"Si no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe al menos cosas dignas de ser leídas".
Giacomo Casanova

* *

18 de noviembre de 2011

Bar Sport (XII)


Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)
 

El abuelo del bar

El abuelo del bar, cuando entras, está siempre de espaldas.

Mira la televisión. Normalmente la televisión está apagada, pero él mira de todas formas y ríe.

Eso quiere decir que está completamente ido.

No importa.

El abuelo del bar lleva siempre chaqueta y corbata. La corbata es un poco vieja: con los años se ha puesto dura como el hielo debido a las manchas de salsa y toscano[1].

Cuando el abuelo camina, la corbata emite el típico sonido de hojalata.

Algún que otro abuelo, cuando lo asalta un malhechor, se quita la corbata del cuello y lo apuñala. Sólo atracan a los abuelos que llevan pajarita.

Dentro del abuelo está el toscano. Un toscano de abuelo es como un iceberg: la superficie visible es sólo un cuarto: el resto está dentro de la boca del abuelo.

A veces el abuelo fuma con la boca cerrada: la presencia del toscano se revela sólo por el pestazo.

Un toscano no se apaga nunca. Puede estar en el bolsillo incluso dos días. Cuando el abuelo lo saca del bolsillo, le da una chupada y se reenciende.

El abuelo del bar está lleno de ingenuidad y de catarro.

De vez en cuando, entre las mesas, se oye un rumor característico: KKKRRROOOAAARRRKKK. Es el gargajeo del abuelo.

En ese momento, los parroquianos más avispados se ponen a salvo detrás del mostrador, o sobre los árboles.

El gargajeo es como el trueno. Es una advertencia. Llegará el rayo: el escupitajo del abuelo. Cuatro abuelos gargajeando hacen más ruido que la salida del gran premio de Monza.

Pero esto no es nada.

El abuelo, después del gargajeo, mira alrededor. Mira dónde escupir. Después lanza. El dueño del bar llora.

A las cinco el abuelo enciende la televisión y mira la Tv para los niños. Le gusta muchísimo, aunque a menudo no entiende.

El resto, en realidad, lo odia. Todo. Del Carrusel[2] al Telediario.

El abuelo mira la televisión y profiere terribles amenazas. Insulta a los presentadores y grita a las locutoras de continuidad[3]. Algunas veces parece incluso que va a vomitar. Pero si la televisión se pone con rayas, enloquece.

Empieza a hablar de conjura. Se levanta. Gira todos los botones y termina casi siempre por desenchufarla con un pie. Muerde a cualquiera que intente acercarse al televisor. Sólo el electricista puede estar cerca. Le hace dos caricias, lo calma y arregla el televisor.

Entonces el abuelo vuelve a sentarse.

Y comienza a refunfuñar de nuevo.

El abuelo odia todas las discusiones de deporte. Cuando nota que se avecina una, eleva el volumen al máximo, y se pone a medio metro del aparato.

Si alguien le dice cualquier cosa, se finge sordo. En realidad, si alguien mastica chicle al fondo, él se gira y le manda parar.

El abuelo odia sobre todo dos cosas: los helados y a Merckx.

Los helados porque es muy goloso, pero no consigue nunca comer uno sin acabar con el palito en la mano y el resto precipitado en la bragueta. Asegura que las marcas no hacen helados, sino máquinas diabólicas para ensuciar a los abuelos.

Su sueño sería un helado que caminase solo hacia su boca.

Odia a Merckx porque no quiere que se lo compare con Pozzi. Apenas oye la palabra Merckx enseña los dientes en una mueca agresiva. Después dice: “¡Pero qué Merckx! En mis tiempos sí que había corredores”.


[1] Cigarro puro.
[2] Programa de televisión italiano que se emitió en la primera cadena de la RAI desde 1957 hasta 1977. El espacio se caracterizaba por la emisión de sketches protagonizados por actores o personajes animados que concluían con la promoción de un producto, y fue el primer espacio publicitario en la historia de la televisión italiana.
[3] Locutoras de televisión que presentaban los programas que iban a emitir a continuación.

8 de noviembre de 2011

Bar Sport (XI)

bartender
Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

Ceniciento

Érase una vez un bar como es debido.

En las mesas como es debido se sentaba gente como es debido, bebiendo enormes vasos de algo verde con una rodaja de naranja. Los rostros los tenían bronceados, las chaquetas les sentaban bien, había un buen perfume a loción de afeitar, sales de baño y carteras de piel de cocodrilo. Los camareros tenían la chaqueta blanca, patillas bien cortadas y una sonrisa luminosa, aunque manteniendo las distancias. Se llamaban Toni, Rufus y Luis.

La única nota discordante, en este bar como es debido, era un camarerito pequeño y modesto, que provenía de Trapani y se llamaba Antonio Ceniciento. Ceniciento no llevaba la chaqueta blanca, sólo un delantal mugriento con la inscripción Margarina Gradina, sandalias en los pies y en la cabeza un gorro de papel de estraza. Por su miserable aspecto, el dueño del bar, Ottavio, no quería que se mostrase ante los clientes. “Ceniciento”, le decía, “tú eres pinche. No puedes hacer de camarero, no tienes presencia. Pon los palillos en las aceitunas. Pon el salmón en los canapés. Desatasca el desagüe. Lava las cucharillas”, etcétera. Ceniciento, que era muy bueno, hacía todo lo que se le decía por 35.000 liras al mes, dos platos de pasta al día y un colchón detrás de las cajas de cerveza. Trabajaba contento y cantaba Core ingrato con una bonita voz de tenor, y al oírlo todos los gorriones y golondrinas volaban encantados y le dejaban una limosna.

