"Si no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe al menos cosas dignas de ser leídas".
Giacomo Casanova

* *

3 de octubre de 2010

Matu Maloa (II)

EL CUENTO DEL MARINERO
(2ª parte)

[Del libro de Stefano Benni, Il bar sotto il mare, publicado en la
Editorial Universale Economica Feltrinelli]

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El capitán Charlemont se presentó en uniforme de gala con medallas y un enorme sable cortaverduras. Nos revisó uno por uno, poniendo en su lugar cuellos y botones. ¡Una madre! Luego se sentó en una butaquita, con una bonita pose, con el codo apoyado sobre una fusta de narval.

— Marineros —dijo—, sé que estáis habituados a la disciplina. Pero lo que os pido sobre esta nave no es sólo disciplina... ¡es estilo! Os quiero ver siempre impecables, incluso en la tempestad. ¡No hay océano capaz de hacer olvidar a un hombre que es un caballero! La Fidèle es la nave más bella de la compañía Smithson. Es conocida en todos los puertos del mundo por su elegancia, y nosotros mantendremos alta su fama. Transportamos plantas y animales raros para el jardín botánico de Londres. Obvia decir que todo ello requiere una delicadeza y un cuidado bastante diferente del necesario para descuartizar una ballena. Debéis por tanto haceros dignos de la Fidèle. Y ay si se os vienen a la mente vuestras costumbres marineras, las bravatas, los juramentos y las bromas obscenas. ¡He dicho! Y ahora partamos. ¡Por la gloria de la Fidèle y por trescientas guineas!

La alusión al sueldo apenas suavizó las caras largas. La gente que había sufrido tempestades y abordajes, con un cuchillo en una mano y con la otra aferrada a la jarcia, se mostraba ciertamente poco entusiasmada con la idea de viajar sobre un “salón inglés”.

Decidimos tomarlo a risa. Sobre el puente se escuchaban conversaciones de este tipo:

— ¿Haría el favor el caballero Shan de quitar sus patas de simio de mi driza, a fin de que yo pueda izar la vela?

— Dispense, caballero Guinea, que el demonio lo ahogue por su cortesía.

— ¿Haría el favor el grandísimo hijo de puta caballero Macaulay de dejar de escupir contra el viento su maloliente saliva tabacosa, de modo que mi uniforme no se vea mancillado? Porque si no dejara de hacerlo mi egregia mano podría a continuación alisarle la dentadura...

— En ese caso, señoría, nada me impediría probar la dureza de este espléndido orinal sobre su excelentísima cabeza de bastardo.

Así la Fidèle dejó el puerto rumbo a la aventura. No habíamos salido todavía del golfo cuando de debajo de la cubierta salió un hombre con grandes ojos saltones, vestido de negro. Se presentó a todos nosotros muy cortésmente, uno por uno. Dijo llamarse profesor Gwiskard, ser científico asesor en el viaje y sufrir condenadamente de mareos. Por los ojos saltones y el color verde fue rápidamente apodado como “el Salamanquesa”. Y con esta última sorpresa nos fuimos mar adentro, mientras Charlemont, a popa, tomaba el té.

— ¡Bah! —suspiró el filósofo de a bordo, Huysmans el holandés— creemos que acabaremos desesperados. No lo parece, pero quizás sea un buen capitán.

precol_botanical-exp_lg Huysmans era un iluso. En pocos días de navegación los marineros nos preguntábamos quién le habría enseñado al capitán Charlemont a manejar una nave. Parecía que tuviera miedo de gastarla. Navegaba a solo un viento de tres, cuatro nudos, a media vela. En cuanto se alzaba un buen viento para por fin hacerla correr, llevaba a la Fidèle al abrigo de cualquier rada y esperaba a que el viento amainase. Así, para arribar al golfo de Guinea, a las islas Bijagos, tardamos el doble de lo necesario. Pero no parecía importarle: su única preocupación era nuestra divisa, los cobres de la Goleta y las ceremonias de izamiento de la bandera. En el cálculo de la ruta, él y sus oficiales colibríes empleaban la mañana entera, mientras que nosotros lo hacíamos de inmediato y a ojo, de tanto navegar pegados a tierra firme. La comida era decente, los turnos cómodos, pero siempre te arriesgabas a ser castigado por una blasfemia o un cuchillo fuera de su sitio. Un marinero griego recibió veinte golpes de fusta porque fue sorprendido tendiendo los calcetines sobre una jarcia.

