"Si no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe al menos cosas dignas de ser leídas".
Giacomo Casanova

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10 de mayo de 2010

Oona, la alegre mujer de las cavernas

OONA, THE JOLLY CAVE WOMAN
Cuento incluido en Little Tales of Misogyny
PATRICIA HIGHSMITH

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Era un poco peluda, con un incisivo de menos, pero su atractivo sexual se podía percibir a una distancia de doscientas yardas o más, como si fuese un olor, y tal vez lo fuese. Era redonda, de vientre redondo, de hombros redondos, de caderas redondas, y siempre sonriente, siempre alegre. Y por eso les gustaba a todos los hombres. Siempre tenía algo cocinándose en una olla, sobre el fuego. Era corta de entendederas y nunca perdía los estribos. La habían aporreado tantas veces en la cabeza que la tenía completamente perdida. No era necesario aporrear a Oona para poseerla, pero ésa era la costumbre, y Oona apenas se molestaba en evitarlo y en protegerse.

Oona estaba continuamente preñada y nunca experimentó el inicio de la pubertad, puesto que su padre la poseyó desde los cinco años, y tras él sus hermanos. Su primer niño nació cuando ella tenía siete años. La molestaban incluso en los últimos momentos del embarazo, y los hombres esperaban con impaciencia la media hora que más o menos tardaba en dar a luz para lanzarse de nuevo sobre ella.

Curiosamente, Oona mantenía la natalidad de la tribu más o menos constante, e incluso tendía a disminuir la población, porque los hombres descuidaban a sus propias mujeres, o a veces caían muertos al luchar por ella.

Al final Oona fue asesinada por una mujer celosa cuyo marido no la había tocado durante meses. Este hombre fue el primero que se enamoró. Su nombre era Vipo. Sus amigos masculinos se habían reído de él por no poseer a otra mujer, o a la suya propia, en los momentos en que Oona no estaba disponible. Vipo había perdido un ojo luchando con sus rivales. Era un hombre de mediana estatura. Siempre había traído a Oona las mejores piezas que cazaba. Trabajó largo y duro para fabricar un adorno de pedernal, así que se convirtió en el primer artista de la tribu. Todos los demás usaban el pedernal para las puntas de flecha y los cuchillos. Había entregado a Oona el adorno para que se lo colgara del cuello con una tira de cuero.

Cuando la mujer de Vipo asesinó a Oona en un ataque de celos, Vipo asesinó a su mujer lleno de odio y cólera. Luego cantó una vigorosa y trágica canción. Continuó cantando como un loco, mientras las lágrimas corrían por sus pilosas mejillas. La tribu pensó en matarlo, porque estaba loco y era diferente de cualquier otro, y estaban asustados. Vipo dibujó imágenes de Oona en la arena húmeda cerca del mar, y luego unos retratos suyos en las piedras lisas de las montañas cercanas, retratos que podían verse desde lejos. Hizo una estatua de Oona en madera, y luego en piedra. A veces dormía con ellas. Con las torpes sílabas de su lenguaje compuso una frase que evocaba a Oona cada vez que la pronunciaba. No fue el único que aprendió y pronunció esta frase, ni el único que había conocido a Oona.

Vipo fue asesinado por una mujer celosa, cuyo marido no la había tocado durante meses. Su hombre había comprado una de las estatuas de Oona hechas por Vipo, por un precio formidable… un trozo enorme de cuero hecho de varias pieles de bisonte. Vipo construyó con él una hermosa casa resistente al agua, y le sobró suficiente para hacerse unos vestidos. Creó más frases sobre Oona. Algunos hombres lo admiraban, otros lo odiaban, y todas las mujeres lo odiaban porque él las miraba como si no las viera. Muchos hombres se sintieron tristes cuando Vipo murió.

Pero por lo general la gente se sintió liberada cuando Vipo se fue. Había sido un tipo extraño, que por las noches perturbaba el sueño de algunos.

