"Si no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe al menos cosas dignas de ser leídas".
Giacomo Casanova

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17 de octubre de 2010

Matu Maloa (y IV)

EL CUENTO DEL MARINERO
(4ª y última parte)

[Del libro de Stefano Benni, Il bar sotto il mare, publicado en la
Editorial Universale Economica Feltrinelli]

Sunset in Mid-Ocean

Esa tarde, algunos marineros mantuvimos un conciliábulo en la bodega. Buckingham decía que estábamos en peligro: la ballena no soportaría ser rechazada. Huysmans decía que entendía las razones de la ballena, pero también las del capitán: ¿qué es lo que debía haber hecho? ¿Invitarla a cenar? Yo dije que jamás en mi vida de ballenero había visto una cosa igual, y que por tanto la única cosa que se podía hacer era esperar.

Esa noche la ballena regresó. Todos escuchamos su serenata para el capitán, y los aullidos del capitán, primero airados, luego suplicantes.

Volvió todas las noches, siguiendo a la nave en su ruta hacia los Hujangos.

Hasta una tarde en que nos detuvimos en una rada para abastecernos de agua dulce. No teníamos más de veinte pies de fondo, pero de cualquier forma la ballena llegó. Tenía su hocico casi apoyado en la nave. Cantó hasta las tres, hasta que el capitán salió de la cabina. Yo estaba de guardia y pude escuchar todo lo que dijo:

— Matu-Maloa —decía muy bajito Charlemont— trata de comprender mi situación: formo parte de una antigua y honorable familia inglesa. Los varones de mi familia han desposado siempre y exclusivamente mujeres con al menos un cuarto de descendencia real. ¿Cómo crees que podré anunciar que estoy comprometido con una ballena? Lo sé, sé que eres la reina de los mares. Pero nuestros mundos son diferentes. Yo no respiro bajo el agua. Y tú te aburrirías con el cricket. Te lo ruego, déjame en paz. Considera el escándalo si todo esto se supiera en Londres...

Matu-Maloa escuchó y moduló un nuevo reclamo de amor para su capitán.

— Y luego, además, no sé siquiera si eres macho o hembra. Entre nosotros es imposible una relación. Y por último: estoy comprometido.

Ante aquella palabra Matu-Maloa dejó de cantar. Giró la inmensa cabeza bajo el agua, se enroscó sobre sí misma y desapareció. Nunca más la vimos.

 

Quiso el diablo que estuviéramos ya a pocas jornadas de navegación de la meta. El capitán Charlemont no había vuelto a salir a la cubierta y había dejado el mando a Huysmans. La Fidèle había viajado ligera y en la tripulación ya fantaseábamos sobre cómo gastaríamos del modo más rápido e inútil las trescientas guineas.

Cuando ya la costa inglesa se encontraba a la vista el capitán me mandó llamar. Estaba en el invernadero, sobre una silla de mimbre, en medio de aquella húmeda jungla, densa por los vapores venenosos y por los insectos. Nadie hubiera reconocido en él al perfecto noble inglés que zarpó del puerto de Cape Heat. Tenía la barba larga, el cabello desordenado y en lugar del uniforme una bata deslucida. Apestaba a ron.

— Marinero Guinea —me dijo— quiero proponerte un pacto. Debéis jurar solemnemente, tú y los otros marineros, que ni una palabra de lo que habéis visto será pronunciada en tierra firme. Estoy dispuesto a añadir otras cien guineas a la paga. Pero debes convencer a los otros de no dejar escapar ni una sola alusión a la ballena.

— Creo, señor capitán —dije—, que cien guineas son un argumento que cerrará la boca de todos como si fuera colapez.

— Así pues —dijo Charlemont levantándose vacilante— no ha existido ninguna ballena ni cachalote de voz melodiosa. Ha sido un delirio causado por el calor y por la noche tropical. Voy a recuperar mi puesto en la buena sociedad de mi país.

¿Fue una impresión o al pronunciar las palabras “buena sociedad” se advirtió en la voz del capitán un ligero disgusto?

 

ShipPaintingGordonGrant

La noche de nuestra llegada al puerto de Londres, la compañía Smithson había hecho las cosas a lo grande. Estaban el presidente y el vicepresidente, el ministro de agricultura y toda la facultad de botánica y zoología de la Universidad. Y allí estaban también sus esposas, un revolotear de faldas blancas y rosas como medusas, y un aletear de sombrillas. A decir verdad, en la espera de la Fidèle ocurrió un extraño episodio. Del mar surgió un hombre completamente vestido, con una gardenia en el ojal. Se encaramó al muelle, rehusó cualquier ayuda y se alejó a la carrera, como si temiese un peligro inminente. Pero el clima festivo se restableció con rapidez por la banda que tocaba “Thanks for the Beautiful Roses”. Un pelotón de guardias elegidos se derretía marcialmente bajo el sol. Entre los presentes el padre y la madre del capitán Charlemont, además de su prometida, Lady Ashley-Compcott, hija del marqués de Sunbury, toda vestida de color albaricoque, con el rostro enmarcado por unas nobles orejas de liebre.

Los metales sonaron más fuerte, haciendo vibrar las tablas del muelle cuando la Fidèle, con perfecta maniobra (no la mandaba Charlemont) viró dentro del canal e inició el atraque. Los pequeños binoculares de madreperla pasaban de un puño almidonado a una manita enjoyada. Y pronto fue visible en la proa el capitán Charlemont, con el bello rostro que el mar apenas había afectado: pálido había partido y pálido retornaba. El corazón de sus progenitores vibró de orgullo, e incluso el de su prometida dio pequeñas muestras de aceleración, a pesar de que esto fuese bastante plebeyo. Y todos nosotros, formados y uniformados, por un día nos sentíamos parte de lo mejor del país, de su historia y de su botánica.

La Fidèle ancló cerca del muelle y bajamos las chalupas. En la primera subió el capitán conmigo y con Buckingham, que sosteníamos un maravilloso ejemplar de palmera con la bandera inglesa. El capitán fue el primero en subir la escalerilla del muelle y en estrechar la mano del ministro. Justo después vio a Lady Ashley-Compcott y descuidando por un instante los buenos modales, en vez de besarle la mano, la abrazó. Mientras los dos jóvenes se apretaban bajo la mirada benévola de las nobles familias, la banda entonó “Together”. Pero sonaba desafinada y desagradable.

— ¿Qué tormento es éste —gritó el conde padre Charlemont—, qué es lo que sucede?

— Os pedimos perdón —dijo el director— pero no podemos tocar. Hay una voz desagradable que se ha unido a nosotros. Además, el muelle se balancea demasiado...

Era verdad. El muelle rechinaba espantosamente. Y era claramente audible una voz desagradable, inhumana, que hacía el coro a las notas de “Together”.

— ¡Es él —gritó Buckingham—, ha llegado hasta aquí!

Big_whale_jump

Justo en aquel momento un gran golpe de la cola de Matu Maloa sacudió uno de los pilares del muelle que se inclinó espantosamente, y la ballena, loca de celos, se lanzó de cabeza contra los otros pilares. Volaron astillas de madera y sombrillas. Lanzando gritos de consternación, todos trataron de salvarse, quién huyendo hacia tierra firme, quién lanzándose al agua. El muelle cedía trozo a trozo y Matu Maloa seguía embistiéndolo a cabezazos, y ni siquiera los disparos de los guardias conseguían hacerle un rasguño. Marqueses, botánicos e intérpretes de oboe acabaron en el agua. Hasta que el cachalote llegó al último trozo de muelle que permanecía en pie, donde estaba el capitán Charlemont aferrado a su prometida.

— Huye —gritó el capitán, empujando lejos de sí a Lady Ashley. Inmediatamente después cayó (algunos dicen que se arrojó) sobre el lomo del monstruo, que sin sumergirse nadó lejos a toda vela. Cuando desapareció en el horizonte el capitán parecía un pajarillo sobre el lomo de un elefante.

