"Si no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe al menos cosas dignas de ser leídas".
Giacomo Casanova

* *

Mostrando entradas con la etiqueta Presentación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Presentación. Mostrar todas las entradas

13 de enero de 2010

De traiciones…

papiro63 Hallar las piezas de lado recto y componer el marco, y ya estamos listos para zambullirnos en el montón y desenterrar una a una las baldosas que nos conducirán a un mundo nuevo; y ¿qué importa que luego ese mundo pueda ser interpretado de tantas formas como ojos lo contemplen? El placer que hemos obtenido al acariciar cada pequeña porción de esa nueva historia se queda en nosotros para siempre, revoloteando en nuestra carne mientras las piezas del rompecabezas se engarzan bailando entre nuestros dedos.

Cada detalle, cada pequeña línea, la más desvaída de las sombras, el tono más invisible conduce a nuestros ojos al rincón adecuado del mundo, y reconocemos así la importancia de cada minúscula porción del decir, y el modo en que la expresión es un tejido microscópico en cuya trama anidan universos. El tamaño de este trazo, la intensidad de aquella figura, la conexión misteriosa entre este color y aquel otro, todo va surgiendo en el lento ir y venir de las piezas, y empiezan a surgir emocionantes siluetas, rostros inesperados, gestos y movimientos, lágrimas, entusiasmos, golpes, traiciones… Con minuciosidad feliz, recomponemos lo incomprensible, el dulce caos extranjero, palpando cada indicio con paciente ternura, preguntándole a nuestra propia vida sobre cada término, cada acento, cada intención, restaurando instante por instante las tardes de lluvia de otros. Nos tendemos para que, sobre nuestros temblores, leyendas ajenas crucen en nosotros el puente de la incomprensión. En una traición meticulosa, en una amorosa traición…

12 de enero de 2010

...y otros demonios.

Azufre. Su olor flota tenue y absoluto impregnando el ambiente de una forma imperceptible. Todo está oscuro, no hay ventanas ni orificio alguno, aunque si logras acostumbrarte, al cabo de un tiempo todo adquiere un  delicado tinte rojizo. Hace calor. Un humo espeso flota sobre las cabezas como en uno de esos locales subterráneos donde la excitación de la buena música y el alcohol nos calienta el ánimo. Suena Louis Amstrong. Hombres y mujeres deambulan de un lado a otro con tranquilidad. Todos parecen conocer el sitio, sentirse a gusto: carteristas de metro, mendigos de caricias, críticos literarios, asesinas en serie, poetastros que publican, juntadores de palabras, fugitivas de la justicia, tomadores de píldoras, agentes inmobiliarios, telepredicadoras, meretrices, pajilleros agresivos, fumadores clandestinos, alcohólicos conocidos, folladoras compulsivas, traidores a la patria, pirómanas religiosas, almas en pena, hastiadas del tupper sex, desertores del facebook, rockeras, cocineros, bibliotecarias, cinéfilas, enamorados gigolós…

Woody Allen aparece torpe, sudoroso, asfixiado por un calor al que no acaba de acostumbrarse. El demonio lo observa a cierta distancia: lleva un batín corto de seda con sus iniciales y un elegante pañuelo al cuello. Juguetea con un martini. Está sentado junto a un mueble bar, en un sofá de skay verde lima, flanqueado de altas estanterías llenas de libros, de cintas de vídeo, de discos. Un hombrecillo apesadumbrado se cruza entre ellos, parece no entender nada de lo que sucede. “¿Y usted qué ha hecho?”, pregunta Woody. “Inventé los muebles de metacrilato”. Risas. Al final, todo es como en las Vegas: algunas veces arriba, otras abajo, pero siempre pierdes. Mejor reinar aquí que servir en el paraíso, porque todo cabe en este infierno que soñamos, incluso los ángeles.