Toni, Rufus y Luis le tomaban un poco el pelo, y se divertían salpicándolo con el sifón de selz y arrancándole el pelo de las cejas, que tenía negras y juntas, para cubrir los claros de sus propios bigotes. Pero Ceniciento se dejaba hacer. Es más, quería mucho a Toni, Rufus y Luis, porque eran elegantes y sabían llevar muchos vasos entre los dedos. Ah, cuánto hubiese deseado verter él también una coca-cola sin hacer tanta espuma en el vaso de aquel señor, y llevar una hermosa chaqueta blanca con el bolsillo lleno de tapones. Pero la voz de Ottavio lo despertaba de su sueño.

ratas Ceniciento tenía sólo tres amigos, con los que compartía el trastero de las cajas de cerveza. Dos eran ratoncitos, de esos que frecuentan los cubos de basura. Eran ratoncitos muy graciosos. Uno se llamaba Cavicchi, pesaba venticinco kilos y le echaba una mano en el trabajo pesado. El otro se llamaba Emanuele, era un ratón muy instruido y estudiaba para ser conejillo de indias y colocarse en la Facultad de Biología. Con ellos Ceniciento pasaba largas horas hablando de fútbol y de mujeres, con la cabeza dentro de un agujero en la pared.

El otro amigo de Ceniciento era el programa Tres-uno Tres-uno, que escuchaba todos los días en la radio y que lo conmovía hasta las lágrimas. Por la noche soñaba con Cavallina[1] que lo tenía sobre sus rodillas y le contaba bellísimas historias.

Un hermoso día, en el bar como es debido, se organizó un cóctel de esmoquin, con barbacoa, servicio de asado, perritos calientes, whisky and sour y después una escapada a la bolera. Estaba toda la crema de la ciudad, con una guinda en todo lo alto. La guinda era la princesa Sperelli, hija del Rey del acero y de la Reina del hierro, con un abuelo magnate del estaño, una hermana cuadrada como una caja fuerte y un hermano delgado como un clavo. La princesa Sperelli tenía dieciséis años, un rostro angélico y a sus espaldas una licenciatura en lengua y nueve abortos. Lo había tenido todo en la vida, pero se aburría. Los mejores partidos de la ciudad se postraban a sus pies, pero ella los rechazaba. En aquel cóctel la princesa elegiría al hombre de su vida. Por esto, toda la ciudad estaba en efervescencia, en sastrerías, peluquerías y saunas no cabía un alfiler, las lámparas de cuarzo zumbaban, los masajistas masajeaban y se repasaba el francés.

Así pues, aquella noche había una gran agitación en el bar como es debido. Ottavio brincaba aquí y allá repartiendo ceniceros, Toni se peinaba las patillas, Rufus se rizaba el bigote con el cuchillo de la mantequilla, Luis se abrillantaba la cabeza con gelatina de Mermelada de Sevilla[2]. Ceniciento espiaba los preparativos oculto por tres pisos de platos, mientras Cavicchi le pasaba el Vim. ¡Ah, suspiró, si pudiera servir las mesas!

“Te he escuchado”, gritó inmediatamente Ottavio. “¡Por lo que más quieras, no te dejes ver, qué imagen daré! ¡Métete dentro de la cámara frigorífica!” Y lo encerró tras los jamones. Ceniciento fue realmente bueno cuando escuchó el estruendo de las Honda que llegaban, las joyas que resplandoreaban, las rachas de Guerlain que llenaban el aire, y risotadas, y Quando calienta el sol[3]. Entonces una lágrima cayó sobre sus cejas congeladas, porque Ceniciento se había acostumbrado a llorar hacia arriba para no manchar el suelo.

Y he aquí que sucedió lo increíble. La radio se encendió sola, como por encanto, y la voz de Cavallina dijo:

“Se ha dirigido a nosotros un camarero de Trapani, Antonio Ceniciento. Es un caso muy humano. Ceniciento, ¿me escuchas?”.

“Sí, señor”, dijo Ceniciento, emocionado.

“Él, si no me equivoco, tiene un gran deseo. Servir las mesas en el cóctel Sperelli”.

“Sí, señor”.

“Tenemos aquí, en calidad de experto, al presidente de la Asociación Nacional de Camareros, Torelli. Le cedo el micrófono”.

“Me escucha, Ceniciento”, dijo el presidente.

“Sí, señor”.

“¿Dónde se encuentra ahora?”.

“En la cámara frigorífica”.

Navy_Sprite_Boy “Bien. Diga tres veces: todo va mejor con Coca-Cola, cierre los ojos y cuente hasta diez”.

“Sí, señor”.

Uno, dos, tres, cuatro…

“¿Ya, Ceniciento?”.

Ceniciento abrió los ojos y… ¡prodigio! A sus pies un esmoquin de raso azul, donado por los lectores del “Radiocorriere”, y Cavicchi y Emanuel transformados en conejillos pitilleras.