 

La historia podría acabar aquí. Obvia decir que el escándalo fue enorme, porque no todos los días ocurre que una ballena rapte, consciente o inconscientemente, a un vástago de la nobleza inglesa. Dos meses después el capitán Charlemont fue declarado difunto a todos los efectos, y sobre su tumba familiar, en Glenmore, escribieron:

SU NOBLE CORAZÓN RAPTÓ
LA FURIA DEL LEVIATÁN

Si es así, amén. Pero yo prefiero creer a un amigo mío antillano, que de regreso de un viaje me contó que en una isla de las Célebes los indígenas adoraban a una extraña divinidad, que llamaban Charmaloa. Y me enseñó una estatuilla. Era la estatuilla de una ballena que tenía sobre el lomo una figurita muy pequeña, con un sombrerito y en él una pluma verde.

FIN

10 de octubre de 2010

Matu Maloa (III)

EL CUENTO DEL MARINERO
(3ª parte)

[Del libro de Stefano Benni, Il bar sotto il mare, publicado en la
Editorial Universale Economica Feltrinelli]

El estribillo fue interrumpido por la llegada del capitán Charlemont, lívido de rabia. ¿Tan locos nos habíamos vuelto para cantar aquella porquería sobre la Fidèle? ¿Acaso una nave inglesa debía servir de escenario a esta grosería? Cogió el ukelele y lo destrozó sobre la Fragata-Libertadamurada. Gritó que ya tenía bastante con nuestra indisciplina y que habría hecho cantar el látigo para acallar nuestro canto. Estaba allí, amenazador, con las piernas abiertas, cuando el buque dio un imprevisto barquinazo, como si hubiese tocado un banco de arena. El capitán acabó tendido en el suelo, y dado que el puente estaba recién enjabonado recorrió media nave deslizándose como una foca sobre el hielo.

Nadie consiguió contener la risa, y a nuestras carcajadas las siguió también un extraño, intensísimo ruido.

El capitán se levantó furioso y ordenó poner a Buckingham tres días entre rejas. Trató de recuperar la dignidad del mando aullando:

— Lancen el escandallo… debe ser un banco de arena.

— No es ningún banco —rió Buckingham mientras se lo llevaban—, es Matu-Maloa, comandante.

— Llévense a este maldito negro —dijo el capitán. Echamos el escandallo. Había seiscientos pies de fondo. Fuera lo que fuese con lo que había chocado la nave, seguro que no era un banco.

 

Aquella noche yo estaba de guardia. La luna iluminaba el mar por millas y millas. Era una noche en la que, como solía decir Buckingham, “incluso los pretendientes feos se volvían hermosos”. Me encontraba hablando con el Salamanquesa; en el silencio del mar tan solo se oía una cantilena vudú que Buck cantaba en su celda.

Para asombro nuestro, vimos al capitán Charlemont salir a cubierta. Tal vez no podía dormir por el calor. Iba sin uniforme, con la camisa abierta en el pecho y la rubia cabellera bañada en sudor. Seguro que no lo habrían pintado así en la galería de su familia, pero más de una muchacha inglesa, viéndolo, habría suspirado.

El capitán se quedó un buen rato absorto, mirando el mar, mientras la bonanza envolvía el corazón y el alma en un cálido marjal.

Eran las dos. Media milla a babor vimos algo extraño. El mar estaba encrespado, como si algo terrible lo hubiese inquietado.

— ¿Ves tú lo que yo veo? —pregunté a Huysmans.

— Lo veo —dijo el holandés.

— Eh, vosotros dos —dijo el capitán, sintiéndonos hablar preocupados—, ¿qué os pasa?

— Capitán —dije yo—, creo haber avistado una ballena.

— Ah —rió el capitán—, ¡menuda tripulación! No hay ballenas en esta ruta.

Por una vez tenía razón. No habíamos encontrado una sola ballena en aquella zona. Y ahora el mar parecía de nuevo tranquilo. Pero mi instinto de arponero me decía que era una tranquilidad sólo aparente. Y de hecho el mar se agitó y se abrió, y justo delante de nosotros surgió la cabeza de Matu-Maloa. Era el cachalote más grande que había visto nunca, por lo menos doscientos pies. Tenía una cabeza gris y terrosa llena de heridas y protuberancias, una verdadera montaña atormentada, y la mandíbula habría podido cortar la nave en dos como si fuera unas tijeras.

El ojo pequeño, a ras del agua, escrutó un instante la nave, mientras nosotros estábamos con el alma en vilo. Luego Matu-Maloa se giró sobre un costado y, se crea o no, fijó la mirada en el capitán Charlemont. Y enseguida, ¡le guiñó el ojo!

Alternativamente, el capitán miraba aterrorizado a nosotros y a la ballena. Estaba claro que no tenía la más mínima idea de lo que se debía hacer, y viéndonos paralizados, también él se mantuvo paralizado. Matu-Maloa lo miró una vez más, luego dio un ligero golpe de timón y llamó al capitán. Un sonido melodioso, como un violín submarino. Había oído hablar muchas veces de la voz de la ballena, pero era la primera vez que la escuchaba.

— ¿Qué sucede, marineros? —dijo el capitán Charlemont, retrocediendo hacia el centro de la nave.

whale-sinks-ship Matu-Maloa giró la cola en el aire y se sumergió; luego volvió a subir con toda su mole e hizo un viraje elegantísimo, salpicando ligeramente la nave con un chorro de agua. Luego se puso a remar con la cola y se alejó con el cuerpo fuera del agua, como un delfín. Parecía un peñasco altísimo, todo lleno de algas e incrustaciones, con las señales de los arpones sobre sus flancos. Ante aquella visión, el capitán corrió a guarecerse en la cabina. Matu-Maloa cesó de pronto sus evoluciones y desapareció.

Poco después el capitán nos convocó. Estaba visiblemente nervioso y manoseaba su espadín de narval. Su uniforme era un puro desorden.

— Guinea, Huysmans —dijo— ¿podríais explicarme el comportamiento de esa ballena? ¿Acaso quería atacarnos?

— Seguramente no —dijo Huysmans, lanzándome una mirada de complicidad.

— Por tanto quería… jugar.

— En cierto sentido.

— ¿En qué sentido?

— Bueno… para decir la verdad, señor… la ballena estaba enamorada.

El capitán Charlemont se quedó anonadado.

— Quiere decir que…

— Así es… conozco el canto de amor de la ballena, y además esas evoluciones… las hacen cuando están enamoradas.

— ¿Queréis decir… que está enamorada de nuestra nave?

Yo y Huysmans vacilamos perplejos.

— Poco más o menos… —dijo por fin Huysmans.

Siguió un largo silencio. Después el capitán dijo con un hilo de voz:

— Marinero Guinea… esa ballena ¿es macho o hembra?

— No lo sé, señor —respondí.

 

Al día siguiente, por la Fidèle, la noticia de que una ballena se había enamorado del capitán Charlemont se difundió, si se me permite el chiste malo, más rápida que el guiño de un cachalote [1]. Algunos reían, otros parecían preocupados: ¿quién conoce las intenciones de una ballena enamorada? Sin embargo, todos estábamos de acuerdo en un punto: era seguro que Matu-Maloa reaparecería. Algo que ocurrió por la tarde.

El capitán, nerviosísimo, había salido a la cubierta y lanzaba órdenes en todas direcciones. Estaba pálido, parecía no haber pegado ojo. Justo mientras gritaba alguna cosa hacia el puesto del vigía, en la popa apareció el Cachalote. Tenía sobre la cabeza un gran penacho de algas verdes. Nos miró con el ojito astuto y comenzó a emitir sonidos estridentes, moviendo la cabezota de aquí para allá. ¡Y le cantaba al capitán!

Si Charlemont se movía hacia la proa berreando, él hacía otro tanto. Si se iba a popa enredándose en el cordaje, también la ballena hacía el amago de tropezar en el mar y cómicamente berreaba y se agitaba sobre la panza sacudiendo su penacho de algas.

whale Hasta que el capitán Charlemont, exasperado, se detuvo jadeante y gritó:

— Maldita bestia... ¿qué es lo que quieres de mí?

Por toda respuesta, Matu-Maloa lo roció con su soplo y se puso a berrear divertido.

