* *
13 de enero de 2010
De traiciones…
12 de enero de 2010
...y otros demonios.

Azufre. Su olor flota tenue y absoluto impregnando el ambiente de una forma imperceptible. Todo está oscuro, no hay ventanas ni orificio alguno, aunque si logras acostumbrarte, al cabo de un tiempo todo adquiere un delicado tinte rojizo. Hace calor. Un humo espeso flota sobre las cabezas como en uno de esos locales subterráneos donde la excitación de la buena música y el alcohol nos calienta el ánimo. Suena Louis Amstrong. Hombres y mujeres deambulan de un lado a otro con tranquilidad. Todos parecen conocer el sitio, sentirse a gusto: carteristas de metro, mendigos de caricias, críticos literarios, asesinas en serie, poetastros que publican, juntadores de palabras, fugitivas de la justicia, tomadores de píldoras, agentes inmobiliarios, telepredicadoras, meretrices, pajilleros agresivos, fumadores clandestinos, alcohólicos conocidos, folladoras compulsivas, traidores a la patria, pirómanas religiosas, almas en pena, hastiadas del tupper sex, desertores del facebook, rockeras, cocineros, bibliotecarias, cinéfilas, enamorados gigolós…
Woody Allen aparece torpe, sudoroso, asfixiado por un calor al que no acaba de acostumbrarse. El demonio lo observa a cierta distancia: lleva un batín corto de seda con sus iniciales y un elegante pañuelo al cuello. Juguetea con un martini. Está sentado junto a un mueble bar, en un sofá de skay verde lima, flanqueado de altas estanterías llenas de libros, de cintas de vídeo, de discos. Un hombrecillo apesadumbrado se cruza entre ellos, parece no entender nada de lo que sucede. “¿Y usted qué ha hecho?”, pregunta Woody. “Inventé los muebles de metacrilato”. Risas. Al final, todo es como en las Vegas: algunas veces arriba, otras abajo, pero siempre pierdes. Mejor reinar aquí que servir en el paraíso, porque todo cabe en este infierno que soñamos, incluso los ángeles.