En julio llegamos a las islas de Cabo Roto. El capitán Charlemont atracó en Bahía Hugue con una maniobra que un grumete habría ejecutado con más pericia. Pero su descenso en uniforme de gala, con los colibríes en los flancos y Buckingham sosteniendo el paraguas, permaneció en la leyenda local durante años.

La isla estaba habitada por la tribu de los Cabu, cuyo jefe era Mahu Cabu, un viejo amigo mío. Conociendo yo la lengua Cabu negociamos con él para llevarnos plantas raras. En compañía del Salamanquesa, me fui a la jungla y dentro encontramos un verdadero paraíso natural. El Salamanquesa me decía el nombre latino de las plantas, y yo le contaba las leyendas que había oído. Le conté que el ourogoro es una planta carnívora, pero que come sólo animales enfermos. Para saber como están de salud, los indígenas pasan delante de la planta y acercan una mano. Si el ourogoro la muerde, es una fea señal. Le dije que la planta del pan da un solo fruto al año, pero tan bueno y delicado que los pájaros hacen cola durante un mes para picotearlo. Y que el hawazawai, molido y bebido con luna llena, transforma al hombre en abejorro. Y el wama contiene un afrodisíaco tan fuerte que un solo pétalo, acariciando la frente de una mujer, la transforma en un monstruo de placer.

Recogimos con cuidado las plantas en grandes vasijas y por la noche hubo una cena en nuestro honor bajo la tienda del jefe Mahu. Comimos a dos carrillos.

Por su parte el capitán Charlemont, todo melindres, apenas probó la comida, y no pareció para nada reconocer aquella hospitalidad. El jefe Mahu Cabu me dijo que le preguntara al capitán dónde acabarían aquellas plantas, en qué isla y en qué jardín. Cuando el capitán respondió que serían encerradas en una caja de cristal, el jefe Mahu se sintió contrariado y dijo que quería rescindir el contrato.

— Di a tu salvaje —respondió el capitán— que lo que hasta ahora hemos pedido con cortesía podríamos pedirlo con los fusiles.

Por supuesto, no traduje sus desdeñosas palabras, pero dije a Mahu que las plantas serían tratadas con absoluto cuidado y que serían puestas muy cerca de los niños de nuestra isla, que no habían visto nada igual.

El jefe Mahu movió dubitativo la cabeza. Luego quiso saber si el capitán creía que las cosas tenían alma.

El capitán explicó sonriendo que en su país sólo los hombres tenían alma, y quizás no todos.

Entonces el jefe Mahu preguntó cómo hacía el capitán Charlemont para viajar sobre el mar si no creía que el mar tuviese alma.

— El mar tiene un alma que se llama Matu-Maloa, y usted la conocerá —dijo el jefe Mahou.

— No quiero perder más tiempo con estos salvajes —dijo el capitán, y muy cortésmente se levantó.

Volvimos a la nave. Durante el trayecto en chalupa oí al Salamanquesa contradecir con firmeza al capitán y a aquél responder con irritación:

— De una cosa estoy seguro. Entre la cultura de un caballero inglés y estas estúpidas leyendas no hay ninguna relación posible. La única cosa que nos une a este mar es la riqueza que podamos conseguir para la mayor gloria de Inglaterra.

26 de septiembre de 2010

Matu-Maloa

EL CUENTO DEL MARINERO
(1ª parte)

[Del libro de Stefano Benni, Il bar sotto il mare, publicado en la
Editorial Universale Economica Feltrinelli]

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Pero el cachalote sólo respira una
séptima parte o el domingo de su vida.