Entonces el capitán tuvo un ataque de ira, sacó el arpón de una chalupa y lo tiró contra la ballena. Naturalmente ni siquiera rasguñó su piel. Pero Matu Maloa pareció turbarse con aquel gesto. Se alejó a grandes saltos, luego se giró, cogió carrerilla y se encaminó derecho contra la nave. Gritamos de terror y ya algunos echaban mano de las chalupas. Pero a pocos metros de la Fidèle la ballena se sumergió y sentimos su rudo lomo raspando la quilla. Cuando salió en el otro lado lanzó un agudísimo lamento, de enamorada ofendida, y desapareció.


[1] Benni hace aquí un juego de palabras intraducible: Il giorno dopo sulla Fidèle la notizia che una balena si era innamorata del capitano Charlemont si diffuse, se mi è consentito un facile gioco di parole, in un baleno. Usa balena (ballena) y in un baleno (rápidamente) [N. del T.]

3 de octubre de 2010

Matu Maloa (II)

EL CUENTO DEL MARINERO
(2ª parte)

[Del libro de Stefano Benni, Il bar sotto il mare, publicado en la
Editorial Universale Economica Feltrinelli]

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El capitán Charlemont se presentó en uniforme de gala con medallas y un enorme sable cortaverduras. Nos revisó uno por uno, poniendo en su lugar cuellos y botones. ¡Una madre! Luego se sentó en una butaquita, con una bonita pose, con el codo apoyado sobre una fusta de narval.

— Marineros —dijo—, sé que estáis habituados a la disciplina. Pero lo que os pido sobre esta nave no es sólo disciplina... ¡es estilo! Os quiero ver siempre impecables, incluso en la tempestad. ¡No hay océano capaz de hacer olvidar a un hombre que es un caballero! La Fidèle es la nave más bella de la compañía Smithson. Es conocida en todos los puertos del mundo por su elegancia, y nosotros mantendremos alta su fama. Transportamos plantas y animales raros para el jardín botánico de Londres. Obvia decir que todo ello requiere una delicadeza y un cuidado bastante diferente del necesario para descuartizar una ballena. Debéis por tanto haceros dignos de la Fidèle. Y ay si se os vienen a la mente vuestras costumbres marineras, las bravatas, los juramentos y las bromas obscenas. ¡He dicho! Y ahora partamos. ¡Por la gloria de la Fidèle y por trescientas guineas!

La alusión al sueldo apenas suavizó las caras largas. La gente que había sufrido tempestades y abordajes, con un cuchillo en una mano y con la otra aferrada a la jarcia, se mostraba ciertamente poco entusiasmada con la idea de viajar sobre un “salón inglés”.

Decidimos tomarlo a risa. Sobre el puente se escuchaban conversaciones de este tipo:

— ¿Haría el favor el caballero Shan de quitar sus patas de simio de mi driza, a fin de que yo pueda izar la vela?

— Dispense, caballero Guinea, que el demonio lo ahogue por su cortesía.

— ¿Haría el favor el grandísimo hijo de puta caballero Macaulay de dejar de escupir contra el viento su maloliente saliva tabacosa, de modo que mi uniforme no se vea mancillado? Porque si no dejara de hacerlo mi egregia mano podría a continuación alisarle la dentadura...

— En ese caso, señoría, nada me impediría probar la dureza de este espléndido orinal sobre su excelentísima cabeza de bastardo.

Así la Fidèle dejó el puerto rumbo a la aventura. No habíamos salido todavía del golfo cuando de debajo de la cubierta salió un hombre con grandes ojos saltones, vestido de negro. Se presentó a todos nosotros muy cortésmente, uno por uno. Dijo llamarse profesor Gwiskard, ser científico asesor en el viaje y sufrir condenadamente de mareos. Por los ojos saltones y el color verde fue rápidamente apodado como “el Salamanquesa”. Y con esta última sorpresa nos fuimos mar adentro, mientras Charlemont, a popa, tomaba el té.

— ¡Bah! —suspiró el filósofo de a bordo, Huysmans el holandés— creemos que acabaremos desesperados. No lo parece, pero quizás sea un buen capitán.

precol_botanical-exp_lg Huysmans era un iluso. En pocos días de navegación los marineros nos preguntábamos quién le habría enseñado al capitán Charlemont a manejar una nave. Parecía que tuviera miedo de gastarla. Navegaba a solo un viento de tres, cuatro nudos, a media vela. En cuanto se alzaba un buen viento para por fin hacerla correr, llevaba a la Fidèle al abrigo de cualquier rada y esperaba a que el viento amainase. Así, para arribar al golfo de Guinea, a las islas Bijagos, tardamos el doble de lo necesario. Pero no parecía importarle: su única preocupación era nuestra divisa, los cobres de la Goleta y las ceremonias de izamiento de la bandera. En el cálculo de la ruta, él y sus oficiales colibríes empleaban la mañana entera, mientras que nosotros lo hacíamos de inmediato y a ojo, de tanto navegar pegados a tierra firme. La comida era decente, los turnos cómodos, pero siempre te arriesgabas a ser castigado por una blasfemia o un cuchillo fuera de su sitio. Un marinero griego recibió veinte golpes de fusta porque fue sorprendido tendiendo los calcetines sobre una jarcia.

En julio llegamos a las islas de Cabo Roto. El capitán Charlemont atracó en Bahía Hugue con una maniobra que un grumete habría ejecutado con más pericia. Pero su descenso en uniforme de gala, con los colibríes en los flancos y Buckingham sosteniendo el paraguas, permaneció en la leyenda local durante años.

La isla estaba habitada por la tribu de los Cabu, cuyo jefe era Mahu Cabu, un viejo amigo mío. Conociendo yo la lengua Cabu negociamos con él para llevarnos plantas raras. En compañía del Salamanquesa, me fui a la jungla y dentro encontramos un verdadero paraíso natural. El Salamanquesa me decía el nombre latino de las plantas, y yo le contaba las leyendas que había oído. Le conté que el ourogoro es una planta carnívora, pero que come sólo animales enfermos. Para saber como están de salud, los indígenas pasan delante de la planta y acercan una mano. Si el ourogoro la muerde, es una fea señal. Le dije que la planta del pan da un solo fruto al año, pero tan bueno y delicado que los pájaros hacen cola durante un mes para picotearlo. Y que el hawazawai, molido y bebido con luna llena, transforma al hombre en abejorro. Y el wama contiene un afrodisíaco tan fuerte que un solo pétalo, acariciando la frente de una mujer, la transforma en un monstruo de placer.

Recogimos con cuidado las plantas en grandes vasijas y por la noche hubo una cena en nuestro honor bajo la tienda del jefe Mahu. Comimos a dos carrillos.

Por su parte el capitán Charlemont, todo melindres, apenas probó la comida, y no pareció para nada reconocer aquella hospitalidad. El jefe Mahu Cabu me dijo que le preguntara al capitán dónde acabarían aquellas plantas, en qué isla y en qué jardín. Cuando el capitán respondió que serían encerradas en una caja de cristal, el jefe Mahu se sintió contrariado y dijo que quería rescindir el contrato.

— Di a tu salvaje —respondió el capitán— que lo que hasta ahora hemos pedido con cortesía podríamos pedirlo con los fusiles.

Por supuesto, no traduje sus desdeñosas palabras, pero dije a Mahu que las plantas serían tratadas con absoluto cuidado y que serían puestas muy cerca de los niños de nuestra isla, que no habían visto nada igual.

El jefe Mahu movió dubitativo la cabeza. Luego quiso saber si el capitán creía que las cosas tenían alma.

El capitán explicó sonriendo que en su país sólo los hombres tenían alma, y quizás no todos.

Entonces el jefe Mahu preguntó cómo hacía el capitán Charlemont para viajar sobre el mar si no creía que el mar tuviese alma.

— El mar tiene un alma que se llama Matu-Maloa, y usted la conocerá —dijo el jefe Mahou.

— No quiero perder más tiempo con estos salvajes —dijo el capitán, y muy cortésmente se levantó.