“Gracias, gracias, señor”, dijo Ceniciento. Pero la radio, siempre como por encanto, transmitía el boletín de las mareas.

El cóctel estaba en su apogeo, pero Ottavio no estaba contento. La princesa Sperelli no tomaba nada. En vano revoloteaban Luis, Rufus y Toni como mariposas alrededor de su mesa. La bella había comido apenas media aceituna, y de mala gana. Pidió un vaso de agua mineral, bebió un sorbo y dijo que tenía demasiado gas. Le trajeron otro, pero dijo que tenía poco gas. Ottavio lloraba desesperado.

Fue en aquel momento cuando, en el fondo de la sala, apareció Ceniciento, azul, lindo e impecable. Un murmullo recorrió la sala.

“¿Quién es ese maître?”, dijeron los señores como es debido en voz baja. “No lo habíamos visto”.

“¡Qué porte, qué estilo!”, dijeron las señoras como es debido. “Tiene que ser inglés”.

Ceniciento se acercó a la mesa de la Sperelli. En una mano tenía un simple vaso de agua y en la otra una copa llena de burbujas. “¿Cuántas cucharillas, mademoiselle?, preguntó Ceniciento. “Dos, gracias”, dijo la princesita iluminándose; y tragó el agua mineral bajo la mirada atónita de los presentes.

“Esto es servicio”, dijo el Rey del acero.

“Parbleu”, repitieron todos los presentes, muchos de ellos con la boca llena.

Poco después la princesita cogió una cuchara y, entre el estupor general, se puso a golpear el vaso gritando: “¡Camarero, camarero!”.

Ceniciento surgió de entre las mesas y dijo: “¿Qué desea?”.

schuman adentro3“Seis bocadillos de jamón York”, dijo la Sperelli.

“¡Pero qué ocurre! ¿Está loca?”, bufó el Rey del acero.

“Déjala, déjala”, dijo la Reina del hierro, que se las sabía todas.

A partir de ese momento, la princesa y Ceniciento fueron inseparables durante toda la noche. Él le cortó piña, la aconsejó con el champán, le quitó las manchas de una manga. Ella reía, bromeaba, bebía y comía como un búfalo. Al final, se la escuchó soltar un eructo y ordenar conejo en escabeche.

“¡Pero bueno!”, dijo el Rey del acero, “¡basta! ¡Valiente imagen estamos dando!”.

“Son unos chiquillos, son unos chiquillos”, dijo la Reina del hierro, que se las sabía todas.

“Quiero un cocido de alubias”, gritó la Sperelli en ese instante, entre la indignación general.

“Detente, detente”, dijo Ottavio, pero Ceniciento estaba ya en su puesto con un plato humeante.

“Alubias a medianoche”, observó la Reina del hierro. “Querida, ¿por qué no te controlas un poco…?”.

“¡Medianoche!”, dijo Ceniciento, y palideció. “¡Tengo que echar la quiniela!”. Se dio la vuelta y desapareció driblando las mesas como si fueran defensas “¡Camarero, el Parmigianino”, gritó la Sperelli. “¿Dónde va?”.

Pero Ceniciento pedaleaba ya a toda velocidad hacia el bar de la estación.

“¡Se ha ido!”, estalló en lágrimas la Sperelli, y le tiró el cocido a la cara al presidente del tribunal.

“Pero ¿quién es ese maître? ¿Por qué no le trae el Parmigianino a mi niña?”, dijo el Rey del acero.

“Porque el cocido de alubias necesita aceite”, dijo la Reina del hierro, que se las sabía todas.

Pero la princesita Sperelli lloraba y lloraba, y las lágrimas y el rimmel fluían por el suelo.

“¡Un millón para el que encuentre a ese maître!”, gritaba el Rey del acero. “¡Dos millones! ¡Tres millones! ¡Todas mis fundiciones!”.

“Qué escándalo”, decían los señores como es debido, “un maître que deja de servir, y nadie sabe quién es, ni de dónde viene”.

Entonces la Reina del hierro, que se las sabía todas, dijo: “¡Hay un pelo en el cocido!”.

“Es suyo, es suyo”, gritaron todos, “es del camarero misterioso”.

“Es un pelo increíblemente graso, retorcido, rizado y sucio”, dijo Alexander, el peluquero de divas. “Así sólo hay uno entre un millón”.

“Es mío, es mío”, dijeron Toni, Rufus y Luis, y fueron inmediatamente acusados de falsedad por muchos de los presentes.

El Rey del acero se fue al sindicato, consiguió una lista de camareros, repasó tres mil fichas, pero ninguno tenía el cabello del tipo que buscaba. Ceniciento, que por no haber cotizado no aparecía en la lista, habría así continuado lavando platos hasta su muerte, cantando Core ingrato y siendo forofo del Nápoles.

Pero el destino ayudó a los dos jóvenes. El Maserati de la Sperelli atropelló a Ceniciento mientras entregaba a domicilio un pastel. “¡Es él!”, gritó la Sperelli al verlo bajo las ruedas. Lo curó amorosamente, y luego lo contrató por 120.000 al mes más la Seguridad Social. Lo puso a trabajar con dos mayordomos somalíes, una nodriza friulana y un cocinero francés. Y juntos vivieron felices y contentos, Ceniciento aparte.