(Hermann Melville)

Que tenga que beber agua salada durante mil años, no tocar más la madera de una nave y morir cayéndome de una mecedora si no es verdad lo que contaré, como es verdad que me llamo Jim Guinea.

Lo juro por el demonio: en cuarenta años de navegación nunca vi nada parecido a aquello que le sucedió al capitán Charlemont.

 

Hace años me encontraba en el puerto de Cape Heat, en África del Sur. Había vuelto de una travesía bastante agitada en un ballenero americano, el Holy Moses. Un año de tempestades, hombres caídos al mar y ballenas carroñeras como predicadores. Además, había perdido una oreja discutiendo a navajazos con un contramaestre. Así que me fui a casa de un chino que controlaba todo el puerto y le pedí un embarque más tranquilo.

— Aquí tengo uno suave como la seda, Guinea —me dijo el chino riendo—, pero tendrás que comprarte ropa nueva.

Me lo explicó todo. La nave que partía era la Fidèle, una goleta nueva, lustrada a mano, una joyita de barco. Transportaba plantas raras y animales para los zoológicos. La comandaba un noble inglés, el capitán Charlemont. Un capitán extraño, según decía el chino. En cada viaje llevaba consigo un guardarropa completo. Su cabina era, según decían quienes la habían visto, más bella que aquella del almirante Queiray, con telas preciosas, cuadros de pintores famosos y dos estatuas de Neptuno en ébano de Polinesia, que formaban las columnas del baldaquino de la cama.

La nave estaba totalmente construida con maderas nobles y no tenía un solo bao, un solo clavo, un solo tubo que no estuviese resplandeciente. El cocinero era francés, los segundos oficiales estaban escogidos de entre los más nobles vástagos de la Marina Real, y la paga por marinero era de trescientas guineas por travesía, el doble de lo usual. Pero todo este lujo no era para cualquiera: el capitán quería marineros dignos de la Fidèle. Los quería altos, de porte fiero y elegante. Su tripulación debía parecer más un regimiento inglés que una de esas catervas de zafios tan comunes en los puertos tropicales.

— Por trescientas monedas —dije al chino— estoy dispuesto a dar clases de buenas maneras y a dormir junto a un barril de ron sin tocarlo.

Así que me fui a un barbero que me trasquiló la barba de seis meses, me até la coleta con una cinta amarilla y disimulé mi oreja mutilada bajo un gorro de lana. Aquella noche me topé con dos comerciantes franceses, y con la punta de la navaja en el cuello me hice prestar gentilmente los calzones de uno y la chaqueta del otro. Así que, sin haberme mirado en el espejo, la mañana siguiente caminaba hacia el muelle. Y debía estar realmente encantador, porque todos se daban codazos y se volvían a mirarme. Cuando arribé a la fila del embarque me llevé una gran sorpresa: justo delante de mí había dos ex compañeros del ballenero. Se llamaban Buck Shan y Víctor Fernández, y les aseguro que habrían podido desvalijar a alguien con sólo alzar la ceja, tal era la jeta que tenían.

También ellos habían tratado de mejorar su aspecto. Buck Shan, un negro de casi dos metros de alto, se había procurado un sombrero de copa gris y una hopalanda azul que le llegaba más o menos por la mitad del muslo. Fernández había robado unas botas militares y exhibía un chaleco de cuero con arabescos sobre una camisa que, en sus orígenes, debió haber sido de seda blanca. Fumaban satisfechos en pipa, y escupían al suelo como verdaderos caballeros. Apenas me vieron rompieron a reír, casi tanto como yo al verlos a ellos. ¡Chicos, qué no se hará por trescientas guineas!