Volvimos a la nave. Durante el trayecto en chalupa oí al Salamanquesa contradecir con firmeza al capitán y a aquél responder con irritación:

— De una cosa estoy seguro. Entre la cultura de un caballero inglés y estas estúpidas leyendas no hay ninguna relación posible. La única cosa que nos une a este mar es la riqueza que podamos conseguir para la mayor gloria de Inglaterra.

26 de septiembre de 2010

Matu-Maloa

EL CUENTO DEL MARINERO
(1ª parte)

[Del libro de Stefano Benni, Il bar sotto il mare, publicado en la
Editorial Universale Economica Feltrinelli]

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Pero el cachalote sólo respira una
séptima parte o el domingo de su vida.

(Hermann Melville)

Que tenga que beber agua salada durante mil años, no tocar más la madera de una nave y morir cayéndome de una mecedora si no es verdad lo que contaré, como es verdad que me llamo Jim Guinea.

Lo juro por el demonio: en cuarenta años de navegación nunca vi nada parecido a aquello que le sucedió al capitán Charlemont.

 

Hace años me encontraba en el puerto de Cape Heat, en África del Sur. Había vuelto de una travesía bastante agitada en un ballenero americano, el Holy Moses. Un año de tempestades, hombres caídos al mar y ballenas carroñeras como predicadores. Además, había perdido una oreja discutiendo a navajazos con un contramaestre. Así que me fui a casa de un chino que controlaba todo el puerto y le pedí un embarque más tranquilo.

— Aquí tengo uno suave como la seda, Guinea —me dijo el chino riendo—, pero tendrás que comprarte ropa nueva.

Me lo explicó todo. La nave que partía era la Fidèle, una goleta nueva, lustrada a mano, una joyita de barco. Transportaba plantas raras y animales para los zoológicos. La comandaba un noble inglés, el capitán Charlemont. Un capitán extraño, según decía el chino. En cada viaje llevaba consigo un guardarropa completo. Su cabina era, según decían quienes la habían visto, más bella que aquella del almirante Queiray, con telas preciosas, cuadros de pintores famosos y dos estatuas de Neptuno en ébano de Polinesia, que formaban las columnas del baldaquino de la cama.

La nave estaba totalmente construida con maderas nobles y no tenía un solo bao, un solo clavo, un solo tubo que no estuviese resplandeciente. El cocinero era francés, los segundos oficiales estaban escogidos de entre los más nobles vástagos de la Marina Real, y la paga por marinero era de trescientas guineas por travesía, el doble de lo usual. Pero todo este lujo no era para cualquiera: el capitán quería marineros dignos de la Fidèle. Los quería altos, de porte fiero y elegante. Su tripulación debía parecer más un regimiento inglés que una de esas catervas de zafios tan comunes en los puertos tropicales.

— Por trescientas monedas —dije al chino— estoy dispuesto a dar clases de buenas maneras y a dormir junto a un barril de ron sin tocarlo.

Así que me fui a un barbero que me trasquiló la barba de seis meses, me até la coleta con una cinta amarilla y disimulé mi oreja mutilada bajo un gorro de lana. Aquella noche me topé con dos comerciantes franceses, y con la punta de la navaja en el cuello me hice prestar gentilmente los calzones de uno y la chaqueta del otro. Así que, sin haberme mirado en el espejo, la mañana siguiente caminaba hacia el muelle. Y debía estar realmente encantador, porque todos se daban codazos y se volvían a mirarme. Cuando arribé a la fila del embarque me llevé una gran sorpresa: justo delante de mí había dos ex compañeros del ballenero. Se llamaban Buck Shan y Víctor Fernández, y les aseguro que habrían podido desvalijar a alguien con sólo alzar la ceja, tal era la jeta que tenían.

También ellos habían tratado de mejorar su aspecto. Buck Shan, un negro de casi dos metros de alto, se había procurado un sombrero de copa gris y una hopalanda azul que le llegaba más o menos por la mitad del muslo. Fernández había robado unas botas militares y exhibía un chaleco de cuero con arabescos sobre una camisa que, en sus orígenes, debió haber sido de seda blanca. Fumaban satisfechos en pipa, y escupían al suelo como verdaderos caballeros. Apenas me vieron rompieron a reír, casi tanto como yo al verlos a ellos. ¡Chicos, qué no se hará por trescientas guineas!

Aguardamos un poco a que la fila avanzase, y por los rostros taciturnos que veíamos regresar comprendimos que el capitán era verdaderamente exigente. Llegó al fin nuestro turno y allí estaba el capitán Charlemont, entre English gentlemandos oficiales pequeñajos y relucientes y vestidos de raso brillante como colibríes. El capitán, en cambio, parecía una enorme foca, todo vestido de piel negra, con una pluma verde en el sombrero y guantes hasta los codos. Tenía el semblante blanco como un ahogado, enmarcado por largos cabellos rubios, un fino y cuidado bigote y una perilla de rizo que te daban ganas de colgar en ella la chaqueta. Parecía un cuadro de museo, igual que uno que vi una vez en Cuba. Escribía nuestro nombre haciendo ondear una pluma de oca sobre el libro de a bordo, y de cuando en cuando extraía tabaco de una tabaquera de ostra Katan. ¡Era todo un caballero inglés!

El primero de nosotros que acudió a Su Presencia fue Fernández.

— ¿Nombre? —preguntó el capitán.

— Victor Hemanuel Fernandez.

— Señor…

— Oh no, ojalá fuera un señor, soy apenas un pobre marinero…

Risitas de los oficiales colibríes.

— El capitán —explicó uno de ellos— quiere decir que se le debe llamar señor, alcornoque…

— A sus órdenes, señor alcornoque.

Fernandez no era un prodigio de buenas maneras pero era despierto. El capitán Charlemont lo examinó de arriba abajo, y luego preguntó:

— ¿Cuál ha sido tu último embarque, marinero?

— El Holy Moses, señor. Un ballenero, señor…

— ¿Y qué trabajo hacías?

— Yo corto, señor.

— ¿En qué sentido?

— En el sentido, señor, de que cuando la ballena es apresada y subida a bordo, señor, le clavamos una buena sierra en el agujero del culo, señor, y le sacamos el alma y las tripas, señor, hasta que acaba siendo toda aceite y filetes, señor.

Bello y colorido lenguaje el del caballero Fernández. Charlemont enarcó las bien diseñadas cejas y se puso a examinar al cortador.

— ¿No estarás tatuado, verdad? No quiero marineros decorados con obscenidades en mi tripulación…

— Oh no, señor; bueno, sólo algunas cosillas, señor.

— Desnúdate y déjame verlos.

Fernández se quitó la camisa con un suspiro. Sobre el tórax tenía una sirena con dos tetas de abordaje; en un brazo un dragón de tres cabezas por cada una de las cuales escupía palabrotas en chino malayo y malgache; en el otro brazo una sarta de Mary Ellens y Mary Anns, con corazones atravesados; y para acabar, más abajo, una ballena con el ojo en su ombligo.

— No embarca. Adelante, otro —dijo el capitán.

Fernández no se desanimó, le birló la tabaquera y desapareció.

He aquí al caballero Buck Shan.

— ¿Tu nombre?

— Buckingham Shan, señor.

— ¿Último barco?

— También el Holy Moses, señor.

— ¿Y qué hacías?

— Era el arponero. Cuando la ballena se ponía a tiro yo cumplía con mi deber, señor, y le metía mi arpón justo allí donde se me ordenaba, señor.

Cuando quería, Buck era un verdadero dandi.

— Y ¿qué otra cosa sabes hacer sobre un navío?

— Todo aquello que sepa hacer el diablo, señor, es decir, todo el trabajo pequeño y grande que me sea ordenado, señor; si se trata de lavar el puente pues muy bien, si se trata de subir a la cofa o de cocinar Buck no se echa atrás, si debo permanecer en el timón aquí me tiene, si me lo ordenan…

— Entiendo, entiendo —dijo Charlemont. Lo escuchamos susurrar al primer oficial: tiene un buen físico, bien vestido y peinado no quedará mal.

— Embarcas —dijo al fin Charlemont.

— Gracias, señor —dijo Buck, y pasando muy cerca de la fila me hizo un gesto de burla. Me tocaba.

— ¿Tu nombre, marinero?

— Jim Guinea, señor.