[1] Paolo Cavallina era el locutor del programa 3131.
[2] Mermelada de naranja amarga.
[3] Tal cual en el original.

24 de octubre de 2011

Bar Sport (X)


Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

El Chaval

El apoyo del dueño del bar es el Chaval, o el chico del bar, llamado también chico de los recados. El Chaval tiene una bonita cara rosácea bombardeada de granos y vive en simbiosis con su bicicleta, la bicicleta del Chaval.

Con ella el Chaval se lanza como un halcón sobre todos los sitios de la ciudad, adelanta a los autobuses en marcha, aterroriza a los perros y ahuyenta a los vigilantes. El Chaval, al andar en bicicleta, tiene una serie de reglas fijas:

a) Está totalmente prohibido poner las manos en el manillar. No sólo cuando se tienen las manos ocupadas con una bandeja de tazas, termos y panecillos, sino en cualquier otra ocasión.

b) La forma de pedalear del Chaval debe ser balanceante, o sea, la bicicleta debe oscilar de izquierda a derecha y viceversa, rozando el suelo, de modo que en un radio de veinte metros no se interpongan obstáculos vivientes.

c) Se cae siempre, y sólo sobre las rodillas, cualquiera que sea la dinámica del accidente. Esto crea la famosa rodilla de Chaval, uno de los problemas de la medicina moderna. Dicha rodilla consiste en un archipiélago de costras y costrones que se regenera constantemente.

d) Mientras pedalea, el Chaval canta.

e) El camino normal del Chaval está constituido por: aceras, portones, zaguanes, jardines, soportales. La carretera es evitada cuidadosamente, por peligrosa y porque las mujeres están cerradas dentro de los coches y se ven peor.

Todo esto lleva aparejado, naturalmente, que el Chaval sea odiado por vigilantes, peatones y hombres de bien.

¿Cómo se convierte uno en Chaval? Se convierte uno en Chaval porque no se tienen ganas de estudiar. Algunos dejan la escuela y hacen de vicedirector en la empresa del abuelo. Otros se dedican a hacer bolsos y cinturones. Otros incluso se hacen pasar un pequeño estipendio mensual, se inscriben en Arquitectura y se marchan al Gargano[1]. Otros, inexplicablemente, prefieren convertirse en Chaval. Hay quien habla de vocación, otros de razones sociales.

Sea como fuere, uno no se convierte en Chaval de un día para otro.

CÓMO SE CONVIERTE UNO EN CHAVAL

El pequeño Masotti, el primer día de escuela, no lloraba como hacía el resto de los niños. Comía membrillo y miraba alrededor. Lloraban, en cambio, los Masotti padres, porque era el día con el que soñaban desde hacía años. El pequeño Masotti fue colocado con otros muchos niños negros y otras muchas niñas blancas. El director, un hombre de mirada severa y maneras bruscas, los vio desfilar a todos por delante sin decir ni una palabra. Cuando pasó Masotti lo paró, y le dijo: “Tú, ajústate el nudo” e hizo el ademán de tocarlo. El pequeño Masotti sacó del mandilón negro una patita seca llena de guijarros de haberse caído de la bicicleta y golpeó al director en la entrepierna. Comenzó así la carrera escolar del pequeño Masotti.

El pequeño Masotti era hijo único de dos Masotti. Masotti padre era camionero y llevaba pescado congelado arriba y abajo por la autopista. Salmonetes japoneses, merluza de Hong Kong y un rodaballo de Cattolica haciendo guardia. Conducía toda la noche con la única compañía de un paquete de Nacionales y una foto en color de Ava Gardner, con un autógrafo falso hecho por su mujer. Nunca había tenido accidentes, si exceptuamos la destrucción de un Montagrill Pavesi en 1968 y una caída en el Po gracias a la cual los pescadores de la zona estuvieron pescando sepias durante muchos años. Ganaba lo necesario para no morir de hambre, pero soñaba para su hijo un futuro diferente.

Masotti madre hacía cortinas de flores con una máquina de coser a pedales, el casco en la cabeza y una camiseta del Legnano[2] para no estropear los vestidos. Las vendía a los asilos o a los camioneros amigos del marido, por lo que hacía también de decoradora. Cogía un viejo tres ejes y lo convertía en un chalet suizo, con jarroncitos de flores, fundas con conejitos, tapetitos y, a petición, una lamparita de noche en el retrovisor. También ella soñaba para su hijo un futuro diferente.

Se decidió que el pequeño Masotti se licenciaría y sería abogado. Fue educado con buenos cocidos y, por consejo de los amigos del bar, con juegos que desarrollaban la inteligencia, como la batalla naval y el mecano. Pero el pequeño Masotti no se reveló ni genial ni más adelantado de los de su edad. Sus acorazados se hundían como galletas, y la única cosa que consiguió hacer con el mecano fue un metro articulado de sastre. No leía a Kant, no tenía oído para la música, si se le ponía el lápiz en la mano dibujaba siempre la misma cosa, una patata, y después se dormía. Es todavía un niño, saldrá adelante, decían los Masotti padres, pero estaban un poco preocupados. Masotti padre lo atiborraba de fósforo, y de vez en cuando robaba algún que otro quintal de merluza congelada de la carga y obligaba a p. M. (pequeño Masotti) a comerlo a la merienda. P. M no protestaba, se metía el pescado en la boca y se iba a jugar debajo del camión.