Aguardamos un poco a que la fila avanzase, y por los rostros taciturnos que veíamos regresar comprendimos que el capitán era verdaderamente exigente. Llegó al fin nuestro turno y allí estaba el capitán Charlemont, entre English gentlemandos oficiales pequeñajos y relucientes y vestidos de raso brillante como colibríes. El capitán, en cambio, parecía una enorme foca, todo vestido de piel negra, con una pluma verde en el sombrero y guantes hasta los codos. Tenía el semblante blanco como un ahogado, enmarcado por largos cabellos rubios, un fino y cuidado bigote y una perilla de rizo que te daban ganas de colgar en ella la chaqueta. Parecía un cuadro de museo, igual que uno que vi una vez en Cuba. Escribía nuestro nombre haciendo ondear una pluma de oca sobre el libro de a bordo, y de cuando en cuando extraía tabaco de una tabaquera de ostra Katan. ¡Era todo un caballero inglés!

El primero de nosotros que acudió a Su Presencia fue Fernández.

— ¿Nombre? —preguntó el capitán.

— Victor Hemanuel Fernandez.

— Señor…

— Oh no, ojalá fuera un señor, soy apenas un pobre marinero…

Risitas de los oficiales colibríes.

— El capitán —explicó uno de ellos— quiere decir que se le debe llamar señor, alcornoque…

— A sus órdenes, señor alcornoque.

Fernandez no era un prodigio de buenas maneras pero era despierto. El capitán Charlemont lo examinó de arriba abajo, y luego preguntó:

— ¿Cuál ha sido tu último embarque, marinero?

— El Holy Moses, señor. Un ballenero, señor…

— ¿Y qué trabajo hacías?

— Yo corto, señor.

— ¿En qué sentido?

— En el sentido, señor, de que cuando la ballena es apresada y subida a bordo, señor, le clavamos una buena sierra en el agujero del culo, señor, y le sacamos el alma y las tripas, señor, hasta que acaba siendo toda aceite y filetes, señor.

Bello y colorido lenguaje el del caballero Fernández. Charlemont enarcó las bien diseñadas cejas y se puso a examinar al cortador.

— ¿No estarás tatuado, verdad? No quiero marineros decorados con obscenidades en mi tripulación…

— Oh no, señor; bueno, sólo algunas cosillas, señor.

— Desnúdate y déjame verlos.

Fernández se quitó la camisa con un suspiro. Sobre el tórax tenía una sirena con dos tetas de abordaje; en un brazo un dragón de tres cabezas por cada una de las cuales escupía palabrotas en chino malayo y malgache; en el otro brazo una sarta de Mary Ellens y Mary Anns, con corazones atravesados; y para acabar, más abajo, una ballena con el ojo en su ombligo.

— No embarca. Adelante, otro —dijo el capitán.

Fernández no se desanimó, le birló la tabaquera y desapareció.

He aquí al caballero Buck Shan.

— ¿Tu nombre?

— Buckingham Shan, señor.

— ¿Último barco?

— También el Holy Moses, señor.

— ¿Y qué hacías?

— Era el arponero. Cuando la ballena se ponía a tiro yo cumplía con mi deber, señor, y le metía mi arpón justo allí donde se me ordenaba, señor.

Cuando quería, Buck era un verdadero dandi.

— Y ¿qué otra cosa sabes hacer sobre un navío?

— Todo aquello que sepa hacer el diablo, señor, es decir, todo el trabajo pequeño y grande que me sea ordenado, señor; si se trata de lavar el puente pues muy bien, si se trata de subir a la cofa o de cocinar Buck no se echa atrás, si debo permanecer en el timón aquí me tiene, si me lo ordenan…

— Entiendo, entiendo —dijo Charlemont. Lo escuchamos susurrar al primer oficial: tiene un buen físico, bien vestido y peinado no quedará mal.

— Embarcas —dijo al fin Charlemont.

— Gracias, señor —dijo Buck, y pasando muy cerca de la fila me hizo un gesto de burla. Me tocaba.

— ¿Tu nombre, marinero?

— Jim Guinea, señor.

— Extraño nombre…

— Soy huérfano, señor… No he conocido ni a mi padre ni a mi madre… Pero nací en Guinea, y esto es todo lo que sé, señor.

— No pretendemos que los marineros sean vizcondes, pero al menos… Bah, veamos… ¿Tu último barco? No me digas que tú también…

— Acertó, señor.