16 de abril de 2010

La mano - Patricia Highsmith

THE HAND
Cuento incluido en Little Tales of Misogyny
PATRICIA HIGHSMITH

Un joven le pidió a un padre la mano de su hija, y la recibió en una caja… su mano izquierda.
El padre: «Pediste su mano y la tienes. Pero en mi opinión querías otras cosas y las tomaste».
El joven: «¿Qué quiere decir?».
Padre: «¿Qué crees tú que quiero decir? No puedes negar que soy más noble que tú, porque tomaste algo de mi familia sin pedirlo, mientras que, cuando me pediste la mano de mi hija, yo te la di».
En realidad el joven no había hecho nada innoble. El padre era simplemente un desconfiado y tenía una mente sucia. Legalmente el padre podía hacer al joven responsable del mantenimiento de su hija y lo exprimió financieramente. El joven no podía negar que tenía la mano de la hija… aunque ahora, desesperado, y tras besarla, la había enterrado. Pero es que ya tenía casi dos semanas.
El joven quería ver a la hija, e hizo un esfuerzo, pero estaba completamente acorralado por los insistentes comerciantes. La hija estaba firmando cheques con su mano derecha. En vez de desangrarse hasta morir, mejoró rápidamente.
El joven anunció en los periódicos que ella había abandonado el hogar. Pero tenía que probar que alguna vez había disfrutado de él. Ni siquiera aquello era ‘un matrimonio’ por el juzgado o por la iglesia. Y sin embargo no había dudas de que él tenía su mano, y había firmado un recibo cuando le trajeron el paquete.
«¿Su mano en qué?», preguntó el joven a la policía, desesperado y sin un solo penique. «Su mano está enterrada en mi jardín».
«¿Es que encima eres un criminal? ¿No sólo eres un desordenado en tu vida, sino que también eres un psicópata? ¿Por casualidad cortaste la mano de tu esposa?».
«No lo hice, y ni siquiera ella es mi esposa».
«¡Tiene su mano y aún así no es su esposa!», se burlaron los hombres de la ley. «¿Qué haremos con él? Es muy poco razonable, incluso puede que esté loco».
«Encerrémoslo en un manicomio. También está sin un duro, así que tendrá que ser una Institución del Estado».
Así que el joven fue encerrado, y una vez al mes la chica cuya mano había recibido venía a mirarlo a través de la alambrada, como una esposa consciente de sus deberes. Y como la mayoría de las esposas, no tenía nada que decir. Pero sonreía de una forma tan bonita. Ahora su trabajo proporcionaba una pequeña pensión que ella estaba percibiendo. Su muñón estaba oculto en un manguito. 
Debido a que, al verla, el joven se disgustó mucho con ella, fue colocado en una sala mucho más desagradable, privado de libros y de compañía, y se volvió realmente loco.




18 de marzo de 2010

El pornosábado del Splendor

Maciste
EL CUENTO DEL TERCER HOMBRE CON SOMBRERO
EL PORNOSÁBADO DEL SPLENDOR
[Del libro de Stefano Benni, Il bar sotto il mare, publicado en la
Editorial Universale Economica Feltrinelli]
And he’ll die without a wimper
like every heroes dream.
Just an angel with a bullet
and Cagney on the screen.

Y él morirá sin un gemido
como sueñan todos los héroes.
Sólo un ángel con una bala
y Cagney en la pantalla
(Tom Waits)

También soy de Sompazzo, un pueblo pequeño que en el pasado fue aún más pequeño. Yo era joven y los tiempos eran otros. Entonces en nuestro pueblo el súmmum de lo pecaminoso eran los calendarios de barberos y mecánicos. Algunos eran famosos, como el calendario de los neumáticos Fazioli, en el que Miss Enero llevaba un bikini de cadenas para la nieve y Miss Julio se bronceaba embadurnándose con aceite de frenos. Los niños íbamos por turno al taller para mirarlo, y era aquél un ensimismamiento propio del Louvre. Una vez que un representante trajo de Roma la famosa foto de Marilyn desnuda sobre el terciopelo, se perdieron en la zona seiscientas horas laborables, e hizo falta dividir la foto en cuatro para satisfacer la demanda.

Y todo continuó así hasta que no se abrió en Sompazzo el primer local verdaderamente moderno y sin prejuicios, el cine Splendor.

El exterior no era gran cosa: la entrada parecía una clínica dental, la taquilla era una mesa de cocina y el bar estaba siempre abierto, en el sentido de que si por la ventana pedían una cerveza, del bar de enfrente te la lanzaban al vuelo. El interior, obra del aparejador Portogalli, era por el contrario de un gusto exquisito. Además de las sillas de un delicado verde rana y del suelo de mármol, el techo era de una particular belleza. En él el aparejador, después de haber escuchado hablar de las “salas X”, había colgado veintiocho monstruosos globos púrpuras, uno al lado del otro en una estructura que imitaba la cadena molecular. Estos globos, sin embargo, no funcionaban nunca más de tres a la vez; es más, en casi todas las proyecciones un globo comenzaba a chisporrotear y crepitar ahogando el sonido, ante lo que la máscara gritaba “cuidado con la manzana”, y todos buscábamos refugio bajo los asientos. El globo se precipitaba explotando y la película podía continuar.

Hemos dicho “la máscara”[*]. El hecho es que el dueño del cine, habiéndose enterado de que todos los cines serios tienen una máscara, había vestido al hijo de doce años de Zorro. El Zorro ayudaba a la gente a encontrar su butaca y la invitaba a mantener puestos los zapatos, al menos en la primera parte.