El primer boletín de notas de Masotti estuvo lleno de 1, con un 3 en gimnasia. El maestro dijo que el chico, se veía a la legua, estaba desganado, no atendía, y pasaba el tiempo tallando con un cortaplumas. Ya había destrozado su pupitre esculpiéndole dos zuecos holandeses y un bate de béisbol, y tenía que apoyar los codos en la parte del compañero. Las astillas de madera constituían un peligro mortal para la clase, porque salían como proyectiles. Era capaz de hacer despegar, en un día, hasta doscientos aviones de papel, algunos de los cuales quedaban en el aire hasta diez minutos oscureciendo la visibilidad. Sus dictados pesaban como empanadillas fritas y rezumaban tinta y sudor. Las aes le ocupaban un folio y tenía que pararse desencajado a mitad de la curva.

Enseguida lo suspendieron.

Masotti padre, del cabreo, se marchó y anduvo de Bologna a Taranto en tres horas, de peaje a peaje, tanto fue así que el camión se recalentó y llegó a su destino con una gigantesca carga de fritura, cuyo olor apetitoso fue percibido en toda la ciudad de los dos mares[3]. La Masotti madre no dijo nada, continuó pedaleando en la máquina de coser, pero con el aire triste de quien no puede seguir en la subida al grupo de cabeza.

El p. M. tuvo que repetir con el profesor Manicardi, magnífico ejemplo de estudioso, que lo ató a la silla y le leyó durante nueve horas a Leopardi, todos los días, durante tres meses. El pequeño Masotti aprendió de memoria la mitad de El infinito, después se duchó y se olvidó de todo. Lo suspendieron también al año siguiente, y al siguiente.

Entonces Masotti padre le dijo que si no se ponía a estudiar no le daría de comer. El p. M. se dio por aludido. Todas las noches se oía su voz repetir: “Si un campesino tiene nueve manzanas y vende la mitad…” Estudió durante un mes, esparciendo grandes cantidades de manzanas sobre la mesa y contactando con todos los campesinos de la zona. Finalmente propuso como solución diez manzanas y media y un pagaré de melones en tres plazos. Lo volvieron a suspender.

Masotti padre se resignó. Envejecido y con los neumáticos deshinchados, sin fuerza siquiera para tocar el claxon, empezó a girar en redondo en la circunvalación sin querer ver a nadie. Los amigos le tiraban al vuelo bocadillos y periódicos por la ventanilla, y una vez al mes una prostituta ex trapecista de circo se lanzaba desde un Leoncino[4] en marcha para hacerle compañía. La Masotti madre, vieja y encanecida, había dejado de pedalear y entrenaba un equipo de monjas que hacían calzoncillos para presos. El pequeño Masotti, que tenía ya diecinueve años y pesaba alrededor de un quintal, iba a la escuela con su mandiloncito que le cubría hasta la mitad del tórax, y la cartera con el viejo lápiz de siempre, una especie de colilla invisible a simple vista, que tenía que llevar a afilar a un orfebre.

Fue adelante, hasta que el dinero se acabó. Un día el pequeño Masotti abrió la cartera y no encontró la merienda de siempre, un bocadillo con un mero. Aquella tarde no volvió a casa.

Al día siguiente, con las primeras luces del alba, se presentó en el bar.

Había nacido un Chaval.


[1] Macizo montañoso al este de Italia.
[2] Equipo de fútbol italiano.
[3] Taranto, ciudad que se encuentra entre el Adriático y el Mediterráneo.
[4] Pequeño camión.

1 de octubre de 2011

El niño robado, de W. B. Yeats

Best-Loved Yeats
Del libro Best-Loved Yeats
seleccionado por Mairéad Ashe Fitzgerald
The O’Brien Press, Dublin 2010

El niño robado
de William Butler Yeats

Donde en el lago se sumergen
los altos rocosos del bosque de Sleuth,
reposa una frondosa isla
donde las garzas aleteantes despiertan
a las soñolientas ratas de agua:
allí hemos ocultado nuestras cubas encantadas,
llenas de bayas
y de las más rojas cerezas robadas.
¡Márchate, oh niño humano!
a las aguas y a la tierra
de la mano de un hada,
pues el llanto llena el mundo más de lo que puedes entender.

Donde la onda de luz lunar enciende
las tenues arenas grises con su brillo,
lejos, en el lejano Rosses
toda la noche bailamos,
tejiendo antiguas danzas,
enlazando manos y enlazando miradas
hasta que la luna alza el vuelo;
de un lado a otro brincamos
y cazamos las vagas burbujas,
mientras lleno está el mundo de problemas
y ansioso está en su sueño.
¡Márchate, oh niño humano!
a las aguas y a la tierra
de la mano de un hada,
pues el llanto llena el mundo más de lo que puedes entender.

Donde el agua errante mana
desde las colinas sobre Glen-Car,
en las charcas entre la corriente
que apenas podrían bañar una estrella,
buscamos las adormiladas truchas
y susurrando en sus oídos
les cedemos inquietos sueños;
asomándonos dulcemente desde
helechos que dejan caer sus lágrimas
sobre los arroyos nuevos.
¡Márchate, oh niño humano!
a las aguas y a la tierra
de la mano de un hada,
pues el llanto llena el mundo más de lo que puedes entender.