— Apuesto a que también arponero… Bueno, no andaremos tras las ballenas en la Fidèle… Imagino que no sabrás hacer otra cosa que manejar ese chisme tuyo…

Risitas entre los petimetres. ¿Pero qué tipo de gente es ésta? Decido jugarme el todo por el todo.

— También entiendo de plantas y animales, señor capitán.

— ¿Lo dices en serio?

— Me crió un brujo de la tribu Anamande, que me enseñó todo lo que sabía…

— Bueno… esto cambiaría las cosas… pero no sé si creerte.

— La pluma que tiene en el sombrero es de un ororoko, señor… un ave que pone huevos cada siete años.

Charlemont y los petimetres se consultan y llegan a un acuerdo. ¡Contratado!

Bueno, son verdaderamente estúpidos. Uno no puede haber navegado las islas del Pacífico sin haber visto una pluma de ororoko. En cuanto a lo de los huevos cada siete años, bueno, probé y me fue bien. ¡Que el diablo me seque la lengua si sé cuántos huevos pone el maldito pájaro!

Partimos una mañana de junio. Estábamos formados en el puente. El capitán nos había hecho afeitar y peinar. Teníamos sombreros y botas nuevas y una chaqueta azul con la inscripción en oro “Fidèle”. Jamás había visto una porquería de ese género sobre una nave; sobre el muelle los marineros se retorcían de risa y nos lanzaban besos. ¡Qué vergüenza! Pero por trescientos pesos me visto hasta de salmonete.

6 de agosto de 2010

La coqueta

THE COQUETTE
Cuento incluido en Little Tales of Misogyny
PATRICIA HIGHSMITH

Hubo una vez una coqueta que tenía un pretendiente del que no se podía deshacer. Él tomó en serio sus promesas y confesiones, y no la dejaba. Incluso creyó sus insinuaciones. Esto la molestaba, porque entorpecía la posibilidad de nuevas relaciones ocasionales, con sus regalos, halagos, flores, cenas y todo eso.

Al final Yvonne insultó y mintió a su pretendiente Bertrand, y no se le entregó literalmente nunca... lo que era aún menos comparado con el nunca que ella se daba a sus otros amigos masculinos. Aun así, Bertrand no cejó en sus atenciones, porque consideraba el comportamiento de ella normal y femenino, un exceso de modestia. Ella incluso le largó un sermón, y por una vez en su vida dijo la verdad. Deshabituado como estaba a la verdad, presumiendo falsedad en una mujer bonita, él entendió sus palabras al contrario, y continuó con su baile de atenciones.

Multiple choice, Joyce BallantyneMultiple choice – Joyce Ballantyne

En su casa, Yvonne trató de envenenarlo usando arsénico en las copas de chocolate, pero él se recuperó y lo tomó como una prueba encantadora y enorme del temor de ella a perder su virginidad, aunque la había perdido a los diez años, cuando había dicho a su madre que fue violada. De esta manera Yvonne había enviado a prisión a un hombre de treinta años. Durante dos semanas había estado intentando seducirlo, diciendo que tenía quince años y que estaba loca por él. Fue un gran placer para ella arruinar la carrera del hombre, hacer infeliz y avergonzar a su mujer, y desconcertar a su hija de dieciocho años.

Otros hombres advirtieron a Bertrand. “Todos lo hemos conseguido”, dijeron, “incluso nos hemos ido a la cama con ella una o dos veces. Tú ni siquiera has tenido eso. ¡Y ella no vale la pena!”. Pero Bertrand pensó que, a los ojos de Yvonne, él era diferente, y aunque se daba cuenta de que su pertinacia se salía de lo común, la consideraba una virtud.