— Extraño nombre…

— Soy huérfano, señor… No he conocido ni a mi padre ni a mi madre… Pero nací en Guinea, y esto es todo lo que sé, señor.

— No pretendemos que los marineros sean vizcondes, pero al menos… Bah, veamos… ¿Tu último barco? No me digas que tú también…

— Acertó, señor.

— Apuesto a que también arponero… Bueno, no andaremos tras las ballenas en la Fidèle… Imagino que no sabrás hacer otra cosa que manejar ese chisme tuyo…

Risitas entre los petimetres. ¿Pero qué tipo de gente es ésta? Decido jugarme el todo por el todo.

— También entiendo de plantas y animales, señor capitán.

— ¿Lo dices en serio?

— Me crió un brujo de la tribu Anamande, que me enseñó todo lo que sabía…

— Bueno… esto cambiaría las cosas… pero no sé si creerte.

— La pluma que tiene en el sombrero es de un ororoko, señor… un ave que pone huevos cada siete años.

Charlemont y los petimetres se consultan y llegan a un acuerdo. ¡Contratado!

Bueno, son verdaderamente estúpidos. Uno no puede haber navegado las islas del Pacífico sin haber visto una pluma de ororoko. En cuanto a lo de los huevos cada siete años, bueno, probé y me fue bien. ¡Que el diablo me seque la lengua si sé cuántos huevos pone el maldito pájaro!

Partimos una mañana de junio. Estábamos formados en el puente. El capitán nos había hecho afeitar y peinar. Teníamos sombreros y botas nuevas y una chaqueta azul con la inscripción en oro “Fidèle”. Jamás había visto una porquería de ese género sobre una nave; sobre el muelle los marineros se retorcían de risa y nos lanzaban besos. ¡Qué vergüenza! Pero por trescientos pesos me visto hasta de salmonete.

18 de marzo de 2010

El pornosábado del Splendor

Maciste
EL CUENTO DEL TERCER HOMBRE CON SOMBRERO
EL PORNOSÁBADO DEL SPLENDOR
[Del libro de Stefano Benni, Il bar sotto il mare, publicado en la
Editorial Universale Economica Feltrinelli]
And he’ll die without a wimper
like every heroes dream.
Just an angel with a bullet
and Cagney on the screen.

Y él morirá sin un gemido
como sueñan todos los héroes.
Sólo un ángel con una bala
y Cagney en la pantalla
(Tom Waits)

También soy de Sompazzo, un pueblo pequeño que en el pasado fue aún más pequeño. Yo era joven y los tiempos eran otros. Entonces en nuestro pueblo el súmmum de lo pecaminoso eran los calendarios de barberos y mecánicos. Algunos eran famosos, como el calendario de los neumáticos Fazioli, en el que Miss Enero llevaba un bikini de cadenas para la nieve y Miss Julio se bronceaba embadurnándose con aceite de frenos. Los niños íbamos por turno al taller para mirarlo, y era aquél un ensimismamiento propio del Louvre. Una vez que un representante trajo de Roma la famosa foto de Marilyn desnuda sobre el terciopelo, se perdieron en la zona seiscientas horas laborables, e hizo falta dividir la foto en cuatro para satisfacer la demanda.

Y todo continuó así hasta que no se abrió en Sompazzo el primer local verdaderamente moderno y sin prejuicios, el cine Splendor.

El exterior no era gran cosa: la entrada parecía una clínica dental, la taquilla era una mesa de cocina y el bar estaba siempre abierto, en el sentido de que si por la ventana pedían una cerveza, del bar de enfrente te la lanzaban al vuelo. El interior, obra del aparejador Portogalli, era por el contrario de un gusto exquisito. Además de las sillas de un delicado verde rana y del suelo de mármol, el techo era de una particular belleza. En él el aparejador, después de haber escuchado hablar de las “salas X”, había colgado veintiocho monstruosos globos púrpuras, uno al lado del otro en una estructura que imitaba la cadena molecular. Estos globos, sin embargo, no funcionaban nunca más de tres a la vez; es más, en casi todas las proyecciones un globo comenzaba a chisporrotear y crepitar ahogando el sonido, ante lo que la máscara gritaba “cuidado con la manzana”, y todos buscábamos refugio bajo los asientos. El globo se precipitaba explotando y la película podía continuar.

Hemos dicho “la máscara”[*]. El hecho es que el dueño del cine, habiéndose enterado de que todos los cines serios tienen una máscara, había vestido al hijo de doce años de Zorro. El Zorro ayudaba a la gente a encontrar su butaca y la invitaba a mantener puestos los zapatos, al menos en la primera parte.

La programación inicial del cine Splendor fue variada, teniendo que contentar un poco a todos. La primera cartelera estaba escrita enteramente a mano y, si no recuerdo mal, fue la siguiente:

Domingo – Película Breve encuentro con Trevor Ovard y Celia Yonson. Americano sentimental para todos.

Lunes – Misión desesperada – Con Gary Cooper – Acción bélica y bombardeos para los que no han tenido bastante.

Martes – Los siete samurais. Para personas de una cierta cultura.

Miércoles – Descanso.

Jueves – Bambi – de Walt Disney – Un cuento delicado para grandes y pequeños.

Viernes – Maciste contra el Minotauro – Con Maciste. Para todos los públicos.

Sábado – Juegos prohibidos de niñas bien – Adults Only — No permitida para menores de 16 años.

La aparición de la cartelera suscitó muchos y variados comentarios. Los beatos del pueblo dijeron que a estas alturas éramos una sucursal de Sodoma, a la que la mayor parte de nosotros situaba en la provincia de Parma. La propietaria del Bar, Rita, alias la Ritona, opinión-leader de las mujeres, objetó que “o se es como dios manda o se hacen juegos prohibidos”; ella no era moralista pero “le gustaba la precisión”.

Muchos preguntaron qué era Adults Only, y el dueño del cine respondió que era un director americano especializado en películas porno, y que su nombre figuraba en muchísimas cintas.

Dante, el comercial, discutió con el aparejador sobre los nombres en inglés, sobre todo de si Gary Cooper se pronuncia Cóper o Cúper.

— Ignorante —decía el aparejador—, ¿no sabe que la doble o se pronuncia “u”?

— ¿Ah sí? —respondía Dante— y ¿usted cómo dice, cooperativa o cuperativa?

Y se salió con la suya.

El debut con la película sentimental americana obtuvo un gran éxito, pero después de que intervinieran todas las viejitas medio sordas del pueblo; cada dos por tres se levantaba una y decía:

— No he entendido nada de lo que han dicho, dé marcha atrás, por favor.

Y el operador tenía que repetir la escena. Así Breve encuentro duró exactamente cinco horas y media.

También en Misión desesperada se produjeron algunos problemas. Debéis tener en cuenta que en aquel tiempo no era posible que ante la pantalla apareciese un avión sin que todos trataran de abatirlo con la boca. Por entonces los alborotadores más famosos del cine eran los tres hermanos Miti, los cuales eran capaces de emitir cualquier sonido, desde el de la cosechadora al del alacrán cebollero. Así que, apenas aparecía en la pantalla la escuadrilla japonesa, de la sala partía una contraofensiva que hacía temblar el techo y rompía cuatro globos.

Comenzaron a volar botellas y zapatos, y cuando apareció el almirante Yamamoto, en la última fila se levantó un tal Bigattone, ex partisano, y pegó un pistoletazo contra la pantalla. A la salida, a quien preguntaba cómo había acabado la película, todo el publico le respondía “No sé, pero ganamos nosotros”.

En la película del martes había un público variado: intelectuales de la zona y también muchos charcuteros y comerciantes, porque se había corrido la voz de que la película se llamaba “Los siete salamis”, vida, amor y muerte en el sórdido mundo del jamón.