Lejos se va con nosotros,
el de ojos solemnes:
nunca más oirá el mugido
de los terneros en la cálida ladera
ni la caldera en la hornilla
cantar paz dentro de su pecho,
ni verá la inquieta cola de los ratones
alrededor del arca de la harina de avena.
Porque se viene, el niño humano,
a las aguas y a la tierra
de la mano de un hada,
desde el mundo que lleno está de llanto más de lo que puede entender.

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The Stolen Child
by William Butler Yeats

Where dips the rocky highland
Of Sleuth Wood in the lake,
There lies a leafy island
Where flapping herons wake
The drowsy water-rats:
There we've hid our faery vats,
Full of berries
And of reddest stolen cherries.
Come away, O human child!
To the waters and the wild
With a faery, hand in hand,
For the world's more full of weeping than you can understand.

Where the wave of moonlight glosses
The dim grey sands with light,
Far off by furthest Rosses
We foot it all the night,
Weaving olden dances,
Mingling hands and mingling glances
Till the moon has taken flight;
To and fro we leap
And chase the frothy bubbles,
While the world is full of troubles
And is anxious in its sleep.
Come away, O human child!
To the waters and the wild
With a faery, hand in hand,
For the world's more full of weeping than you can understand.

Where the wandering water gushes
From the hills above Glen-Car,
In pools among the rushes
That scarce could bathe a star,
We seek for slumbering trout
And whispering in their ears
Give them unquiet dreams;
Leaning softly out
From ferns that drop their tears
Over the young streams.
Come away, O human child!
To the waters and the wild
With a faery, hand in hand,
For the world's more full of weeping than you can understand.

Away with us he's going,
The solemn-eyed:
He'll hear no more the lowing
Of the calves on the warm hillside
Or the kettle on the hob
Sing peace into his breast,
Or see the brown mice bob
Round and round the oatmeal-chest.
For he comes, the human child,
To the waters and the wild
With a faery, hand in hand,
From a world more full of weeping than he can understand.

23 de septiembre de 2011

Bar Sport (IX)

Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

El crío de los helados

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Este personaje, aparentemente inofensivo, es uno de los más temidos por los camareros. De metro y veinte de altura, con gafas y cara de chimpancé, está sin embargo dotado de una excepcional vitalidad. Aparece en el bar con la mirada perdida: se acerca al mostrador con cien liras en la mano y se agarra desesperadamente al borde. El camarero casi nunca lo ve y sigue sirviendo al resto de clientes. Si el niño es muy tímido espera hasta la hora de cerrar, y a veces el camarero lo encuentra, casi dormido, con las cien liras en la mano, justo cuando va a barrer el suelo. Si sólo es normalmente tímido, empieza a golpear con las cien liras sobre el mostrador con obsesionante regularidad. Si el camarero no lo advierte, entonces empieza a emitir voces como ehu, oah, oh. Al final se cabrea y se va de allí sin comprar el helado, profiriendo terribles amenazas. A menudo escribe frases anatómicas sobre el congelador.

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Si el niño es un niño listo, se va con rapidez al congelador de los helados, lo abre y mete la cabeza, los hombros y la mitad del cuerpo. Si el camarero no se da cuenta de ello a tiempo, el niño lo primero que hace es comerse todo el hielo. Luego aparta todos los helados para encontrar el suyo. Entonces el camarero le cae encima y tontamente le pregunta qué es lo que quiere. En este punto el niño le pedirá un helado de nombre absurdo, como Bananazo, Antártido, Naranjicrema, Baden-Baden, cuya existencia el camarero ignora. Éste busca entre todos los tipos de helado metiendo la cabeza en el congelador, y cada vez sale con un helado monstruoso lleno de colmenas y colores con forma de oveja o de ambulancia. El niño los observa serio uno por uno, y todas las veces dice: “Ése no es”. Terminado el examen, el camarero tiene una fiebre de caballo porque andar arriba y abajo por el congelador le ha provocado una bronconeumonía fulminante.

5386937591_593ef65c1a_o El camarero se desincrusta el hielo del pelo y mira con odio al niño, que dice: “Entonces quiero un cucurucho”. El niño pregunta por los veintisiete sabores de la carta, y escoge veinticinco. El camarero, ya en poder del enemigo, se deja guiar dócilmente y amontona más de medio metro de helado. Cuando se acaba el helado, el niño dice: “No ha puesto el turroncito al ron”, el camarero dice: “Sí”, el crío: “No”, y entonces no tiene más remedio que repasar la montaña de helados de principio a fin, darse cuenta de que el niño tenía razón y volver a ponerlo todo en su sitio.

En este momento el niño sale con siete mil liras de helado, poniendo en la mano del camarero cien liras pegajosas y sudadas, con pinta de falsas. Apenas sale del bar, el niño muerde el helado, que cae niño heladoal suelo con el ruido de un suicida que se tira de un tercero. El niño llora como un desesperado. El camarero también llora. Luego le vuelve a preparar otro helado.

El niño sale y se come el helado.

O el niño sale y se le vuelve a caer el helado.

Y así sucesivamente.