La programación inicial del cine Splendor fue variada, teniendo que contentar un poco a todos. La primera cartelera estaba escrita enteramente a mano y, si no recuerdo mal, fue la siguiente:

Domingo – Película Breve encuentro con Trevor Ovard y Celia Yonson. Americano sentimental para todos.

Lunes – Misión desesperada – Con Gary Cooper – Acción bélica y bombardeos para los que no han tenido bastante.

Martes – Los siete samurais. Para personas de una cierta cultura.

Miércoles – Descanso.

Jueves – Bambi – de Walt Disney – Un cuento delicado para grandes y pequeños.

Viernes – Maciste contra el Minotauro – Con Maciste. Para todos los públicos.

Sábado – Juegos prohibidos de niñas bien – Adults Only — No permitida para menores de 16 años.

La aparición de la cartelera suscitó muchos y variados comentarios. Los beatos del pueblo dijeron que a estas alturas éramos una sucursal de Sodoma, a la que la mayor parte de nosotros situaba en la provincia de Parma. La propietaria del Bar, Rita, alias la Ritona, opinión-leader de las mujeres, objetó que “o se es como dios manda o se hacen juegos prohibidos”; ella no era moralista pero “le gustaba la precisión”.

Muchos preguntaron qué era Adults Only, y el dueño del cine respondió que era un director americano especializado en películas porno, y que su nombre figuraba en muchísimas cintas.

Dante, el comercial, discutió con el aparejador sobre los nombres en inglés, sobre todo de si Gary Cooper se pronuncia Cóper o Cúper.

— Ignorante —decía el aparejador—, ¿no sabe que la doble o se pronuncia “u”?

— ¿Ah sí? —respondía Dante— y ¿usted cómo dice, cooperativa o cuperativa?

Y se salió con la suya.

El debut con la película sentimental americana obtuvo un gran éxito, pero después de que intervinieran todas las viejitas medio sordas del pueblo; cada dos por tres se levantaba una y decía:

— No he entendido nada de lo que han dicho, dé marcha atrás, por favor.

Y el operador tenía que repetir la escena. Así Breve encuentro duró exactamente cinco horas y media.

También en Misión desesperada se produjeron algunos problemas. Debéis tener en cuenta que en aquel tiempo no era posible que ante la pantalla apareciese un avión sin que todos trataran de abatirlo con la boca. Por entonces los alborotadores más famosos del cine eran los tres hermanos Miti, los cuales eran capaces de emitir cualquier sonido, desde el de la cosechadora al del alacrán cebollero. Así que, apenas aparecía en la pantalla la escuadrilla japonesa, de la sala partía una contraofensiva que hacía temblar el techo y rompía cuatro globos.

Comenzaron a volar botellas y zapatos, y cuando apareció el almirante Yamamoto, en la última fila se levantó un tal Bigattone, ex partisano, y pegó un pistoletazo contra la pantalla. A la salida, a quien preguntaba cómo había acabado la película, todo el publico le respondía “No sé, pero ganamos nosotros”.

En la película del martes había un público variado: intelectuales de la zona y también muchos charcuteros y comerciantes, porque se había corrido la voz de que la película se llamaba “Los siete salamis”, vida, amor y muerte en el sórdido mundo del jamón.

Cuando Bigattone vio de nuevo a los japoneses se lamentó de que no lo hubieran avisado para llevar otra vez su escopeta. Inicialmente la división de la sala fue clara. De la fila de los charcuteros volaban pedorretas como estocadas, y de la de los intelectuales unos “¡Chitón!” rencorosos. Luego, poco a poco, el filme conquistó a todos. Acabó con el público en pie, revoleando las sillas y animando a Toshiro Mifune. Siguieron dos meses de japonesización de la zona. Cada vez que alguien iba a comprar cien gramos de mortadela los charcuteros exhibían el número de la espada con el berrido, y allí estaba aquél, Maramotti, que se cambió el nombre por Maremoto y obligó a la mujer a comer la polenta con palillos.

Descanso fue un gran éxito porque treinta pagaron la entrada y se metieron a dormir.

El jueves Bambi hizo sesenta espectadores y trescientos helados.

El viernes, para Maciste, estaba todo vendido. Alguno vino incluso vestido de Maciste, es decir, sin camiseta. Sudábamos como bestias, porque entonces se participaba realmente, y cada vez que Maciste levantaba la maza brotaba el grito “Dale con el as de bastos”, y cuando alzaba un peñasco media sala se ponía en pie, hinchaba el cuello y levantaba por solidaridad ya una silla, ya a su mujer. Al final de la primera parte muchos no lo hacían por problemas con la espalda, y aún quedaba enfrentarse al Minotauro.

La segunda parte se inició con la danza del vientre ejecutada por la bailarina sudamericana Chelo Alonso, diva tremendamente querida en nuestros pagos. La escena fue subrayada por los gritos de entusiasmo y el intento de imitarla por parte de las mujeres presentes, las cuales, sin embargo, teniendo un contorno bastante mayor que el de la diva, dejaron sin sentido a varios espectadores a base de culazos.