Cuando Bigattone vio de nuevo a los japoneses se lamentó de que no lo hubieran avisado para llevar otra vez su escopeta. Inicialmente la división de la sala fue clara. De la fila de los charcuteros volaban pedorretas como estocadas, y de la de los intelectuales unos “¡Chitón!” rencorosos. Luego, poco a poco, el filme conquistó a todos. Acabó con el público en pie, revoleando las sillas y animando a Toshiro Mifune. Siguieron dos meses de japonesización de la zona. Cada vez que alguien iba a comprar cien gramos de mortadela los charcuteros exhibían el número de la espada con el berrido, y allí estaba aquél, Maramotti, que se cambió el nombre por Maremoto y obligó a la mujer a comer la polenta con palillos.

Descanso fue un gran éxito porque treinta pagaron la entrada y se metieron a dormir.

El jueves Bambi hizo sesenta espectadores y trescientos helados.

El viernes, para Maciste, estaba todo vendido. Alguno vino incluso vestido de Maciste, es decir, sin camiseta. Sudábamos como bestias, porque entonces se participaba realmente, y cada vez que Maciste levantaba la maza brotaba el grito “Dale con el as de bastos”, y cuando alzaba un peñasco media sala se ponía en pie, hinchaba el cuello y levantaba por solidaridad ya una silla, ya a su mujer. Al final de la primera parte muchos no lo hacían por problemas con la espalda, y aún quedaba enfrentarse al Minotauro.

La segunda parte se inició con la danza del vientre ejecutada por la bailarina sudamericana Chelo Alonso, diva tremendamente querida en nuestros pagos. La escena fue subrayada por los gritos de entusiasmo y el intento de imitarla por parte de las mujeres presentes, las cuales, sin embargo, teniendo un contorno bastante mayor que el de la diva, dejaron sin sentido a varios espectadores a base de culazos.

En la escena más importante, la entrada del Minotauro en la cueva, no se escuchaba volar una mosca. Cuando apareció el monstruo, sin embargo, hubo una cierta desilusión. Había quien decía que se parecía a la vaca de Alfredo, y quien que al mismo Alfredo. Ante todo no se estaba de acuerdo en la forma de eliminarlo. Algunos propusieron el caldo bordelés [**], otros un gran anzuelo con cebo de maíz. Cuando Maciste lo sacó fuera para darle de palos fue largamente silbado porque a una bestia no se la mata de esa forma.

La película acababa con Maciste alejándose a caballo, pronunciando la famosa frase: “Donde quiera que un fuerte pisotea a un débil, ahí está mi lugar”, que provocó diez minutos de aplausos y el famoso comentario de Bigattone: “Entonces tendrás que recorrer unos kilómetros, Maciste”.

Luego vino el funesto día: el pornosábado que cambió la historia de nuestro pueblo. Ya a las dos de la tarde una cincuentena de hombres se arremolinaba en los alrededores del cine donde se proyectaría Juegos prohibidos de niñas bien.

Algunos llevaban bufandas hasta la nariz, a pesar de estar mayo avanzado. La mitad de ellos fue capturada y reconducida a casa por sus consortes. A otros nueve les faltó coraje, y una vez que llegaron ante la caja cambiaron de idea y dijeron:

– ¿Por casualidad ha visto usted a Enea, que tenía una cita con él aquí enfrente? –y huían. De modo que, cuando Enea Baruzzi entró por primera vez en el cine, le preguntaron si no se avergonzaba de hacer esperar a todos aquellos amigos. Después que Enea hubo roto el hielo, entró un manojo de valientes: yo, Bigattone, Ettore, Dante, el fontanero Talpa, el aparejador Portogalli, los hermanos Miti, Spiedino, el abuelo Celso y, por último, la quiosquera Iris con su hijo Cesarino, porque estaba convencida de que darían otra vez Bambi y ninguno tuvo el valor de decirle la verdad.

Cayó la oscuridad sobre la sala, y desde la primera escena arreciaron las críticas del famoso dueto entre el fontanero y la camarera. El fontanero Talpa objetó que su colega en la película tenía una llave inglesa equivocada, pero fue abucheado. Todos nos pusimos en pie y empezamos a expresar nuestro parecer con resuellos y silbidos potentísimos. Enea lamentó que el intérprete masculino tapara continuamente a la intérprete femenina, y bramaba: “¡Fuera de ahí, déjanos ver!”. El abuelo Celso, que había visto el último muslo en 1936 y ni siquiera recordaba si era de pavo, se quedó con la boca abierta y las manos en los bolsillos todo aquel día y los dieciséis años siguientes. Dante el comercial se hacía pasar por experto y decía que en Roma cosas así se veían todas las noches por las calles. El aprieto mayor fue naturalmente para Iris, a la que Cesarino preguntaba sin parar si realmente estaba Bambi.

– Claro que sí –respondía la madre.

– Pero ¿dónde?

– Ahora sale.

La conmoción fue tan fuerte que Cesarino, todavía hoy, que tiene cuarenta años, cada vez que se mete en la cama con su mujer deja la puerta abierta porque dice que igual llega Bambi.

Acabó la primera parte, marcado por un intenso lanzamiento de cerveza desde la ventana del bar. Cuando comenzó la segunda parte, de dentro del cine surgieron gritos infrahumanos y aplausos. Se congregó alguna gente en la escalera y Ritona la camarera comentó que, por el follón que se estaba montando, debía ser una gran película. Y poco después ella y los otros cuatro amigos entraron dentro. Al instante, desde la ventana del cine hicieron señales a los otros para que vinieran rápido, porque aquello era cosa de otro mundo. Y entraron los viejos, e incluso las viejas y los niños, hasta que el notario y la sastra democristiana fueron a llamar al cura.

– ¡Don Calimero –gritaron–, Sodoma y Gomorra! Todo el pueblo está viendo la película pornográfica. ¡Han entrado incluso las mujeres y los menores!

Don Calimero se lanzó hacia el Splendor, y con horror escuchó, proveniente del interior, un follón de silbidos, aullidos y exclamaciones provocativas: “Dale, dale, dale que ya es tuya”.

– Dios mío, ¿en qué se ha convertido mi parroquia? –pensó, volvió corriendo a la iglesia, cogió el incensario más grande que tenía y se aprestó a desalojar la sala con gases lacrimógenos.

Apareció en la puerta del cine agitando el sagrado artefacto y gritando:

– ¡Puercos, me asombro de vosotros! ¡Fuera todos de aquí! No permitiré en mi parroquia esta innoble exhibición de glúteos y muslos y…

De pronto Don Calimero enmudeció, mirando a la pantalla. Del verde pasó al blanco, y después al rojo congestión. Una expresión de éxtasis se le pintó en el semblante. Luego, con toda la fuerza que tenía en la garganta rugió:

– ¡Ánimo Coppiiii!

Lo que ocurrió fue que, por equivocación, el operador había proyectado, en lugar de la segunda parte, el noticiero cinematográfico con la victoria de Coppi en el Giro de Italia. Tres veces lo hicimos proyectar, y seis veces la llegada al Stelvio.

Al día siguiente el comentario fue:

“Coppi es bestial. Piénsalo, en la primera parte folla una hora seguida, y luego se sube a la bicicleta y gana”.


[*] N. del T.: Juego de palabras intraducible. En italiano maschera significa acomodador, aunque también máscara, antifaz.
[**] N. del T.: El caldo bordelés es un producto que se usa para combatir el mildíu, enfermedad que afecta a la vid.