18 de septiembre de 2011

Bar Sport (VIII)

Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

Bovinelli-arreglatodo

bovinelli 2 En la tarjeta de visita está escrito Bovinelli-arreglatodo, y es verdad: Bovinelli sabe hacer de todo. La primera vez que se presentó en el bar, preguntó si alguien tenía zapatos para ponerles suelas nuevas, ruedas que vulcanizar o bicicletas que reparar.

“Claro que sí”, dijo el abogado Brega entre carcajadas, “y ¿qué más?”.

“Incluso jardines que cuidar, vino que trasegar o paredes que encalar”, dijo serio Bovinelli.

“Yo tengo el pelo un poco largo”, dijo Muzzi.

Esa misma tarde a las nueve sonó el timbre de la casa de Muzzi, y se presentó Bovinelli con una toalla y la maquinilla. Peló a Muzzi, arregló la muñeca de su hija que ya no decía mamá, le quitó las pulgas al perro y al salir le puso aceite a la cancela. Así empezó la carrera de Bovinelli.

Bovinelli andaba con una furgoneta de madera llena de herramientas: tenía de todo, desde el martillo a la escalera articulada. Empezaba desde el fondo de la calle, a las ocho de la mañana. Una casa cada vez. Nada era imposible para Bovinelli. Se bajaba, vestido con su mono azul, con el metro de madera en el bolsillo y un cigarrillo Nazionale en la boca. Escuchaba el problema, volvía a su furgoneta y regresaba con algún taladro increíble, o una tulipa, o una llave inglesa de locomotora, o una pieza del motor de un incinerador, y procedía. Cada intervención, doscientas liras, cualquiera que fuese la especialidad. Tenía dos manitas de cirujano: frente a ellas claudicaban los transistores y las calderas. Justo hasta el viernes por la tarde.

El viernes por la tarde, a las ocho en punto, Bovinelli aparcaba la furgoneta delante del bar, se quitaba el mono, se lavaba las manos en la fuente y luego se sentaba. A las ocho y doce minutos estaba ya tranquilamente borracho. En tres días, todo lo que había ganado en la semana se invertía en vino. Durante tres días no era posible comunicarse con él, ni hablarle. Todo lo más, se podía cantar con él. Cuando el bar cerraba, caminaba dando vueltas por la ciudad. Andaba toda la noche sonriendo satisfecho. El lunes por la mañana, a las ocho, perfectamente sobrio, reemprendía el trabajo.

Sucedió una vez que en sábado por la noche reventó el tubo del fregadero en casa de Lasagna. Lasagna, que se había ido a jugar al póker con su mujer y dos muertos[1], se encontró con el agua hasta la rodilla y los niños flotando agarrados a la mesita de noche. “Ayuda”, gritó, y despertó a todo el edificio. Comenzaron las escenas de pánico. Cuando la situación se despejó, Lasagna, en pijama por el corredor, dijo: “Llamad a Bovinelli”.

Bovinelli

Fueron en un instante al bar. Bovinelli estaba sentado en su rincón, ante un despliege de botellas vacías colocadas como bolos, y cantaba en voz baja el manisero.

“Bovinelli, hay una inundación”, dijo Ferrari tirándole de un brazo. “Tienes que venir enseguida”.

Bovinelli sonrió y lo invitó a beber.

“¡Bovinelli, los niños se ahogan! ¡El edificio está lleno de agua! ¡Los cimientos peligran!”, lo apremió Muzzi tirándole de la chaqueta.

“El doctor Bovinelli no está de servicio”, balbuceó Bovinelli, y volvió a beber.

Al final lo llevaron en brazos hasta el lugar del desastre. Un metro de agua por todos lados. Ya estaban allí los bomberos con un tubo de seis metros y la bomba de agua.

“Llega Bovinelli”, dijo el jefe de bomberos. Canceló las operaciones e hizo apartarse a todos.

Bovinelli soltó un eructo y se tendió en el suelo.

Lo levantaron, pero no quería saber nada. Dijo que estaba fuera de su horario. Entonces Lasagna tuvo una idea y dijo: “¡Bovinelli, al agua está llenando la bodega!”.

A Bovinelli se le encendió un fogonazo en el ojo apagado y dijo: “¿Entra agua en el vino?”.

“Sí”, dijeron todos.

“¿Se están mezclando?”.

“Sí, Bovinelli, como lo oyes”.

Entonces Bovinelli se levantó, hizo en zig-zag tres kilómetros y veinte metros hasta la furgoneta aparcada ante el bar, y volvió con un desatascador doble tamaño elefante.

“¿Qué haces” preguntó Lasagna.

“El beso de Bovinelli”, dijo él, se taponó la nariz con los dedos y desapareció bajo el agua manteniendo la respiración.

Pasaron diez minutos. Todos estaban muy preocupados cuando se oyó un plop gigantesco. El beso de Bovinelli, o sea la ventosa del desatascador que actuaba. El agua, como por encanto, desapareció, y se esfumó tranquilamente por la alcantarilla. Bovinelli la guiaba con grandes ademanes de la mano, como un guardia urbano.

“Bravo Bovinelli”, dijeron los presentes, apretándose a su alrededor.

“Lo he hecho sólo por el vino”, precisó él, y se volvió al bar, a continuar donde lo había dejado.


[1] Comparsas [N. del T.]

