Tenía ciento catorce años.

Ya no hay hombres así. Y tampoco como Pozzi y Girardoux. Dios sabe donde están.

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[1] Región del norte de Francia.
[2] Valle que divide los Alpes occidentales de los meridionales.
[3] Rábanos
[4] Especie de buñuelos.
[5] Parque Nacional de los Abruzzos.
[6] Pico más alto de los EEUU con 6194 m sobre el nivel del mar.
[7] Pico más alto del macizo montañoso que lleva su nombre. Suiza
[8] Desierto situado entre Mongolia y China.

18 de noviembre de 2011

Bar Sport (XII)


Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)
 

El abuelo del bar

El abuelo del bar, cuando entras, está siempre de espaldas.

Mira la televisión. Normalmente la televisión está apagada, pero él mira de todas formas y ríe.

Eso quiere decir que está completamente ido.

No importa.

El abuelo del bar lleva siempre chaqueta y corbata. La corbata es un poco vieja: con los años se ha puesto dura como el hielo debido a las manchas de salsa y toscano[1].

Cuando el abuelo camina, la corbata emite el típico sonido de hojalata.

Algún que otro abuelo, cuando lo asalta un malhechor, se quita la corbata del cuello y lo apuñala. Sólo atracan a los abuelos que llevan pajarita.

Dentro del abuelo está el toscano. Un toscano de abuelo es como un iceberg: la superficie visible es sólo un cuarto: el resto está dentro de la boca del abuelo.

A veces el abuelo fuma con la boca cerrada: la presencia del toscano se revela sólo por el pestazo.

Un toscano no se apaga nunca. Puede estar en el bolsillo incluso dos días. Cuando el abuelo lo saca del bolsillo, le da una chupada y se reenciende.

El abuelo del bar está lleno de ingenuidad y de catarro.

De vez en cuando, entre las mesas, se oye un rumor característico: KKKRRROOOAAARRRKKK. Es el gargajeo del abuelo.

En ese momento, los parroquianos más avispados se ponen a salvo detrás del mostrador, o sobre los árboles.

El gargajeo es como el trueno. Es una advertencia. Llegará el rayo: el escupitajo del abuelo. Cuatro abuelos gargajeando hacen más ruido que la salida del gran premio de Monza.

Pero esto no es nada.

El abuelo, después del gargajeo, mira alrededor. Mira dónde escupir. Después lanza. El dueño del bar llora.

A las cinco el abuelo enciende la televisión y mira la Tv para los niños. Le gusta muchísimo, aunque a menudo no entiende.

El resto, en realidad, lo odia. Todo. Del Carrusel[2] al Telediario.

El abuelo mira la televisión y profiere terribles amenazas. Insulta a los presentadores y grita a las locutoras de continuidad[3]. Algunas veces parece incluso que va a vomitar. Pero si la televisión se pone con rayas, enloquece.

Empieza a hablar de conjura. Se levanta. Gira todos los botones y termina casi siempre por desenchufarla con un pie. Muerde a cualquiera que intente acercarse al televisor. Sólo el electricista puede estar cerca. Le hace dos caricias, lo calma y arregla el televisor.

Entonces el abuelo vuelve a sentarse.

Y comienza a refunfuñar de nuevo.

El abuelo odia todas las discusiones de deporte. Cuando nota que se avecina una, eleva el volumen al máximo, y se pone a medio metro del aparato.

Si alguien le dice cualquier cosa, se finge sordo. En realidad, si alguien mastica chicle al fondo, él se gira y le manda parar.

El abuelo odia sobre todo dos cosas: los helados y a Merckx.

Los helados porque es muy goloso, pero no consigue nunca comer uno sin acabar con el palito en la mano y el resto precipitado en la bragueta. Asegura que las marcas no hacen helados, sino máquinas diabólicas para ensuciar a los abuelos.

Su sueño sería un helado que caminase solo hacia su boca.

Odia a Merckx porque no quiere que se lo compare con Pozzi. Apenas oye la palabra Merckx enseña los dientes en una mueca agresiva. Después dice: “¡Pero qué Merckx! En mis tiempos sí que había corredores”.


[1] Cigarro puro.
[2] Programa de televisión italiano que se emitió en la primera cadena de la RAI desde 1957 hasta 1977. El espacio se caracterizaba por la emisión de sketches protagonizados por actores o personajes animados que concluían con la promoción de un producto, y fue el primer espacio publicitario en la historia de la televisión italiana.
[3] Locutoras de televisión que presentaban los programas que iban a emitir a continuación.

8 de noviembre de 2011

Bar Sport (XI)

bartender
Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

Ceniciento

Érase una vez un bar como es debido.

En las mesas como es debido se sentaba gente como es debido, bebiendo enormes vasos de algo verde con una rodaja de naranja. Los rostros los tenían bronceados, las chaquetas les sentaban bien, había un buen perfume a loción de afeitar, sales de baño y carteras de piel de cocodrilo. Los camareros tenían la chaqueta blanca, patillas bien cortadas y una sonrisa luminosa, aunque manteniendo las distancias. Se llamaban Toni, Rufus y Luis.

La única nota discordante, en este bar como es debido, era un camarerito pequeño y modesto, que provenía de Trapani y se llamaba Antonio Ceniciento. Ceniciento no llevaba la chaqueta blanca, sólo un delantal mugriento con la inscripción Margarina Gradina, sandalias en los pies y en la cabeza un gorro de papel de estraza. Por su miserable aspecto, el dueño del bar, Ottavio, no quería que se mostrase ante los clientes. “Ceniciento”, le decía, “tú eres pinche. No puedes hacer de camarero, no tienes presencia. Pon los palillos en las aceitunas. Pon el salmón en los canapés. Desatasca el desagüe. Lava las cucharillas”, etcétera. Ceniciento, que era muy bueno, hacía todo lo que se le decía por 35.000 liras al mes, dos platos de pasta al día y un colchón detrás de las cajas de cerveza. Trabajaba contento y cantaba Core ingrato con una bonita voz de tenor, y al oírlo todos los gorriones y golondrinas volaban encantados y le dejaban una limosna.