En la escena más importante, la entrada del Minotauro en la cueva, no se escuchaba volar una mosca. Cuando apareció el monstruo, sin embargo, hubo una cierta desilusión. Había quien decía que se parecía a la vaca de Alfredo, y quien que al mismo Alfredo. Ante todo no se estaba de acuerdo en la forma de eliminarlo. Algunos propusieron el caldo bordelés [**], otros un gran anzuelo con cebo de maíz. Cuando Maciste lo sacó fuera para darle de palos fue largamente silbado porque a una bestia no se la mata de esa forma.

La película acababa con Maciste alejándose a caballo, pronunciando la famosa frase: “Donde quiera que un fuerte pisotea a un débil, ahí está mi lugar”, que provocó diez minutos de aplausos y el famoso comentario de Bigattone: “Entonces tendrás que recorrer unos kilómetros, Maciste”.

Luego vino el funesto día: el pornosábado que cambió la historia de nuestro pueblo. Ya a las dos de la tarde una cincuentena de hombres se arremolinaba en los alrededores del cine donde se proyectaría Juegos prohibidos de niñas bien.

Algunos llevaban bufandas hasta la nariz, a pesar de estar mayo avanzado. La mitad de ellos fue capturada y reconducida a casa por sus consortes. A otros nueve les faltó coraje, y una vez que llegaron ante la caja cambiaron de idea y dijeron:

– ¿Por casualidad ha visto usted a Enea, que tenía una cita con él aquí enfrente? –y huían. De modo que, cuando Enea Baruzzi entró por primera vez en el cine, le preguntaron si no se avergonzaba de hacer esperar a todos aquellos amigos. Después que Enea hubo roto el hielo, entró un manojo de valientes: yo, Bigattone, Ettore, Dante, el fontanero Talpa, el aparejador Portogalli, los hermanos Miti, Spiedino, el abuelo Celso y, por último, la quiosquera Iris con su hijo Cesarino, porque estaba convencida de que darían otra vez Bambi y ninguno tuvo el valor de decirle la verdad.

Cayó la oscuridad sobre la sala, y desde la primera escena arreciaron las críticas del famoso dueto entre el fontanero y la camarera. El fontanero Talpa objetó que su colega en la película tenía una llave inglesa equivocada, pero fue abucheado. Todos nos pusimos en pie y empezamos a expresar nuestro parecer con resuellos y silbidos potentísimos. Enea lamentó que el intérprete masculino tapara continuamente a la intérprete femenina, y bramaba: “¡Fuera de ahí, déjanos ver!”. El abuelo Celso, que había visto el último muslo en 1936 y ni siquiera recordaba si era de pavo, se quedó con la boca abierta y las manos en los bolsillos todo aquel día y los dieciséis años siguientes. Dante el comercial se hacía pasar por experto y decía que en Roma cosas así se veían todas las noches por las calles. El aprieto mayor fue naturalmente para Iris, a la que Cesarino preguntaba sin parar si realmente estaba Bambi.

– Claro que sí –respondía la madre.

– Pero ¿dónde?

– Ahora sale.

La conmoción fue tan fuerte que Cesarino, todavía hoy, que tiene cuarenta años, cada vez que se mete en la cama con su mujer deja la puerta abierta porque dice que igual llega Bambi.

Acabó la primera parte, marcado por un intenso lanzamiento de cerveza desde la ventana del bar. Cuando comenzó la segunda parte, de dentro del cine surgieron gritos infrahumanos y aplausos. Se congregó alguna gente en la escalera y Ritona la camarera comentó que, por el follón que se estaba montando, debía ser una gran película. Y poco después ella y los otros cuatro amigos entraron dentro. Al instante, desde la ventana del cine hicieron señales a los otros para que vinieran rápido, porque aquello era cosa de otro mundo. Y entraron los viejos, e incluso las viejas y los niños, hasta que el notario y la sastra democristiana fueron a llamar al cura.

– ¡Don Calimero –gritaron–, Sodoma y Gomorra! Todo el pueblo está viendo la película pornográfica. ¡Han entrado incluso las mujeres y los menores!

Don Calimero se lanzó hacia el Splendor, y con horror escuchó, proveniente del interior, un follón de silbidos, aullidos y exclamaciones provocativas: “Dale, dale, dale que ya es tuya”.

– Dios mío, ¿en qué se ha convertido mi parroquia? –pensó, volvió corriendo a la iglesia, cogió el incensario más grande que tenía y se aprestó a desalojar la sala con gases lacrimógenos.