25 de agosto de 2011

Bar Sport (VII)

Bar Sport

Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

El cartel

El cartel de BAR SPORT era muy bonito, y el dueño del bar, Antonio el Onassis, había pagado por él sesenta mil liras en el lejano 65. Aquel día era lunes. El día anterior, el electricista había ido a Florencia en su Motom, a ver al equipo del Bolonia. En las rampas de Pian del Voglio una tormenta de nieve que caía horizontal. Después de varios kilómetros se le agarrotaron los brazos debido al frío. No quiso renunciar y siguió, tomando las curvas con el peso de la cabeza. Teniendo en cuenta que tenía una cabeza muy grande y equilibrada llegó bien hasta el kilómetro 86; después, en un túnel, chocó con la cabeza contra el muro y se cayó del viaducto. Oyó el partido por la radio en el hueco de un roble y después telefoneó a los bomberos. El lunes, sin embargo, tenía una fuerte migraña, y treinta y nueve de fiebre. En definitiva, a montar el cartel vino su hijo Amos, llamado el Alcornoque porque tenía la cabeza todavía más grande que el padre y con menos peso específico.
 
Alcornoque se manifestó y dijo: me ocupo yo. Parpadeó, cogió un destornillador y montó la letra B. De pronto el semáforo del cruce emitió un sonido continuado y voló en pedazos. En ese mismo tiempo saltó por los aires el televisor y la máquina del café comenzó a destellar en verde. Entonces Alcornoque cogió un cable y se lo metió en el bolsillo, después arrancó dos o tres resistencias y montó la A. Al mediodía había montado BAR entero; bajó de la escalera y fue a comer. Durante su ausencia la letra B comenzó a vibrar y después despegó en vertical dejando tras de sí una estela de neón azul. La A y la R, en cambio, se fundieron en un bloque de cierta belleza. Al mismo tiempo que esto sucedía los televisores del edificio comenzaron a cubrirse de abejas y a emitir lamentos. Alcornoque volvió y dijo que era un contacto. Subió a la escalera pero, abotargado después de la comida, cayó, llevándose detrás muchos metros de cable, tanto que el trolebús se encontró suspendido en el aire. A las cuatro y media montó BAR PSOTR, con tres letras intermitentes y dos fundidas. Además consiguió interceptar todas las comunicaciones de la policía y una conversación entre radioaficionados que se ponían de acuerdo para intercambiarse la mujer. A las siete había montado BRA SPORKT, y a pesar de que insistió en que la K no le quedaba mal, tuvo que desmontar todo. Hacia la noche montó un BAR SPORT que se iluminaba muy bien, pero telefonearon del Ayuntamiento porque las luces de la circunvalación estaban intermitentes desde hacía una hora, y se habían producido ya ochenta embotellamientos. Entonces Alcornoque arrancó otros tres cables y el cartel se apagó. En compensación se encendió una pila que tenía en el bolsillo. Finalmente a las tres el cartel estaba completo, sin efectos colaterales. Se fueron todos a dormir, y el cartel se apagó de nuevo. Y durante un mes se apagó regularmente a las siete y media, para reencenderse puntual al alba. Bovinelli-arreglatodo, implicado en una supervisión después de la marcha de Alcornoque, tuvo que rendirse; y todos los electricistas interesados dijeron que era un caso misterioso e inexplicable. Fue llamado incluso un electricista alemán de primera, Frannenberg, que se había ocupado de la iluminación del Reichstag, y estaba considerado un verdadero artista en el tema. Frannenberg estuvo tres días y tres noches en el nudo de cables e interruptores, examinándolo todo con un endoscopio. El cuarto día alzó la cabeza y dijo “Was is knupf”, que quería decir “Aquí hay un gran follón”, se limpió las manos en el mono y se fue, presentando una factura de ocho mil marcos.

Por consejo de su mujer, Antonio hizo venir entonces desde Tremoli a una bruja de los Abruzzos experta en rayas del televisor. La bruja pasó tres veces el pendulito sobre el cartel, bailó y después dijo que había que esperar hasta medianoche y rociar agua y aceite santo sobre el cartel, pero teniendo la precaución de dejar un camión rojo con plumas de búho y veinte tipos distintos de grano a cien pasos. A medianoche se roció el agua y todos quedaron contentos: milagrosamente el cartel se reencendió, mientras la bruja con el camión de grano enfilaba ya la autopista hacia Pescara.

El cartel funcionó un mes con el siguiente horario: de 5 a 7: BR SPT. La A y la OR se encendían a las siete y cuarto, cuando pasaba esto se apagaban las otras. Desde las 7 hasta las 8 quedaba encendida sólo la B; después dos horas de oscuridad total. Desde las 10, variaciones intermitentes de las dos R, en rosa y violeta. Desde las 11, todo encendido pero al revés. Después una hora de BAR ORT y, en las noches más cálidas, un documental sobre los castores.

Hasta que un día un cliente del bar se trajo a un primo siciliano, que se había convertido en millonario en América haciendo de pateador de electrodomésticos. El primo miró el cartel, se escupió en las manos y lanzó un enorme golpetazo contra la B: el cartel se encendió regularmente. Todo el bar estalló en un aplauso: se pasó el sombrero y se recogieron seis mil liras, que el siciliano rechazó desdeñosamente. Tres meses después llegó, en carta remitida por la Chicago Magic Kick, una factura de mil dólares.