Toni, Rufus y Luis le tomaban un poco el pelo, y se divertían salpicándolo con el sifón de selz y arrancándole el pelo de las cejas, que tenía negras y juntas, para cubrir los claros de sus propios bigotes. Pero Ceniciento se dejaba hacer. Es más, quería mucho a Toni, Rufus y Luis, porque eran elegantes y sabían llevar muchos vasos entre los dedos. Ah, cuánto hubiese deseado verter él también una coca-cola sin hacer tanta espuma en el vaso de aquel señor, y llevar una hermosa chaqueta blanca con el bolsillo lleno de tapones. Pero la voz de Ottavio lo despertaba de su sueño.

ratas Ceniciento tenía sólo tres amigos, con los que compartía el trastero de las cajas de cerveza. Dos eran ratoncitos, de esos que frecuentan los cubos de basura. Eran ratoncitos muy graciosos. Uno se llamaba Cavicchi, pesaba venticinco kilos y le echaba una mano en el trabajo pesado. El otro se llamaba Emanuele, era un ratón muy instruido y estudiaba para ser conejillo de indias y colocarse en la Facultad de Biología. Con ellos Ceniciento pasaba largas horas hablando de fútbol y de mujeres, con la cabeza dentro de un agujero en la pared.

El otro amigo de Ceniciento era el programa Tres-uno Tres-uno, que escuchaba todos los días en la radio y que lo conmovía hasta las lágrimas. Por la noche soñaba con Cavallina[1] que lo tenía sobre sus rodillas y le contaba bellísimas historias.

Un hermoso día, en el bar como es debido, se organizó un cóctel de esmoquin, con barbacoa, servicio de asado, perritos calientes, whisky and sour y después una escapada a la bolera. Estaba toda la crema de la ciudad, con una guinda en todo lo alto. La guinda era la princesa Sperelli, hija del Rey del acero y de la Reina del hierro, con un abuelo magnate del estaño, una hermana cuadrada como una caja fuerte y un hermano delgado como un clavo. La princesa Sperelli tenía dieciséis años, un rostro angélico y a sus espaldas una licenciatura en lengua y nueve abortos. Lo había tenido todo en la vida, pero se aburría. Los mejores partidos de la ciudad se postraban a sus pies, pero ella los rechazaba. En aquel cóctel la princesa elegiría al hombre de su vida. Por esto, toda la ciudad estaba en efervescencia, en sastrerías, peluquerías y saunas no cabía un alfiler, las lámparas de cuarzo zumbaban, los masajistas masajeaban y se repasaba el francés.

Así pues, aquella noche había una gran agitación en el bar como es debido. Ottavio brincaba aquí y allá repartiendo ceniceros, Toni se peinaba las patillas, Rufus se rizaba el bigote con el cuchillo de la mantequilla, Luis se abrillantaba la cabeza con gelatina de Mermelada de Sevilla[2]. Ceniciento espiaba los preparativos oculto por tres pisos de platos, mientras Cavicchi le pasaba el Vim. ¡Ah, suspiró, si pudiera servir las mesas!

“Te he escuchado”, gritó inmediatamente Ottavio. “¡Por lo que más quieras, no te dejes ver, qué imagen daré! ¡Métete dentro de la cámara frigorífica!” Y lo encerró tras los jamones. Ceniciento fue realmente bueno cuando escuchó el estruendo de las Honda que llegaban, las joyas que resplandoreaban, las rachas de Guerlain que llenaban el aire, y risotadas, y Quando calienta el sol[3]. Entonces una lágrima cayó sobre sus cejas congeladas, porque Ceniciento se había acostumbrado a llorar hacia arriba para no manchar el suelo.

Y he aquí que sucedió lo increíble. La radio se encendió sola, como por encanto, y la voz de Cavallina dijo:

“Se ha dirigido a nosotros un camarero de Trapani, Antonio Ceniciento. Es un caso muy humano. Ceniciento, ¿me escuchas?”.

“Sí, señor”, dijo Ceniciento, emocionado.

“Él, si no me equivoco, tiene un gran deseo. Servir las mesas en el cóctel Sperelli”.

“Sí, señor”.

“Tenemos aquí, en calidad de experto, al presidente de la Asociación Nacional de Camareros, Torelli. Le cedo el micrófono”.

“Me escucha, Ceniciento”, dijo el presidente.

“Sí, señor”.

“¿Dónde se encuentra ahora?”.

“En la cámara frigorífica”.

Navy_Sprite_Boy “Bien. Diga tres veces: todo va mejor con Coca-Cola, cierre los ojos y cuente hasta diez”.

“Sí, señor”.

Uno, dos, tres, cuatro…

“¿Ya, Ceniciento?”.

Ceniciento abrió los ojos y… ¡prodigio! A sus pies un esmoquin de raso azul, donado por los lectores del “Radiocorriere”, y Cavicchi y Emanuel transformados en conejillos pitilleras.

“Gracias, gracias, señor”, dijo Ceniciento. Pero la radio, siempre como por encanto, transmitía el boletín de las mareas.

El cóctel estaba en su apogeo, pero Ottavio no estaba contento. La princesa Sperelli no tomaba nada. En vano revoloteaban Luis, Rufus y Toni como mariposas alrededor de su mesa. La bella había comido apenas media aceituna, y de mala gana. Pidió un vaso de agua mineral, bebió un sorbo y dijo que tenía demasiado gas. Le trajeron otro, pero dijo que tenía poco gas. Ottavio lloraba desesperado.

Fue en aquel momento cuando, en el fondo de la sala, apareció Ceniciento, azul, lindo e impecable. Un murmullo recorrió la sala.

“¿Quién es ese maître?”, dijeron los señores como es debido en voz baja. “No lo habíamos visto”.

“¡Qué porte, qué estilo!”, dijeron las señoras como es debido. “Tiene que ser inglés”.

Ceniciento se acercó a la mesa de la Sperelli. En una mano tenía un simple vaso de agua y en la otra una copa llena de burbujas. “¿Cuántas cucharillas, mademoiselle?, preguntó Ceniciento. “Dos, gracias”, dijo la princesita iluminándose; y tragó el agua mineral bajo la mirada atónita de los presentes.