19 de febrero de 2010

Historia de Pronto Soccorso y Beauty Case


Stefano Benni. El bar submarino
HISTORIA DEL HOMBRE CON GAFAS NEGRAS

Cuando el juego se pone duro los duros comienzan a jugar.
John Belushi

Nuestro barrio está justo detrás de la estación. Un día un tren nos llevará lejos, o tal vez seremos nosotros los que nos llevemos al tren. Porque nuestro barrio se llama Manolenza, “entras con algo, sales sin ello”. ¿Sin qué? Sin radiocassette, sin cartera, sin dentadura postiza, sin pendientes, sin las gomas del coche. Incluso te roban la goma de mascar si no estás atento: hay niños que trabajan en pareja, uno te da una patada en los huevos, tú escupes el chicle y el otro lo coge al vuelo. Esto te dará  una idea.
En este barrio nacieron Pronto Soccorso (Primeros Auxilios) y Beauty Case (Neceser). Pronto Soccorso es un chavalillo de dieciséis años. Su padre es estilista de neumáticos; es decir, roba ruedas nuevas y las vende en lugar de las viejas. Su madre tiene una lechería, la lechería más pequeña del mundo. Prácticamente una nevera. Pronto fue concebido allí dentro, a diez bajo cero. Cuando nació, en vez de ponerlo en la cuna, lo metieron en el horno a descongelar.
Desde pequeño Pronto Soccorso tenía pasión por los motores. Cuando su padre lo llevaba con él al trabajo, es decir, a robar ruedas, lo colocaba dentro del capó del coche. Así, Pronto pasó gran parte de su infancia acostado en medio de pistones, de modo que para él la mecánica nunca tuvo secretos. Con seis años construyó él solo un triciclo accionado por una máquina de hacer batidos. Recorría 20 km con un litro de hielo picado: tuvo que desmontarla cuando su madre se dio cuenta de que se le jorobaba la leche.
Entonces robó la primera moto, una Guzzi Imperial Black Mammuth 6700. Para llegar a los pedales conducía aferrado al depósito como un koala a la madre: y la Guzzi parecía un vehículo fantasma  porque no se veía quién lo conducía.
Poco después Pronto construyó la primera moto trucada: la Lambroturbo. Era una lambretta normal y corriente pero con algunas modificaciones se ponía a doscientos sesenta. Fue entonces cuando empezamos a llamarlo Pronto Soccorso. En un año se empotró con la moto doscientas quince veces, siempre de manera diferente. Andaba sobre una sola rueda y la pinchaba; daba bandazos en las curvas, en las rectas, sobre grava, sobre mojado; se caía cuando estaba parado, se metía por en medio de los cortejos fúnebres, volaba desde los puentes, segaba los árboles. En el hospital, los médicos estaban tan habituados a verlo que, si una semana no aparecía, llamaban a casa para preguntar por él.
Pero Pronto era como un gato: caía, rebotaba y seguía adelante. Algunas veces, después de haberse caído, continuaba arrastrándose durante kilómetros: era una particularidad suya. Lo veíamos llegar rodando desde el fondo de la carretera hasta las mesas del bar.
-Me caí en Forlì –explicaba.
-Bah! Lo importante es llegar –le decía yo.