Apareció en la puerta del cine agitando el sagrado artefacto y gritando:

– ¡Puercos, me asombro de vosotros! ¡Fuera todos de aquí! No permitiré en mi parroquia esta innoble exhibición de glúteos y muslos y…

De pronto Don Calimero enmudeció, mirando a la pantalla. Del verde pasó al blanco, y después al rojo congestión. Una expresión de éxtasis se le pintó en el semblante. Luego, con toda la fuerza que tenía en la garganta rugió:

– ¡Ánimo Coppiiii!

Lo que ocurrió fue que, por equivocación, el operador había proyectado, en lugar de la segunda parte, el noticiero cinematográfico con la victoria de Coppi en el Giro de Italia. Tres veces lo hicimos proyectar, y seis veces la llegada al Stelvio.

Al día siguiente el comentario fue:

“Coppi es bestial. Piénsalo, en la primera parte folla una hora seguida, y luego se sube a la bicicleta y gana”.


[*] N. del T.: Juego de palabras intraducible. En italiano maschera significa acomodador, aunque también máscara, antifaz.
[**] N. del T.: El caldo bordelés es un producto que se usa para combatir el mildíu, enfermedad que afecta a la vid.

16 de marzo de 2010

El precio del amor

"Il faut oser dire n´importe quoi! La morale
est ailleurs que là où on l´imagine”.

Precios del amor 01 tape
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Precios del amor 03 tape
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Precios del amor
 
La traducción de este texto del original francés se debe a nuestra glaneuse personal, Ana Bande. Con ella abrimos de forma esplendorosa la sección de Colaboraciones en este blog traidor.

Aunque el texto original ha circulado durante mucho tiempo como veraz, en realidad se debe a la pluma de Renèe Dunan, que lo escribió en 1915 como una forma de transgresión deliberada ante las limitaciones ideológicas que coartaban la capacidad expresiva del lenguaje. Mujer subversiva, prolífica escritora, feminista y libertaria, frecuentó los ambientes dadaístas y surrealistas de principios del siglo XX y, sin duda alguna, merecerá una atención más detallada por nuestra parte en futuras entregas.