“Esto es servicio”, dijo el Rey del acero.

“Parbleu”, repitieron todos los presentes, muchos de ellos con la boca llena.

Poco después la princesita cogió una cuchara y, entre el estupor general, se puso a golpear el vaso gritando: “¡Camarero, camarero!”.

Ceniciento surgió de entre las mesas y dijo: “¿Qué desea?”.

schuman adentro3“Seis bocadillos de jamón York”, dijo la Sperelli.

“¡Pero qué ocurre! ¿Está loca?”, bufó el Rey del acero.

“Déjala, déjala”, dijo la Reina del hierro, que se las sabía todas.

A partir de ese momento, la princesa y Ceniciento fueron inseparables durante toda la noche. Él le cortó piña, la aconsejó con el champán, le quitó las manchas de una manga. Ella reía, bromeaba, bebía y comía como un búfalo. Al final, se la escuchó soltar un eructo y ordenar conejo en escabeche.

“¡Pero bueno!”, dijo el Rey del acero, “¡basta! ¡Valiente imagen estamos dando!”.

“Son unos chiquillos, son unos chiquillos”, dijo la Reina del hierro, que se las sabía todas.

“Quiero un cocido de alubias”, gritó la Sperelli en ese instante, entre la indignación general.

“Detente, detente”, dijo Ottavio, pero Ceniciento estaba ya en su puesto con un plato humeante.

“Alubias a medianoche”, observó la Reina del hierro. “Querida, ¿por qué no te controlas un poco…?”.

“¡Medianoche!”, dijo Ceniciento, y palideció. “¡Tengo que echar la quiniela!”. Se dio la vuelta y desapareció driblando las mesas como si fueran defensas “¡Camarero, el Parmigianino”, gritó la Sperelli. “¿Dónde va?”.

Pero Ceniciento pedaleaba ya a toda velocidad hacia el bar de la estación.

“¡Se ha ido!”, estalló en lágrimas la Sperelli, y le tiró el cocido a la cara al presidente del tribunal.

“Pero ¿quién es ese maître? ¿Por qué no le trae el Parmigianino a mi niña?”, dijo el Rey del acero.

“Porque el cocido de alubias necesita aceite”, dijo la Reina del hierro, que se las sabía todas.

Pero la princesita Sperelli lloraba y lloraba, y las lágrimas y el rimmel fluían por el suelo.

“¡Un millón para el que encuentre a ese maître!”, gritaba el Rey del acero. “¡Dos millones! ¡Tres millones! ¡Todas mis fundiciones!”.

“Qué escándalo”, decían los señores como es debido, “un maître que deja de servir, y nadie sabe quién es, ni de dónde viene”.

Entonces la Reina del hierro, que se las sabía todas, dijo: “¡Hay un pelo en el cocido!”.

“Es suyo, es suyo”, gritaron todos, “es del camarero misterioso”.

“Es un pelo increíblemente graso, retorcido, rizado y sucio”, dijo Alexander, el peluquero de divas. “Así sólo hay uno entre un millón”.

“Es mío, es mío”, dijeron Toni, Rufus y Luis, y fueron inmediatamente acusados de falsedad por muchos de los presentes.

El Rey del acero se fue al sindicato, consiguió una lista de camareros, repasó tres mil fichas, pero ninguno tenía el cabello del tipo que buscaba. Ceniciento, que por no haber cotizado no aparecía en la lista, habría así continuado lavando platos hasta su muerte, cantando Core ingrato y siendo forofo del Nápoles.

Pero el destino ayudó a los dos jóvenes. El Maserati de la Sperelli atropelló a Ceniciento mientras entregaba a domicilio un pastel. “¡Es él!”, gritó la Sperelli al verlo bajo las ruedas. Lo curó amorosamente, y luego lo contrató por 120.000 al mes más la Seguridad Social. Lo puso a trabajar con dos mayordomos somalíes, una nodriza friulana y un cocinero francés. Y juntos vivieron felices y contentos, Ceniciento aparte.


[1] Paolo Cavallina era el locutor del programa 3131.
[2] Mermelada de naranja amarga.
[3] Tal cual en el original.

24 de octubre de 2011

Bar Sport (X)


Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

El Chaval

El apoyo del dueño del bar es el Chaval, o el chico del bar, llamado también chico de los recados. El Chaval tiene una bonita cara rosácea bombardeada de granos y vive en simbiosis con su bicicleta, la bicicleta del Chaval.

Con ella el Chaval se lanza como un halcón sobre todos los sitios de la ciudad, adelanta a los autobuses en marcha, aterroriza a los perros y ahuyenta a los vigilantes. El Chaval, al andar en bicicleta, tiene una serie de reglas fijas:

a) Está totalmente prohibido poner las manos en el manillar. No sólo cuando se tienen las manos ocupadas con una bandeja de tazas, termos y panecillos, sino en cualquier otra ocasión.

b) La forma de pedalear del Chaval debe ser balanceante, o sea, la bicicleta debe oscilar de izquierda a derecha y viceversa, rozando el suelo, de modo que en un radio de veinte metros no se interpongan obstáculos vivientes.

c) Se cae siempre, y sólo sobre las rodillas, cualquiera que sea la dinámica del accidente. Esto crea la famosa rodilla de Chaval, uno de los problemas de la medicina moderna. Dicha rodilla consiste en un archipiélago de costras y costrones que se regenera constantemente.

d) Mientras pedalea, el Chaval canta.

e) El camino normal del Chaval está constituido por: aceras, portones, zaguanes, jardines, soportales. La carretera es evitada cuidadosamente, por peligrosa y porque las mujeres están cerradas dentro de los coches y se ven peor.

Todo esto lleva aparejado, naturalmente, que el Chaval sea odiado por vigilantes, peatones y hombres de bien.

¿Cómo se convierte uno en Chaval? Se convierte uno en Chaval porque no se tienen ganas de estudiar. Algunos dejan la escuela y hacen de vicedirector en la empresa del abuelo. Otros se dedican a hacer bolsos y cinturones. Otros incluso se hacen pasar un pequeño estipendio mensual, se inscriben en Arquitectura y se marchan al Gargano[1]. Otros, inexplicablemente, prefieren convertirse en Chaval. Hay quien habla de vocación, otros de razones sociales.