Yvonne azuzó a un nuevo pretendiente para que matara a Bertrand. Se ganó la lealtad del nuevo pretendiente prometiéndole que se casaría con él si eliminaba a Bertrand. Y dijo lo mismo a Bertrand respecto del otro hombre. El nuevo pretendiente desafió a Bertrand a un duelo, marró su primer disparo y entonces empezó a hablar con su pretendida víctima (la pistola de Bertrand se había negado en redondo a disparar). Descubrieron que ambos habían recibido promesas de matrimonio. Entretanto, ambos hombres le habían hecho regalos caros y le habían prestado dinero en pequeñas crisis durante los últimos meses.

Estaban resentidos, pero no se les ocurría ninguna idea para frenarla. Así que decidieron asesinarla. El nuevo pretendiente fue a verla y le dijo que había matado al estúpido y persistente Bertrand. Entonces Bertrand llamó a la puerta. Los dos hombres fingieron pelear. En realidad, empujaron a Yvonne entre ellos y la mataron de varios golpes en la cabeza. Su historia fue que ella intentó interferir y que recibió un golpe por accidente.

Dado que el juez del lugar también había sufrido en sus carnes la coquetería de Yvonne, y que los parroquianos se habían reído de él por ello, se mostró secretamente complacido de su muerte, y sin más dejó a los dos hombres libres. También fue suficientemente inteligente para saber que los dos hombres podrían no haberla matado si no se hubieran encaprichado con ella... un estado que inspiró su piedad, teniendo sesenta años como tenía.

Sólo la criada de Yvonne, que siempre había obtenido buenos sueldos y propinas, asistió a su funeral. Incluso la familia de Yvonne la detestaba.

9 de julio de 2010

El hombre impuntual


Mi vida es la historia de un hombre que no llegó nunca a tiempo a ningún sitio.

Cuando era pequeño, mi madre conseguía con gran esfuerzo que cogiese por las mañanas el tranvía número 3, que me llevaba al barrio de la escuela. Pero siempre ocurría algo que frustraba mis propósitos de puntualidad:

un perro rabioso me perseguía hasta el límite de las murallas antiguas

una avería general en el tendido eléctrico detenía a todos los tranvías de la ciudad durante tres horas

un muro derrumbado por la tormenta impedía mi paso cuando sólo me faltaban trescientos metros para alcanzar la verja de la escuela.

Nunca llegué a las citas concertadas con las chicas que me prometían su amor. Emocionado y nervioso, malgastaba el tiempo en escoger la ropa más adecuada para la excepcional ocasión:

no era capaz de decidirme por el pantalón azul con camiseta verde

o por el negro acompañado de camisa gris, con o sin chaqueta, con o sin corbata

o por el traje castaño, de pata de gallo, con chaleco de satén.

Perdí todos los trenes, todos los barcos, todos los aviones en los que algún día soñé con viajar lejos de los muros del tiempo.

Cuando llegaba a la estación, me desesperaba al atisbar el humo de mi tren trazando señales de despedida desde la última curva del camino de hierro.

Los barcos silbaban desde lo alto del arco del horizonte, burlándose de mí.

Los aviones escribían en el aire con gas de color rojo mi nombre de pasajero retrasado.

No llegué a tiempo a mi primera entrevista de trabajo. Ni a la segunda. Tampoco fui puntual en la tercera. Pendiente del reloj, caminaba a zancadas por la calle. Algunas veces me paralizaba la angustia de perder aquella irrepetible oportunidad.

De pronto, el escaparate de un bazar atraía mi atención. Y me quedaba atontado contemplando la alegría de los juguetes mecánicos en movimiento:

un carrusel de seis renos

dos hombres empujando de cada extremo una sierra de mano

una caja de música con una bailarina vestida de sedas azules girando y girando alrededor de su propio eje.

Giraba ella y giraban y giraban las agujas de mi reloj enloquecido. Cuando, por fin, lograba liberarme de la succión del doble remolino y me situaba frente a la puerta de la oficina, tropezaba con la sonrisa cínica de un hombre grande que ocupaba las escaleras de entrada y que, señalándome con el dedo, gritaba así:

- ¡El trabajo es para mí! ¡Usted llegó demasiado tarde!