4 de marzo de 2010

Pompino rima con cappuccino


A Saverio Moneta, en cuarenta años de vida, nunca lo habían amado de aquel modo. Antes de Serena, el lider de las Belves sólo había tenido un par de aventuras durante los oscuros años como contable. Historias así, cosas de un par de semanas, en las que al estar con alguien pareces menos pringado a ojos de tus compañeros de escuela. Más que de noviazgos se trataba de asociaciones de mutuo socorro.
A Serena Mastrodoménico, en cambio, la había visto nada más empezar a trabajar en la mueblería. Tan morena y delgada le recordaba muchísimo a Laura Gemser, la actriz de Emmanuelle negra. Un tópico onanístico de su pubertad.
Estaba loco por Serena, pero no veía la manera de conseguirla. Él era el último de los contables y ella, la hija del jefe. Paseaba como una diosa en minifalda por los pasillos de la mueblería y Saverio soñaba con poder hablarle, invitarla a cenar al lago Bracciano. Ella, en cambio, no le dedicaba ni una mirada. Aunque le pasaba por delante todos los días, ni siquiera se había dado cuenta de su existencia. Y era lógico. ¿Por qué una mujer refinada y de mundo iba a interesarse en una nulidad como él? Uno que no tenía ni coche para ir a casa. ¿Uno que había perdido la vista leyendo tomos sobre el misterio de los Templarios y el triángulo de las Bermudas?
Una tarde Saverio estaba en la oficina repasando por enésima vez el balance semestral. Sus colegas se habían ido y estaba solo en la mueblería. Había comprado un trozo de pizza con setas y gambas y, de vez en cuando, le daba un mordisco, poniendo atención en no manchar los registros. Tenía los auriculares puestos y escuchaba a todo volumen La Cabalgata de las Valquirias
En un momento dado había elevado la vista. Del otro lado del pasillo, la puerta de la oficina de Egisto Matrodoménico estaba abierta y la habitación iluminada.
El viejo no podía ser. Había ido a la Feria del mueble rústico de Vercelli.
¿Se había colado un ladrón y no se había dado cuenta? Estaba a punto de llamar a los vigilantes cuando de la habitación salió Serena con un montón de bolsas en la mano. El corazón de Saverio Moneta explotó. Temblando se quitó los auriculares y levantó tímidamente una mano para saludar, pero ella ni siquiera respondió. Sin embargo después volvió sobre sus pasos e inclinó la cabeza para observarlo mejor.
– ¿Estás solo?
– Bah…, sí… –había conseguido decir, intentando mantenerse erguido en la silla.
Ella entró en la oficina de contabilidad y miró alrededor como controlando que verdaderamente no hubiese nadie. Saverio no la había visto nunca así de arreglada. Debía de haber ido a la peluquería y llevaba un chandalito rosa ceñido como una piel de serpiente, la cremallera bien abierta a la altura del escote y botas de piel blanca que le llegaban hasta la rodilla. De las orejas le colgaban dos aros de oro grandes como Cds.
– ¿Te aburres?
– No –respondió Saverio a bocajarro; después pensó que nadie en su sano juicio se divierte repasando los balances semestrales y corrigió.
– Un poco…, pero enseguida termino.
Ella se arregló los cabellos y le preguntó:
– ¿Te apetece un pompino?
A Saverio le pareció que le había preguntado si le apetecía un pompino. Pero debía de haber entendido mal. Debía de haberle preguntado si quería un cappuccino.
– La máquina está estropeada… Deberían arreglarla la semana que viene.
– Te he preguntado si te apetece un pompino.
Saverio no podía creer lo que oía.
Tal vez las setas de la pizza eran alucinógenas.
Seguía mirándola con la boca abierta como un idiota.
– ¿Entonces? –ella, masticando el chicle, repitió la pregunta como si le preguntase si quería un cappuccino.
– ¿Cómo?
– ¿Lo quieres o no? –Serena comezaba a hartarse.
– ¿Cómo? –la mente de Saverio estaba bloqueada.
– ¿No lo conoces? El pompino es una práctica sexual en la que yo te cojo el pene en la boca y te lo chupo.
¿Por qué le estaba haciendo esto? ¿Qué daño le había hecho él?
Era obvio. Se trataba de una trampa para poder acusarlo de acoso sexual como en las películas americanas.
– De acuerdo, comprendo –Serena pasó alrededor de la mesa, se agachó, se ajustó el cabello, se quitó de la boca el chicle y se lo dio.
– Sujétalo, por favor.
Saverio apretó el chicle entre los dedos, mientras la hija de su jefe, con la misma fría habilidad de una enfermera que levanta la ropa a un herido, le quitaba el cinturón y le desabotonaba la bragueta del pantalón.
– Podría gustarte.
Le bajó los calzoncillos y le observó el pene sin hacer comentarios. Después se lo sujetó con la mano derecha, lo sopesó y lo exprimió como se haría con la ubre de una vaca. Con la izquierda, en cambio, le había cogido el escroto y comenzó a hacer girar los testículos en la palma de la mano como si fuesen dos bolitas chinas antiestrés.
Saverio, con las piernas estiradas, apretaba los apoyabrazos de la silla con una expresión de miedo pintada en la cara. Era espectacular lo que estaba haciendo aquella mujer con su aparato reproductor.
Pero el espectáculo no había terminado todavía. Serena abrió la boca, con la lengua pequeña y puntiaguda se humedeció los labios y después se lo tragó todo, hasta las bolas. Saverio estaba tan aterrorizado que no sentía ni placer, aunque después bastó que se percatara de que Serena Mastrodoménico custodiaba en su boca toda su polla para arrancarle un orgasmo explosivo y embarazoso.
Ella se pasó el dorso de la mano por la boca, lo miró a los ojos y le preguntó con una vocecita satisfecha:
– Oye, mañana, ¿me acompañarías a Ikea?
Él respondió un único y simple “Sí”.
Aquél había sido el primer sí. El primero de una serie infinita.
Saverio Moneta, desde aquel día, de oscuro contable se transformó en sherpa durante las razzias que Serena ejecutaba en los centros comerciales, en chófer de su todoterreno, botones, mozo de cuerda, mensajero exprés, fontanero, reparador de antenas parabólicas, marido y padre de sus hijos.
Ah, aquél fue el primer y último pompino que recibió en diez años de convivencia con Serena.

El fragmento pretenece a la última obra de Niccoló Ammaniti, Che la festa cominci, publicada por Einaudi y de la que todavía no existe traducción al castellano.
Esperamos que disfruten ustedes de la primicia mundial que les ofrecemos en este blog traidor.