Sea como fuere, uno no se convierte en Chaval de un día para otro.

CÓMO SE CONVIERTE UNO EN CHAVAL

El pequeño Masotti, el primer día de escuela, no lloraba como hacía el resto de los niños. Comía membrillo y miraba alrededor. Lloraban, en cambio, los Masotti padres, porque era el día con el que soñaban desde hacía años. El pequeño Masotti fue colocado con otros muchos niños negros y otras muchas niñas blancas. El director, un hombre de mirada severa y maneras bruscas, los vio desfilar a todos por delante sin decir ni una palabra. Cuando pasó Masotti lo paró, y le dijo: “Tú, ajústate el nudo” e hizo el ademán de tocarlo. El pequeño Masotti sacó del mandilón negro una patita seca llena de guijarros de haberse caído de la bicicleta y golpeó al director en la entrepierna. Comenzó así la carrera escolar del pequeño Masotti.

El pequeño Masotti era hijo único de dos Masotti. Masotti padre era camionero y llevaba pescado congelado arriba y abajo por la autopista. Salmonetes japoneses, merluza de Hong Kong y un rodaballo de Cattolica haciendo guardia. Conducía toda la noche con la única compañía de un paquete de Nacionales y una foto en color de Ava Gardner, con un autógrafo falso hecho por su mujer. Nunca había tenido accidentes, si exceptuamos la destrucción de un Montagrill Pavesi en 1968 y una caída en el Po gracias a la cual los pescadores de la zona estuvieron pescando sepias durante muchos años. Ganaba lo necesario para no morir de hambre, pero soñaba para su hijo un futuro diferente.

Masotti madre hacía cortinas de flores con una máquina de coser a pedales, el casco en la cabeza y una camiseta del Legnano[2] para no estropear los vestidos. Las vendía a los asilos o a los camioneros amigos del marido, por lo que hacía también de decoradora. Cogía un viejo tres ejes y lo convertía en un chalet suizo, con jarroncitos de flores, fundas con conejitos, tapetitos y, a petición, una lamparita de noche en el retrovisor. También ella soñaba para su hijo un futuro diferente.

Se decidió que el pequeño Masotti se licenciaría y sería abogado. Fue educado con buenos cocidos y, por consejo de los amigos del bar, con juegos que desarrollaban la inteligencia, como la batalla naval y el mecano. Pero el pequeño Masotti no se reveló ni genial ni más adelantado de los de su edad. Sus acorazados se hundían como galletas, y la única cosa que consiguió hacer con el mecano fue un metro articulado de sastre. No leía a Kant, no tenía oído para la música, si se le ponía el lápiz en la mano dibujaba siempre la misma cosa, una patata, y después se dormía. Es todavía un niño, saldrá adelante, decían los Masotti padres, pero estaban un poco preocupados. Masotti padre lo atiborraba de fósforo, y de vez en cuando robaba algún que otro quintal de merluza congelada de la carga y obligaba a p. M. (pequeño Masotti) a comerlo a la merienda. P. M no protestaba, se metía el pescado en la boca y se iba a jugar debajo del camión.

El primer boletín de notas de Masotti estuvo lleno de 1, con un 3 en gimnasia. El maestro dijo que el chico, se veía a la legua, estaba desganado, no atendía, y pasaba el tiempo tallando con un cortaplumas. Ya había destrozado su pupitre esculpiéndole dos zuecos holandeses y un bate de béisbol, y tenía que apoyar los codos en la parte del compañero. Las astillas de madera constituían un peligro mortal para la clase, porque salían como proyectiles. Era capaz de hacer despegar, en un día, hasta doscientos aviones de papel, algunos de los cuales quedaban en el aire hasta diez minutos oscureciendo la visibilidad. Sus dictados pesaban como empanadillas fritas y rezumaban tinta y sudor. Las aes le ocupaban un folio y tenía que pararse desencajado a mitad de la curva.

Enseguida lo suspendieron.

Masotti padre, del cabreo, se marchó y anduvo de Bologna a Taranto en tres horas, de peaje a peaje, tanto fue así que el camión se recalentó y llegó a su destino con una gigantesca carga de fritura, cuyo olor apetitoso fue percibido en toda la ciudad de los dos mares[3]. La Masotti madre no dijo nada, continuó pedaleando en la máquina de coser, pero con el aire triste de quien no puede seguir en la subida al grupo de cabeza.

El p. M. tuvo que repetir con el profesor Manicardi, magnífico ejemplo de estudioso, que lo ató a la silla y le leyó durante nueve horas a Leopardi, todos los días, durante tres meses. El pequeño Masotti aprendió de memoria la mitad de El infinito, después se duchó y se olvidó de todo. Lo suspendieron también al año siguiente, y al siguiente.

Entonces Masotti padre le dijo que si no se ponía a estudiar no le daría de comer. El p. M. se dio por aludido. Todas las noches se oía su voz repetir: “Si un campesino tiene nueve manzanas y vende la mitad…” Estudió durante un mes, esparciendo grandes cantidades de manzanas sobre la mesa y contactando con todos los campesinos de la zona. Finalmente propuso como solución diez manzanas y media y un pagaré de melones en tres plazos. Lo volvieron a suspender.

Masotti padre se resignó. Envejecido y con los neumáticos deshinchados, sin fuerza siquiera para tocar el claxon, empezó a girar en redondo en la circunvalación sin querer ver a nadie. Los amigos le tiraban al vuelo bocadillos y periódicos por la ventanilla, y una vez al mes una prostituta ex trapecista de circo se lanzaba desde un Leoncino[4] en marcha para hacerle compañía. La Masotti madre, vieja y encanecida, había dejado de pedalear y entrenaba un equipo de monjas que hacían calzoncillos para presos. El pequeño Masotti, que tenía ya diecinueve años y pesaba alrededor de un quintal, iba a la escuela con su mandiloncito que le cubría hasta la mitad del tórax, y la cartera con el viejo lápiz de siempre, una especie de colilla invisible a simple vista, que tenía que llevar a afilar a un orfebre.