Nunca llegué a tiempo de compartir con mis amigas y amigos las fiestas a las que fui invitado. Incluso perdí la ocasión de participar en la que organizaron para celebrar mi 30 cumpleaños.

Yo llegaba siempre cuando las botellas ya estaban vacías y en los platos apenas quedaban restos tristes del pastel machacado. Mis colegas abandonaban, satisfechos y cansados, el salón de la fiesta y no me reconocían. Nadie identificaba mi cara, deformada por la expresión absurda de quien nunca llega a tiempo a ningún sitio.

Perdí siempre el tiempo del que disponía, poco o mucho, para poder cumplir mis más modestos sueños:

ver zarpar una fragata con todas sus velas desplegadas

acomodarme en el patio de butacas del teatro para escuchar la obertura de un ópera magnífica

comprar el libro de mi poeta más querido, recién editado, que desapareció de todas las librerías antes de que pudiese hacerme con él.

Tampoco fui capaz de llegar a la cita decisiva con la curandera que había garantizado el remedio de mis desarreglos de impuntualidad— Esta vez procure usted ser puntual. Es la tercera casa, la de color amarillo, al principio de la sexta travesía, contando desde el puente viejo.

Recorrí travesías y callejas una y otra vez, distinguí nueve casas de color amarillo y me extravié por el laberinto de las calles hasta la primera luz del día. Borracho de cansancio y desesperación, caí sobre las vías del tren.

Aquel tren venía con retraso y no llegó a tiempo de destriparme. Harto de esperar, me levanté despacito y despacito regresé a mi casa. Desde entonces sé que nunca voy a llegar puntual al encuentro con mi propia muerte.

Tampoco llegaré a tiempo al final de este relato. Que acaba aquí, mientras yo continúo caminando muy despacio por las páginas blancas, sin prisa y sin tiempo, sin tiempo.

Xosé Mª Álvarez Cáccamo.

22 de junio de 2010

Pares y nones


Nuestra colaboradora especial y queridísima amiga, Ana Bande, nos ofrece las pautas para la correcta comprensión de este enigmático texto:
1. Lea el poema de la forma tradicional, o sea, un verso después de otro. Saboree las dulces y delicadas palabras de amor de George Sand a su amante Alfred Musset.
2. Lea ahora únicamente los versos impares y penetrará en el oscuro secreto que esconde:

Estoy realmente emocionada de decirle que he
entendido perfectamente la pasada noche que usted ha
tenido siempre unas ganas locas de que me hagan
bailar. Guardo el recuerdo de su
(el) amor y me gustaría que fuese
prueba de que yo pueda ser amada
por usted. Me complace mostrarle mi
afecto desinteresadamente y sin cál-
culo, y si usted quiere verme, también
desvelarle mi alma sin artificio,
totalmente desnuda, venga a hacerme una visita.
Charlaremos como amigos, francamente.
Le probaré que soy mujer
sincera, capaz de ofrecerle la ternura
más profunda y la más estrecha
amistad, en una palabra, la mejor prueba
que pudiera usted soñar ya que su
alma es libre. Piense que la soledad que me a-
poya es grande, dura y a menudo
difícil. Y mientras pienso en ello mi tristeza es
fuerte (gruesa). Acuda entonces aprisa y venga para
hacérmela olvidar por el amor en que quiero
meterme(la).
George Sand

3. Sonría, le estamos grabando: se ha saltado usted el paso 1, ¿eh?

20 de junio de 2010

Podría llamar a Kerouac



Podría llamar ahora

a Kerouac

porque entre los dos hay un río

de tristísimo otoño

pero

prefiero contemplar las criaturas preciosas

-ya sabéis: perlas, oro,

cuando no cristal luciente y mármol-

de Bembo*

y miro atentamente

lo más estéril

-gema, libro, lámpara-

que denote las propias

bases los pies de barro

de mi palabra

y augure hermosamante

cosa a cosa

la cosa formal

e inerte

en la que me voy erigiendo cuidadosa y artificiosamente

podría llamar ahora

a Kerouac

o a la juventud perdida

porque entre los dos transcurre el río

de la muerte.