19 de febrero de 2010

Historia de Pronto Soccorso y Beauty Case


Stefano Benni. El bar submarino
HISTORIA DEL HOMBRE CON GAFAS NEGRAS

Cuando el juego se pone duro los duros comienzan a jugar.
John Belushi

Nuestro barrio está justo detrás de la estación. Un día un tren nos llevará lejos, o tal vez seremos nosotros los que nos llevemos al tren. Porque nuestro barrio se llama Manolenza, “entras con algo, sales sin ello”. ¿Sin qué? Sin radiocassette, sin cartera, sin dentadura postiza, sin pendientes, sin las gomas del coche. Incluso te roban la goma de mascar si no estás atento: hay niños que trabajan en pareja, uno te da una patada en los huevos, tú escupes el chicle y el otro lo coge al vuelo. Esto te dará  una idea.
En este barrio nacieron Pronto Soccorso (Primeros Auxilios) y Beauty Case (Neceser). Pronto Soccorso es un chavalillo de dieciséis años. Su padre es estilista de neumáticos; es decir, roba ruedas nuevas y las vende en lugar de las viejas. Su madre tiene una lechería, la lechería más pequeña del mundo. Prácticamente una nevera. Pronto fue concebido allí dentro, a diez bajo cero. Cuando nació, en vez de ponerlo en la cuna, lo metieron en el horno a descongelar.
Desde pequeño Pronto Soccorso tenía pasión por los motores. Cuando su padre lo llevaba con él al trabajo, es decir, a robar ruedas, lo colocaba dentro del capó del coche. Así, Pronto pasó gran parte de su infancia acostado en medio de pistones, de modo que para él la mecánica nunca tuvo secretos. Con seis años construyó él solo un triciclo accionado por una máquina de hacer batidos. Recorría 20 km con un litro de hielo picado: tuvo que desmontarla cuando su madre se dio cuenta de que se le jorobaba la leche.
Entonces robó la primera moto, una Guzzi Imperial Black Mammuth 6700. Para llegar a los pedales conducía aferrado al depósito como un koala a la madre: y la Guzzi parecía un vehículo fantasma  porque no se veía quién lo conducía.
Poco después Pronto construyó la primera moto trucada: la Lambroturbo. Era una lambretta normal y corriente pero con algunas modificaciones se ponía a doscientos sesenta. Fue entonces cuando empezamos a llamarlo Pronto Soccorso. En un año se empotró con la moto doscientas quince veces, siempre de manera diferente. Andaba sobre una sola rueda y la pinchaba; daba bandazos en las curvas, en las rectas, sobre grava, sobre mojado; se caía cuando estaba parado, se metía por en medio de los cortejos fúnebres, volaba desde los puentes, segaba los árboles. En el hospital, los médicos estaban tan habituados a verlo que, si una semana no aparecía, llamaban a casa para preguntar por él.
Pero Pronto era como un gato: caía, rebotaba y seguía adelante. Algunas veces, después de haberse caído, continuaba arrastrándose durante kilómetros: era una particularidad suya. Lo veíamos llegar rodando desde el fondo de la carretera hasta las mesas del bar.
-Me caí en Forlì –explicaba.
-Bah! Lo importante es llegar –le decía yo.