Fue adelante, hasta que el dinero se acabó. Un día el pequeño Masotti abrió la cartera y no encontró la merienda de siempre, un bocadillo con un mero. Aquella tarde no volvió a casa.

Al día siguiente, con las primeras luces del alba, se presentó en el bar.

Había nacido un Chaval.


[1] Macizo montañoso al este de Italia.
[2] Equipo de fútbol italiano.
[3] Taranto, ciudad que se encuentra entre el Adriático y el Mediterráneo.
[4] Pequeño camión.

23 de septiembre de 2011

Bar Sport (IX)

Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

El crío de los helados

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Este personaje, aparentemente inofensivo, es uno de los más temidos por los camareros. De metro y veinte de altura, con gafas y cara de chimpancé, está sin embargo dotado de una excepcional vitalidad. Aparece en el bar con la mirada perdida: se acerca al mostrador con cien liras en la mano y se agarra desesperadamente al borde. El camarero casi nunca lo ve y sigue sirviendo al resto de clientes. Si el niño es muy tímido espera hasta la hora de cerrar, y a veces el camarero lo encuentra, casi dormido, con las cien liras en la mano, justo cuando va a barrer el suelo. Si sólo es normalmente tímido, empieza a golpear con las cien liras sobre el mostrador con obsesionante regularidad. Si el camarero no lo advierte, entonces empieza a emitir voces como ehu, oah, oh. Al final se cabrea y se va de allí sin comprar el helado, profiriendo terribles amenazas. A menudo escribe frases anatómicas sobre el congelador.

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Si el niño es un niño listo, se va con rapidez al congelador de los helados, lo abre y mete la cabeza, los hombros y la mitad del cuerpo. Si el camarero no se da cuenta de ello a tiempo, el niño lo primero que hace es comerse todo el hielo. Luego aparta todos los helados para encontrar el suyo. Entonces el camarero le cae encima y tontamente le pregunta qué es lo que quiere. En este punto el niño le pedirá un helado de nombre absurdo, como Bananazo, Antártido, Naranjicrema, Baden-Baden, cuya existencia el camarero ignora. Éste busca entre todos los tipos de helado metiendo la cabeza en el congelador, y cada vez sale con un helado monstruoso lleno de colmenas y colores con forma de oveja o de ambulancia. El niño los observa serio uno por uno, y todas las veces dice: “Ése no es”. Terminado el examen, el camarero tiene una fiebre de caballo porque andar arriba y abajo por el congelador le ha provocado una bronconeumonía fulminante.

5386937591_593ef65c1a_o El camarero se desincrusta el hielo del pelo y mira con odio al niño, que dice: “Entonces quiero un cucurucho”. El niño pregunta por los veintisiete sabores de la carta, y escoge veinticinco. El camarero, ya en poder del enemigo, se deja guiar dócilmente y amontona más de medio metro de helado. Cuando se acaba el helado, el niño dice: “No ha puesto el turroncito al ron”, el camarero dice: “Sí”, el crío: “No”, y entonces no tiene más remedio que repasar la montaña de helados de principio a fin, darse cuenta de que el niño tenía razón y volver a ponerlo todo en su sitio.

En este momento el niño sale con siete mil liras de helado, poniendo en la mano del camarero cien liras pegajosas y sudadas, con pinta de falsas. Apenas sale del bar, el niño muerde el helado, que cae niño heladoal suelo con el ruido de un suicida que se tira de un tercero. El niño llora como un desesperado. El camarero también llora. Luego le vuelve a preparar otro helado.

El niño sale y se come el helado.

O el niño sale y se le vuelve a caer el helado.

Y así sucesivamente.

18 de septiembre de 2011

Bar Sport (VIII)

Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

Bovinelli-arreglatodo

bovinelli 2 En la tarjeta de visita está escrito Bovinelli-arreglatodo, y es verdad: Bovinelli sabe hacer de todo. La primera vez que se presentó en el bar, preguntó si alguien tenía zapatos para ponerles suelas nuevas, ruedas que vulcanizar o bicicletas que reparar.

“Claro que sí”, dijo el abogado Brega entre carcajadas, “y ¿qué más?”.

“Incluso jardines que cuidar, vino que trasegar o paredes que encalar”, dijo serio Bovinelli.

“Yo tengo el pelo un poco largo”, dijo Muzzi.

Esa misma tarde a las nueve sonó el timbre de la casa de Muzzi, y se presentó Bovinelli con una toalla y la maquinilla. Peló a Muzzi, arregló la muñeca de su hija que ya no decía mamá, le quitó las pulgas al perro y al salir le puso aceite a la cancela. Así empezó la carrera de Bovinelli.

Bovinelli andaba con una furgoneta de madera llena de herramientas: tenía de todo, desde el martillo a la escalera articulada. Empezaba desde el fondo de la calle, a las ocho de la mañana. Una casa cada vez. Nada era imposible para Bovinelli. Se bajaba, vestido con su mono azul, con el metro de madera en el bolsillo y un cigarrillo Nazionale en la boca. Escuchaba el problema, volvía a su furgoneta y regresaba con algún taladro increíble, o una tulipa, o una llave inglesa de locomotora, o una pieza del motor de un incinerador, y procedía. Cada intervención, doscientas liras, cualquiera que fuese la especialidad. Tenía dos manitas de cirujano: frente a ellas claudicaban los transistores y las calderas. Justo hasta el viernes por la tarde.

El viernes por la tarde, a las ocho en punto, Bovinelli aparcaba la furgoneta delante del bar, se quitaba el mono, se lavaba las manos en la fuente y luego se sentaba. A las ocho y doce minutos estaba ya tranquilamente borracho. En tres días, todo lo que había ganado en la semana se invertía en vino. Durante tres días no era posible comunicarse con él, ni hablarle. Todo lo más, se podía cantar con él. Cuando el bar cerraba, caminaba dando vueltas por la ciudad. Andaba toda la noche sonriendo satisfecho. El lunes por la mañana, a las ocho, perfectamente sobrio, reemprendía el trabajo.