Beauty Case tenía quince años y era hija de una sastra y un ladrón de Tir. Su papá estaba en la cárcel porque había robado un camión de cerdos y lo habían apresado mientras intentaba venderlos casa por casa. Beauty Case trabajaba de aprendiza de peluquera y era un tesoro de muchacha. Se llamaba así porque era pequeña pequeña, pero no le faltaba de nada. Toda ella era un compendio de curvitas deliciosas y no había nadie en el barrio que no hubiese intentado molestarla, pero ella era tan pequeña que siempre conseguía escabullirse.
Fue una noche de principios de verano, cuando tras un prolongado letargo los dedos gordos del pie ven finalmente la luz fuera de las sandalias. Pronto Soccorso daba una vuelta lleno de tiritas y postillas sobre la Lambroturbo y un kilómetro más allá Beauty Case se comía un helado sentada en un banco.
Añado tres detalles:
Uno: en verano Beauty Case llevaba unas minifaldas que su mamá le hacía con las viejas corbatas de su papá. Con una corbata le hacía tres.
Dos: cuando Beauty se sentaba, cruzaba las piernas con un estilazo propio de una top model; las cruzaba de manera que una acariciaba a la otra y tenía unas piernas hermosísimas, con la rodilla desnuda y el zapato rosa con un pequeño taconcito que se te clavaba directamente en el corazón.
Tres: cuando Beauty lamía un helado, todo el barrio se paralizaba. ¿Os acordáis de la película de Blancanieves cuando ella canta en el bosque y se encuentra rodeada de conejitos, cervatillos, tórtolas y mosquitos que cantan con ella? Pues bien, la escena era la misma, con Beauty en el centro lamiendo su cucurucho de mil liras y a su alrededor niñitos, niñazos y viejorros moviendo la lengua a la vez, porque se les venían todos los pensamientos del mundo a la cabeza, desde los más castos hasta los más delictivos.
Decíamos, pues, que era una noche de principios de verano y los pajarillos estaban sobre los árboles en absoluto silencio porque con el estruendo que armaba la moto de Pronto, cantar era una tarea inútil. Se oyó de lejos la famosa acelerada en cuatro tiempos andante vivace y allegretto ahogado, y poco después Pronto llegó a la callecita de los jardines conduciendo sin manos y arrastrando un pie por el asfalto: de otra manera no resultaría lo bastante peligroso. Vió a Beauty e hizo una clavada histórica. La clavada en realidad no fue tal, porque, por principio, Pronto no frenaba nunca. La primera cosa que hacía cuando trucaba las motocicletas era quitarle los frenos. “Así no tengo la tentación” decía.
De modo que Pronto fue derechito al tobogán del parque, despegó hacia lo alto, rebotó en el toldo del bar, acabó en el primer piso de un apartamento, metió gas en el comedor, embistió el frigorífico, salió a la terraza, se desplomó hacia la callle, hizo carambola contra un contenedor de basura, desfondó la puerta de un coche aparcado, salió por la otra y se paró contra un plátano.
- ¿Te has hecho daño? – dijo Beauty.
No –respondió Pronto. - Todo calculado.
Beauty dijo “ah” con la lengua coloreada de helado de arándanos. Permanecieron mirándose unos instantes y luego Pronto dijo:
- Bonita  tu minifalda de lunares.
Y Beauty replicó:
- Bonitos tus pantalones de piel.
¿Qué pantalones?, estuvo a punto de preguntar el muchacho. Después se miró las piernas: estaban tan llenas de postillas, cicatrices y arañazos de rodar por el  asfalto que parecía que tuviese los pantalones de piel. Sin embargo, llevaba pantalones cortos.
-Son un modelo Calles de Fuego–dijo. - ¿Quieres dar una vuelta en moto?
Beauty engulló el helado de golpe, que fue su manera de decir sí. Mientras se subía a la moto, levantó la pierna en un gracioso giro interrumpiendo la paz de algunos vejestorios. Luego, se agarró con fuerza al pecho de Pronto y dijo:
-Pero ¿tú sabes conducir la moto?
Ante aquellas palabras Pronto esbozó una sonrisa de las que marcan época, dio varios acelerones y arrancó zigzagueando envuelto en una nube de humo. Quien lo vio, aquel día, dijo que se puso por lo menos a doscientos ochenta. ¡La fuerza del amor! Se oía el ruido de aquel tornado que pasaba y no se veía más que un relámpago de estrella fugaz. Pronto tomaba las curvas tan inclinado que en vez de preocuparse de los mosquitos que se estrellaban en su cara, debía estar atento a las lombrices. Y Beauty no tenía ni una pizca de miedo, en vez de eso gritaba de alegría. Fue entonces cuando él comprendió que era la mujer de su vida.
Cuando Pronto llegó a la casa de Beauty, levantó la moto y Beauty voló a través de la ventana cayendo, precisa, sobre el sofá de su salón. Cuando su madre se la encontró, le dijo:
-¿Dónde estabas, no te he oído entrar?
En ese mismo momento se escuchó el ruido de Pronto que se paraba contra el cierre metálico de un garaje. Se desencajó de la persiana; la moto había perdido una rueda y el depósito. Pequeñeces: se llenó la boca de gasolina y volvió a casa con una sola rueda y escupiendo de vez en cuando al carburador.
Se tumbó en la cama y declaró solemne a cuatro cucarachas.
-Estoy enamorado.
-¿De quién? –le preguntaron.
- De Beauty Case.
- Buen chochito –dijeron a coro las cucarachas, que por nuestra zona son así de expresivas.
La noche siguiente Pronto y Beauty Case salieron juntos de nuevo. Después de treinta segundos, Pronto le preguntó si podía besarla. Beauty se  tragó el helado.
Empezaron a besarse a las nueve y cuarto y, según algunos testigos, el primero en respirar fue Pronto a las dos de la mañana.
-Besas bien, ¿dónde has apr..  – quería decir, pero Beauty se le colgó de nuevo y no terminaron hasta las seis de la mañana.
Cuando regresó a casa y su madre le preguntó “¿Qué has hecho con ese chico de la moto?”, Beauty dijo: “Nada mamá, solo dos besos”.  Y la chica no mentía.
Así que el amor entre ellos dos iluminó nuestro barrio y nos sentíamos todos tan felices que ya casi ni robábamos.
En efecto, éramos todos ciudadanos modelo, o casi, hasta que un mal día llegó al barrio Joe Blocchetto (Joe Libretita), el as de los agentes de la Policía de Carretera. Llegó con su chupa de cuero negra, botas sadomaso y gafas oscuras. En el casco llevaba escrito: “Dios sabe lo que haces a cada hora, yo lo que haces en este momento”. Cualquier persona motorizada temblaba sólo con oír el nombre de Joe Blocchetto. No había medio de transporte que él no hubiese multado. Cuando pasaba por una calle donde había coches mal aparcados sacaba su cuadernillo y disparaba multas como una ametralladora. Todo el mundo, antes de aparcar, miraba si Joe Blocchetto andaba rondando. Si no estaba, daban marcha atrás y cuando miraban para delante ya tenían la multa en el parabrisas. Así golpeaba, rápido e invisible, Joe Blocchetto, el hombre que había multado a un tanque del ejército porque no llevaba cinturones de seguridad.
Joe llegó una tarde al barrio montado en su Mitsubishi Mustang blindada, una moto japonesa que se ponía a doscientos por hora. A su paso, los limpiaparabrisas de los coches se resquebrajaban de miedo y las ruedas se desinflaban. Aparcó delante del bar y entró. Se quitó lentamente los guantes mirándonos con aire de desafío. En el cinturón vimos los dos cuadernillos para las multas, calibre cincuentamil.
- ¿Alguno de vosotros –dijo- conoce a un tal Pronto Soccorso que se divierte corriendo por estos lugares?
Nadie contestó. En el silencio Blocchetto hizo rechinar las botas contra el pavimento y se paró detrás de un jugador de cartas.
-¿Usted es el señor Podda Angelo, propietario de un coche con matrícula CRT 567734?
- Sí –admitió el jugador de cartas.
-Hace tres años lo multé porque tenía las ruedas lisas. Le dije que, si no las cambiaba, la próxima vez le retiraba el carné.
Nada se escapaba a la memoria de Joe Blocchetto.
-Entonces –apremió el agente, implacable- ¿quiere decirme dónde puedo encontrar a Pronto Soccorso o vamos a echar un vistazo a su coche?
-Hablaré –dijo el jugador-. Pronto pasa todas las noches por el cruce de vía Bulganin con la cuarenta y dos.
Era la verdad. Después de recoger a Beauty, todas las noches Pronto atravesaba el enorme cruce. Pasaba con el semáforo en rojo a una velocidad aproximada de ciento cincuenta, con Beauty detrás ondeando como un pañuelito .
En ese cruce se apostó acechante Joe Blocchetto. Esconderse era su especialidad. Justo sobre el paso elevado del cruce había un gran anuncio publicitario de champán. El eslogan decía: “Sabor de pocos”. Era una foto de un grupo de aristócratas que paladeaban copas en un gran jardín. Al fondo, una villa del siglo XVII y más al fondo las fábricas humeantes y apestosas de Bazzocchi: aquello no estaba en la publicidad, era nuestro barrio. Apenas colgado, el cartel se ahumó debido a las miasmas industriales y los aristócratas estaban negros de polvo y tan intoxicados que parecían decir: menos mal que es un sabor de pocos.
Fijándose bien en la fotografía, detrás de los hombres de smoking y las señoras de largo, se podía ver más allá del buffet un rostro inconfundible con gafas oscuras. Era Joe Blocchetto, mimetizado.
Aquella noche, como todas las noches, Pronto Soccorso pasó bajo la ventana de Beauty y la llamó con un silbido. Beauty se lanzó por la ventana aterrizando sobre la moto. Eran ya habilísimos en esta maniobra. Cuando llegaron al cruce, el semáforo estaba rojo. Nada más verlo Pronto lanzó la moto a toda pastilla. En ese momento algo se movió en el cartel publicitario, y se pudo ver a Joe Blocchetto abrirse paso entre la gente con traje de noche, rebasar una bandeja llena de vasos y saltar a la carretera.
Faltaban menos de cien metros para el cruce. Pronto vio a Joe esperando y apuntándole con los dos cuadernillos y no dudó. Frenó con los pies haciendo girar la Lambroturbo sobre sí misma. Mientras la moto giraba vertiginosamente echando chispas, intentaba frenar con todo: con las manos, con el bolso de Beauty, con el culo, clavando un destornillador en el asfalto, con los dientes. Un espectáculo impresionante: el ruido era como el de una fresadora, volaban por el aire trozos de pavimento y despojos de la moto. Pero Pronto Soccorso era grande. Con un último bandazo se clavó en el asfalto y paró exactamente con la rueda encima del paso de peatones.
Joe Blocchetto tragó bilis y se acercó con lentitud. La moto echaba humo como una locomotora y los neumáticos estaban derretidos. Joe Blocchetto dio una vuelta alrededor y luego dijo:
- Las ruedas están un poco gastadas ¿no?
- Aquella moto las tiene más gastadas que las mías –dijo Pronto.
-¿Qué moto? –dijo Joe girándose. Cuando volvió la cabeza de nuevo, Pronto ya había montado dos ruedas nuevas.
Pero Blocchetto no se dio por vencido.
- En esta moto no se puede llevar pasajero.
- Y no llevo.
Era verdad. No había ni rastro de Beauty. Joe Blocchetto la buscó bajo el depósito pero no la encontró. Beauty se había metido en el tubo de escape. Pero no resistió el calor y después de un rato salió fuera medio asada.
Joe Blocchetto lanzó un grito de triunfo.
Doscientas mil liras de multa, más la retirada del carné, más la responsabilidad penal de llevar a una señorita menor de edad ¡Tus días de moto han terminado, Pronto Soccorso!
Desde el paso elevado donde observábamos la escena nos estremecimos. Pronto sin su moto era como una flor sin tierra. Se marchitaría y con él aquel amor del que todos nos orgullecíamos. ¿Qué podíamos hacer?
Joe ya había apoyado el bolígrafo sobre el cuadernillo fatal cuando oyó un ruido de claxon. Se giró y…
Toda la calle estaba llena de coches. Algunos estaban aparcados en dirección contraria, otros sobre la acera: había quien lo había puesto vertical apoyado contra un árbol, y quien sobre el techo de otro coche. Dos coches habían parado a modo de sandwich con la moto de Joe en medio, otro coche tenía dos ruedas en el aire sobre el puente con una nota que decía “Vuelvo enseguida”. Dos camioneros habían puesto sus remolques en forma de codo, bloqueando la salida de la autopista. Los viejos del barrio habían salido con bicicletas de antes de la guerra y unos pedaleaban sin manos,  otros con los pies sobre el manillar, otros en grupos piramidales de cinco: parecía el desfile de los carabineros. Completaban el cuadro una ancianita con una segadora  y seis gemelos en una bicicleta sin frenos.
Joe Blocchetto empezó a temblar como si tuviese la malaria. Estaba en áspera contradicción consigo mismo. De un lado estaba Pronto pillado in fraganti; del otro, la más espantosa serie de infracciones jamás vista en la historia. La mandíbula le iba arriba y abajo como un pistón.
En ese momento le pasó al lado un ciego montado en un Maserati robado, sin tubo de escape y dando unos acelerones le dijo:
- Eh! Señor agente ¿dónde puedo encontrar una carretera muy transitada para hacer dos bonitas curvas tumbado y a todo trapo?
Joe Blocchetto se llevó el silbato a la boca, pero no fue capaz de extraer ningún sonido. Cayó desplomado al suelo. Habíamos ganado.
A Joe Blocchetto lo dieron de alta en el manicomio y ahora dirige los coches de choque en un parque de atracciones .
Pronto y Beauty se casaron y montaron un taller.
Él truca los coches, ella los peina.
(Juego de palabras con "truca"/ trucar y "trucca"/ maquillar)