Con pólvora y Magnolias. Xosé Luis Méndez Ferrín

*Pietro Bembo, humanista, erudito y traductor italiano.

10 de mayo de 2010

Oona, la alegre mujer de las cavernas

OONA, THE JOLLY CAVE WOMAN
Cuento incluido en Little Tales of Misogyny
PATRICIA HIGHSMITH

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Era un poco peluda, con un incisivo de menos, pero su atractivo sexual se podía percibir a una distancia de doscientas yardas o más, como si fuese un olor, y tal vez lo fuese. Era redonda, de vientre redondo, de hombros redondos, de caderas redondas, y siempre sonriente, siempre alegre. Y por eso les gustaba a todos los hombres. Siempre tenía algo cocinándose en una olla, sobre el fuego. Era corta de entendederas y nunca perdía los estribos. La habían aporreado tantas veces en la cabeza que la tenía completamente perdida. No era necesario aporrear a Oona para poseerla, pero ésa era la costumbre, y Oona apenas se molestaba en evitarlo y en protegerse.

Oona estaba continuamente preñada y nunca experimentó el inicio de la pubertad, puesto que su padre la poseyó desde los cinco años, y tras él sus hermanos. Su primer niño nació cuando ella tenía siete años. La molestaban incluso en los últimos momentos del embarazo, y los hombres esperaban con impaciencia la media hora que más o menos tardaba en dar a luz para lanzarse de nuevo sobre ella.

Curiosamente, Oona mantenía la natalidad de la tribu más o menos constante, e incluso tendía a disminuir la población, porque los hombres descuidaban a sus propias mujeres, o a veces caían muertos al luchar por ella.

Al final Oona fue asesinada por una mujer celosa cuyo marido no la había tocado durante meses. Este hombre fue el primero que se enamoró. Su nombre era Vipo. Sus amigos masculinos se habían reído de él por no poseer a otra mujer, o a la suya propia, en los momentos en que Oona no estaba disponible. Vipo había perdido un ojo luchando con sus rivales. Era un hombre de mediana estatura. Siempre había traído a Oona las mejores piezas que cazaba. Trabajó largo y duro para fabricar un adorno de pedernal, así que se convirtió en el primer artista de la tribu. Todos los demás usaban el pedernal para las puntas de flecha y los cuchillos. Había entregado a Oona el adorno para que se lo colgara del cuello con una tira de cuero.

Cuando la mujer de Vipo asesinó a Oona en un ataque de celos, Vipo asesinó a su mujer lleno de odio y cólera. Luego cantó una vigorosa y trágica canción. Continuó cantando como un loco, mientras las lágrimas corrían por sus pilosas mejillas. La tribu pensó en matarlo, porque estaba loco y era diferente de cualquier otro, y estaban asustados. Vipo dibujó imágenes de Oona en la arena húmeda cerca del mar, y luego unos retratos suyos en las piedras lisas de las montañas cercanas, retratos que podían verse desde lejos. Hizo una estatua de Oona en madera, y luego en piedra. A veces dormía con ellas. Con las torpes sílabas de su lenguaje compuso una frase que evocaba a Oona cada vez que la pronunciaba. No fue el único que aprendió y pronunció esta frase, ni el único que había conocido a Oona.

Vipo fue asesinado por una mujer celosa, cuyo marido no la había tocado durante meses. Su hombre había comprado una de las estatuas de Oona hechas por Vipo, por un precio formidable… un trozo enorme de cuero hecho de varias pieles de bisonte. Vipo construyó con él una hermosa casa resistente al agua, y le sobró suficiente para hacerse unos vestidos. Creó más frases sobre Oona. Algunos hombres lo admiraban, otros lo odiaban, y todas las mujeres lo odiaban porque él las miraba como si no las viera. Muchos hombres se sintieron tristes cuando Vipo murió.

Pero por lo general la gente se sintió liberada cuando Vipo se fue. Había sido un tipo extraño, que por las noches perturbaba el sueño de algunos.