Sucedió una vez que en sábado por la noche reventó el tubo del fregadero en casa de Lasagna. Lasagna, que se había ido a jugar al póker con su mujer y dos muertos[1], se encontró con el agua hasta la rodilla y los niños flotando agarrados a la mesita de noche. “Ayuda”, gritó, y despertó a todo el edificio. Comenzaron las escenas de pánico. Cuando la situación se despejó, Lasagna, en pijama por el corredor, dijo: “Llamad a Bovinelli”.

Bovinelli

Fueron en un instante al bar. Bovinelli estaba sentado en su rincón, ante un despliege de botellas vacías colocadas como bolos, y cantaba en voz baja el manisero.

“Bovinelli, hay una inundación”, dijo Ferrari tirándole de un brazo. “Tienes que venir enseguida”.

Bovinelli sonrió y lo invitó a beber.

“¡Bovinelli, los niños se ahogan! ¡El edificio está lleno de agua! ¡Los cimientos peligran!”, lo apremió Muzzi tirándole de la chaqueta.

“El doctor Bovinelli no está de servicio”, balbuceó Bovinelli, y volvió a beber.

Al final lo llevaron en brazos hasta el lugar del desastre. Un metro de agua por todos lados. Ya estaban allí los bomberos con un tubo de seis metros y la bomba de agua.

“Llega Bovinelli”, dijo el jefe de bomberos. Canceló las operaciones e hizo apartarse a todos.

Bovinelli soltó un eructo y se tendió en el suelo.

Lo levantaron, pero no quería saber nada. Dijo que estaba fuera de su horario. Entonces Lasagna tuvo una idea y dijo: “¡Bovinelli, al agua está llenando la bodega!”.

A Bovinelli se le encendió un fogonazo en el ojo apagado y dijo: “¿Entra agua en el vino?”.

“Sí”, dijeron todos.

“¿Se están mezclando?”.

“Sí, Bovinelli, como lo oyes”.

Entonces Bovinelli se levantó, hizo en zig-zag tres kilómetros y veinte metros hasta la furgoneta aparcada ante el bar, y volvió con un desatascador doble tamaño elefante.

“¿Qué haces” preguntó Lasagna.

“El beso de Bovinelli”, dijo él, se taponó la nariz con los dedos y desapareció bajo el agua manteniendo la respiración.

Pasaron diez minutos. Todos estaban muy preocupados cuando se oyó un plop gigantesco. El beso de Bovinelli, o sea la ventosa del desatascador que actuaba. El agua, como por encanto, desapareció, y se esfumó tranquilamente por la alcantarilla. Bovinelli la guiaba con grandes ademanes de la mano, como un guardia urbano.

“Bravo Bovinelli”, dijeron los presentes, apretándose a su alrededor.

“Lo he hecho sólo por el vino”, precisó él, y se volvió al bar, a continuar donde lo había dejado.


[1] Comparsas [N. del T.]

25 de agosto de 2011

Bar Sport (VII)

Bar Sport

Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

El cartel

El cartel de BAR SPORT era muy bonito, y el dueño del bar, Antonio el Onassis, había pagado por él sesenta mil liras en el lejano 65. Aquel día era lunes. El día anterior, el electricista había ido a Florencia en su Motom, a ver al equipo del Bolonia. En las rampas de Pian del Voglio una tormenta de nieve que caía horizontal. Después de varios kilómetros se le agarrotaron los brazos debido al frío. No quiso renunciar y siguió, tomando las curvas con el peso de la cabeza. Teniendo en cuenta que tenía una cabeza muy grande y equilibrada llegó bien hasta el kilómetro 86; después, en un túnel, chocó con la cabeza contra el muro y se cayó del viaducto. Oyó el partido por la radio en el hueco de un roble y después telefoneó a los bomberos. El lunes, sin embargo, tenía una fuerte migraña, y treinta y nueve de fiebre. En definitiva, a montar el cartel vino su hijo Amos, llamado el Alcornoque porque tenía la cabeza todavía más grande que el padre y con menos peso específico.
 
Alcornoque se manifestó y dijo: me ocupo yo. Parpadeó, cogió un destornillador y montó la letra B. De pronto el semáforo del cruce emitió un sonido continuado y voló en pedazos. En ese mismo tiempo saltó por los aires el televisor y la máquina del café comenzó a destellar en verde. Entonces Alcornoque cogió un cable y se lo metió en el bolsillo, después arrancó dos o tres resistencias y montó la A. Al mediodía había montado BAR entero; bajó de la escalera y fue a comer. Durante su ausencia la letra B comenzó a vibrar y después despegó en vertical dejando tras de sí una estela de neón azul. La A y la R, en cambio, se fundieron en un bloque de cierta belleza. Al mismo tiempo que esto sucedía los televisores del edificio comenzaron a cubrirse de abejas y a emitir lamentos. Alcornoque volvió y dijo que era un contacto. Subió a la escalera pero, abotargado después de la comida, cayó, llevándose detrás muchos metros de cable, tanto que el trolebús se encontró suspendido en el aire. A las cuatro y media montó BAR PSOTR, con tres letras intermitentes y dos fundidas. Además consiguió interceptar todas las comunicaciones de la policía y una conversación entre radioaficionados que se ponían de acuerdo para intercambiarse la mujer. A las siete había montado BRA SPORKT, y a pesar de que insistió en que la K no le quedaba mal, tuvo que desmontar todo. Hacia la noche montó un BAR SPORT que se iluminaba muy bien, pero telefonearon del Ayuntamiento porque las luces de la circunvalación estaban intermitentes desde hacía una hora, y se habían producido ya ochenta embotellamientos. Entonces Alcornoque arrancó otros tres cables y el cartel se apagó. En compensación se encendió una pila que tenía en el bolsillo. Finalmente a las tres el cartel estaba completo, sin efectos colaterales. Se fueron todos a dormir, y el cartel se apagó de nuevo. Y durante un mes se apagó regularmente a las siete y media, para reencenderse puntual al alba. Bovinelli-arreglatodo, implicado en una supervisión después de la marcha de Alcornoque, tuvo que rendirse; y todos los electricistas interesados dijeron que era un caso misterioso e inexplicable. Fue llamado incluso un electricista alemán de primera, Frannenberg, que se había ocupado de la iluminación del Reichstag, y estaba considerado un verdadero artista en el tema. Frannenberg estuvo tres días y tres noches en el nudo de cables e interruptores, examinándolo todo con un endoscopio. El cuarto día alzó la cabeza y dijo “Was is knupf”, que quería decir “Aquí hay un gran follón”, se limpió las manos en el mono y se fue, presentando una factura de ocho mil marcos.

Por consejo de su mujer, Antonio hizo venir entonces desde Tremoli a una bruja de los Abruzzos experta en rayas del televisor. La bruja pasó tres veces el pendulito sobre el cartel, bailó y después dijo que había que esperar hasta medianoche y rociar agua y aceite santo sobre el cartel, pero teniendo la precaución de dejar un camión rojo con plumas de búho y veinte tipos distintos de grano a cien pasos. A medianoche se roció el agua y todos quedaron contentos: milagrosamente el cartel se reencendió, mientras la bruja con el camión de grano enfilaba ya la autopista hacia Pescara.

El cartel funcionó un mes con el siguiente horario: de 5 a 7: BR SPT. La A y la OR se encendían a las siete y cuarto, cuando pasaba esto se apagaban las otras. Desde las 7 hasta las 8 quedaba encendida sólo la B; después dos horas de oscuridad total. Desde las 10, variaciones intermitentes de las dos R, en rosa y violeta. Desde las 11, todo encendido pero al revés. Después una hora de BAR ORT y, en las noches más cálidas, un documental sobre los castores.

Hasta que un día un cliente del bar se trajo a un primo siciliano, que se había convertido en millonario en América haciendo de pateador de electrodomésticos. El primo miró el cartel, se escupió en las manos y lanzó un enorme golpetazo contra la B: el cartel se encendió regularmente. Todo el bar estalló en un aplauso: se pasó el sombrero y se recogieron seis mil liras, que el siciliano rechazó desdeñosamente. Tres meses después llegó, en carta remitida por la Chicago Magic Kick, una factura de mil dólares.

29 de julio de 2011

Bar Sport (VI)

Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

El profesor

El profesor Piscopo era un señor distinguido, con una hermosa barba entrecana y los bigotes aglio, olio e peperoncino*. Cuando en su bello acento napolitano contaba con el mismo énfasis el suicidio de Séneca o la caída de Savoldi** , dentro del bar no se oía una mosca. “Lo ha dicho el profesor” era una frase que zanjaba cualquier discusión. Sus divagaciones sobre la naturaleza del alma humana y sobre el significado de la existencia eran escuchadas con gran atención y al final todos, puesto que no habían entendido casi nada, ponían cara triste y se daban grandes golpes en los hombros diciendo “Valor, amigo mío, qué se le va a hacer” y lanzaban grandes suspiros.

Pero más que como experto en filosofía, el profesor era muy estimado como experto en traseros femeninos. Cuando en el bar entraba una señora bien dotada y se encendían las discusiones, enseguida alguien lo cortaba y decía: “Ahora preguntemos al profesor”. Se colocaba al profesor en una silla en dirección al objetivo, él se ponía las gafas, examinaba y de vez en cuando se tocaba la barba y murmuraba “Veamos, veamos”. Por último levantaba la cabeza y declaraba en voz alta. “Carnoso, equilibrado, bien armado. Seis y medio”, o: “Miguelangelesco, abundante , de gran efecto plástico. Siete y medio”, o bien: “Sobrio, nervioso, pero no exento de gracia. Seis justito”. Todos asentían admirados.

El profesor era amable y cortés, pero una cosa lo enfurecía: los errores en el italiano. Si alguien le decía: “¿Puedo ofrecernos un café?” respondía tajante: “Estudia la gramática y vuelve a ofrecérmelo en octubre”. Una vez se quedó encerrado en el ascensor durante tres horas con Ciccio, el chico de los recados del bar, que seguía diciéndole: “¿Quién sabe si alguno venga a sacarnos? ¿Y si probásemos que gritásemos? Cuando lo sacaron fuera, el profesor era presa de una grave crisis histérica, y tuvo que estar en cama dos semanas a base de sémola y libros de Pirandello.

Enseñaba filosofía en el Cavalcanti, el instituto más elegante de la ciudad, donde los bedeles estaban vestidos con librea, y en lugar del cuarto de hora de recreo había un breve cóctel con traje de etiqueta. Por el día era un enseñante intachable: por la noche, en cambio, vagaba por la ciudad con el sombrero calado sobre los ojos en busca de amor mercenario. Se decía que le gustaba hacerse atar a la cama, mientras la compañera ocasional escribía sobre una pizarra “Buenos y malos”, y debajo de “malos” su nombre, profesor Antonio María Piscopo. Entonces el profesor enloquecía de placer y empezaba a gritar. “Sí, soy muy malo, soy malísimo”, mientras se hacía dar varazos en los dedos.

Pero a pesar de este pequeño vicio, estaba bien considerado. A menudo aparecía en el bar algo achispado, declamando la Jerusalén Liberada o cantando canciones napolitanas. Si alguien le decía: “Profesor, hemos empinado un poco el codo”, él lo miraba severamente a los ojos y decía: “No estoy borracho. Estoy ligeramente eufórico por la ingestión de pequeñas cantidades etílicas. Además, ¿qué es un borracho?”.


QUÉ ES UN BORRACHO

Divagaciones filosóficas del profesor Piscopo

“Coged a una persona cualquiera, vertedle dentro seis o siete litros de cerveza, y haréis de él un borracho”, decía Schopenhauer a los alumnos de su curso de Pesimismo en la Universidad de Jena. Era una frase que el Maestro repetía a menudo, y los alumnos se preguntaban cada vez si su profesor era muy profundo o estaba muy borracho.

En realidad, Schopenhauer quería decir que cada uno de nosotros es un borracho en potencia. Naturalmente, estando borracho, necesitaba el parangón de la cerveza para dar una idea de la ebriedad. Si hubiera estado sobrio, hubiera usado otros términos, y no se habría tumbado en la silla.

En realidad, solía preguntarse a menudo el filósofo, ¿qué es un borracho? Y, pienso, cualquiera de vosotros se habrá hecho alguna vez la misma pregunta. No es, evidentemente, uno que bebe. Todos bebemos. No es ni siquiera uno que bebe mucho. Los camellos beben mucho, pero nunca he visto ninguno al que hayan pillado frente a un bar.

Schopenhauer, por ejemplo, daba esta definición de borracho: “Un borracho es aquella persona que después de haber bebido mucho vino, o cerveza, o bebidas alcohólicas, al final del día ve dos camareros detrás de la barra”. En realidad, es una definición equivocada, como le hizo notar Hobbes. Si por ejemplo en el mostrador del bar sirven marido y mujer, es decir, dos camareros, ¿todos los parroquianos del bar deben considerarse borrachos? Evidentemente no. Por tanto la definición exacta, según Hobbes, es la siguiente: “Un borracho es aquella persona que después de haber bebido mucho vino, cerveza y melaza, al final del día ve el doble de camareros que veía antes de beber”.

Aparte del hecho de que Hobbes, como habréis notado, ha incluido la palabra “melaza” en lugar de bebidas alcohólicas, y esto no es ontológicamente correcto, porque corresponde a un gusto subjetivo, no se ve cómo esta definición puede ser tenida por buena. “De hecho”, critica Schopenhauer, “la teoría del doble es absurda. Pongamos por caso que al principio, cuando el futuro borracho comienza a beber, en el mostrador esté sólo el marido, y que la mujer esté limpiando la trastienda. Al final del día el borracho no verá marido+marido: sino dos maridos y dos mujeres; esto es, cuatro veces el número inicial. Por otro lado, una persona que va al bar a divertirse, no puede ponerse a contar el número de camareros todo el rato para estar seguro de que se da cuenta de cuándo está borracho”.

La crítica de Schopenhauer es muy feroz, cierto, pero in re ipsa incontestable, al menos en este punto.

“Hobbes”, prosigue Schopenhauer, “puede continuar en su vana búsqueda de una definición matemática de la esencia de la ebriedad. En realidad, él es un bebedor de melaza y como tal debería limitarse a hablar de libros para niños. De todas formas, si se puede intentar una definición del borracho, yo sugeriría ésta: “Borracho es aquella persona que, después de haber bebido mucho vino, o cerveza o bebidas alcohólicas, no consigue estar de pie sobre una pierna sola y con los brazos abiertos, ni caminar derecho sobre una imaginaria línea recta”.

Definición granítica en la cual, sin embargo, incluso vosotros podéis encontrar alguna debilidad. Lo que no se le escapa a Hobbes, el cual solía decir que “En amor y en filosofía todo es lícito”, como bien sabían sus alumnos. Él atacó el edificio schopenhaueriano con los pesados mazazos de su dialéctica. Eliminó en primer lugar la presencia de la palabra “fernet”*** en el discurso del Maestro. “Evidentemente”, escribió Hobbes, “en la habitación donde ahora vive encerrado, Schopenhauer ha encontrado una botella de fernet, y esto ha desviado gravemente su perspectiva metodológica; de hecho su última definición es una obra maestra del formalismo, sin ningún contenido. Tomemos el hecho de ‘con una pierna sola y con los brazos abiertos’. Es obvio que bien pocas personas civiles se han encontrado en toda su vida en una posición similar. Y sin embargo, no pienso que deban ser consideradas borrachas. Ni siquiera el Papa, imagino, sabría quedarse sobre una pierna sola y con los brazos abiertos. ¿Quiere quizás Schopenhauer practicar un sutil anticlericalismo? Y además, ¿cómo debemos imaginar que funciona este criterio? ¿Tal vez que una persona deba entrar en un bar saltando sobre una pierna sola, para demostrar que no está sobria? ¿Y lo seguirá estando todo el tiempo que consiga estar en esa incómoda posición? ¿Y si pone el pie en el suelo, deberá ser considerada borracha desde ese momento? ¿Y cómo hará para beber si debe tener los brazos abiertos? Que Schopenhauer responda a esta pregunta y le regalaré una botella de brandy. Por otro lado, ¿qué quiere decir una ‘imaginaria línea recta’? Es obvio que, si ofrecemos espacio a la imaginación, el rigor científico se irá al diablo. ¿Y si yo no soy capaz de imaginar una línea recta sino sólo mujeres desnudas? Pero si incluso consigo imaginarla, ¿quién me dice que es recta, y que la fantasía no me juegue una broma pesada, y que no deba caminar toda la noche sobre una circunferencia? Creo que he sido claro aunque despiadado. Propongo por tanto, como mi última definición la siguiente, que me parece perfecta: “Borracho es aquella persona que, después de haber bebido mucho vino, o cerveza, o melaza, sale de sí”.

Definición breve, ilustrativa, que sin embargo, como podéis imaginar, no puede satisfacer completamente a una mente superior. “De hecho”, escribió Schopenhauer, “creo que estamos cayendo en el ridículo. La frase ‘sale de sí’ es una obra maestra de la tonteria. ¿Sale de sí? ¿Y a dónde va? Y si sale de sí, ¿deja dentro todo cuanto ha bebido? Entonces no está borracho. Y si se lleva detrás todo lo que ha bebido, ¿qué quiere decir el primer sí? Y el camarero, ¿a quién debe hacer pagar? ¿Al nuevo sí, al viejo sí abandonado, o a los dos? No quisiera que esta fuese una excusa para beber gratis a costa de quien trabaja.

“De todas formas, concedo una última oportunidad a la discusión. No para Hobbes, que está demasiado ocupado entrando y saliendo de sí como para hablar de filosofía, sino para aquellos a quienes interesa la civilizada disputa dialéctica. Diré entonces que ‘Borracho es aquella persona que ha bebido mucho, pero mucho, mucho vino, cerveza y bebidas alcohólicas'.”

Creo que la intuición del Maestro no necesita comentarios. Esta vez, incluso Hobbes estuvo de acuerdo y pagó la bebida.



*Ajo, aceite y pimiento: Es una expresión intraducible que alude al color de los bigotes.
** Jugador de fútbol napolitano implicado en apuestas ilegales.
*** Licor amargo.