Beauty Case tenía quince años y era hija de una sastra y un ladrón de Tir. Su papá estaba en la cárcel porque había robado un camión de cerdos y lo habían apresado mientras intentaba venderlos casa por casa. Beauty Case trabajaba de aprendiza de peluquera y era un tesoro de muchacha. Se llamaba así porque era pequeña pequeña, pero no le faltaba de nada. Toda ella era un compendio de curvitas deliciosas y no había nadie en el barrio que no hubiese intentado molestarla, pero ella era tan pequeña que siempre conseguía escabullirse.
Fue una noche de principios de verano, cuando tras un prolongado letargo los dedos gordos del pie ven finalmente la luz fuera de las sandalias. Pronto Soccorso daba una vuelta lleno de tiritas y postillas sobre la Lambroturbo y un kilómetro más allá Beauty Case se comía un helado sentada en un banco.
Añado tres detalles:
Uno: en verano Beauty Case llevaba unas minifaldas que su mamá le hacía con las viejas corbatas de su papá. Con una corbata le hacía tres.
Dos: cuando Beauty se sentaba, cruzaba las piernas con un estilazo propio de una top model; las cruzaba de manera que una acariciaba a la otra y tenía unas piernas hermosísimas, con la rodilla desnuda y el zapato rosa con un pequeño taconcito que se te clavaba directamente en el corazón.
Tres: cuando Beauty lamía un helado, todo el barrio se paralizaba. ¿Os acordáis de la película de Blancanieves cuando ella canta en el bosque y se encuentra rodeada de conejitos, cervatillos, tórtolas y mosquitos que cantan con ella? Pues bien, la escena era la misma, con Beauty en el centro lamiendo su cucurucho de mil liras y a su alrededor niñitos, niñazos y viejorros moviendo la lengua a la vez, porque se les venían todos los pensamientos del mundo a la cabeza, desde los más castos hasta los más delictivos.
Decíamos, pues, que era una noche de principios de verano y los pajarillos estaban sobre los árboles en absoluto silencio porque con el estruendo que armaba la moto de Pronto, cantar era una tarea inútil. Se oyó de lejos la famosa acelerada en cuatro tiempos andante vivace y allegretto ahogado, y poco después Pronto llegó a la callecita de los jardines conduciendo sin manos y arrastrando un pie por el asfalto: de otra manera no resultaría lo bastante peligroso. Vió a Beauty e hizo una clavada histórica. La clavada en realidad no fue tal, porque, por principio, Pronto no frenaba nunca. La primera cosa que hacía cuando trucaba las motocicletas era quitarle los frenos. “Así no tengo la tentación” decía.
De modo que Pronto fue derechito al tobogán del parque, despegó hacia lo alto, rebotó en el toldo del bar, acabó en el primer piso de un apartamento, metió gas en el comedor, embistió el frigorífico, salió a la terraza, se desplomó hacia la callle, hizo carambola contra un contenedor de basura, desfondó la puerta de un coche aparcado, salió por la otra y se paró contra un plátano.
- ¿Te has hecho daño? – dijo Beauty.
No –respondió Pronto. - Todo calculado.
Beauty dijo “ah” con la lengua coloreada de helado de arándanos. Permanecieron mirándose unos instantes y luego Pronto dijo:
- Bonita  tu minifalda de lunares.
Y Beauty replicó:
- Bonitos tus pantalones de piel.
¿Qué pantalones?, estuvo a punto de preguntar el muchacho. Después se miró las piernas: estaban tan llenas de postillas, cicatrices y arañazos de rodar por el  asfalto que parecía que tuviese los pantalones de piel. Sin embargo, llevaba pantalones cortos.
-Son un modelo Calles de Fuego–dijo. - ¿Quieres dar una vuelta en moto?
Beauty engulló el helado de golpe, que fue su manera de decir sí. Mientras se subía a la moto, levantó la pierna en un gracioso giro interrumpiendo la paz de algunos vejestorios. Luego, se agarró con fuerza al pecho de Pronto y dijo:
-Pero ¿tú sabes conducir la moto?
Ante aquellas palabras Pronto esbozó una sonrisa de las que marcan época, dio varios acelerones y arrancó zigzagueando envuelto en una nube de humo. Quien lo vio, aquel día, dijo que se puso por lo menos a doscientos ochenta. ¡La fuerza del amor! Se oía el ruido de aquel tornado que pasaba y no se veía más que un relámpago de estrella fugaz. Pronto tomaba las curvas tan inclinado que en vez de preocuparse de los mosquitos que se estrellaban en su cara, debía estar atento a las lombrices. Y Beauty no tenía ni una pizca de miedo, en vez de eso gritaba de alegría. Fue entonces cuando él comprendió que era la mujer de su vida.
Cuando Pronto llegó a la casa de Beauty, levantó la moto y Beauty voló a través de la ventana cayendo, precisa, sobre el sofá de su salón. Cuando su madre se la encontró, le dijo:
-¿Dónde estabas, no te he oído entrar?
En ese mismo momento se escuchó el ruido de Pronto que se paraba contra el cierre metálico de un garaje. Se desencajó de la persiana; la moto había perdido una rueda y el depósito. Pequeñeces: se llenó la boca de gasolina y volvió a casa con una sola rueda y escupiendo de vez en cuando al carburador.
Se tumbó en la cama y declaró solemne a cuatro cucarachas.
-Estoy enamorado.
-¿De quién? –le preguntaron.
- De Beauty Case.
- Buen chochito –dijeron a coro las cucarachas, que por nuestra zona son así de expresivas.
La noche siguiente Pronto y Beauty Case salieron juntos de nuevo. Después de treinta segundos, Pronto le preguntó si podía besarla. Beauty se  tragó el helado.
Empezaron a besarse a las nueve y cuarto y, según algunos testigos, el primero en respirar fue Pronto a las dos de la mañana.
-Besas bien, ¿dónde has apr..  – quería decir, pero Beauty se le colgó de nuevo y no terminaron hasta las seis de la mañana.
Cuando regresó a casa y su madre le preguntó “¿Qué has hecho con ese chico de la moto?”, Beauty dijo: “Nada mamá, solo dos besos”.  Y la chica no mentía.
Así que el amor entre ellos dos iluminó nuestro barrio y nos sentíamos todos tan felices que ya casi ni robábamos.
En efecto, éramos todos ciudadanos modelo, o casi, hasta que un mal día llegó al barrio Joe Blocchetto (Joe Libretita), el as de los agentes de la Policía de Carretera. Llegó con su chupa de cuero negra, botas sadomaso y gafas oscuras. En el casco llevaba escrito: “Dios sabe lo que haces a cada hora, yo lo que haces en este momento”. Cualquier persona motorizada temblaba sólo con oír el nombre de Joe Blocchetto. No había medio de transporte que él no hubiese multado. Cuando pasaba por una calle donde había coches mal aparcados sacaba su cuadernillo y disparaba multas como una ametralladora. Todo el mundo, antes de aparcar, miraba si Joe Blocchetto andaba rondando. Si no estaba, daban marcha atrás y cuando miraban para delante ya tenían la multa en el parabrisas. Así golpeaba, rápido e invisible, Joe Blocchetto, el hombre que había multado a un tanque del ejército porque no llevaba cinturones de seguridad.
Joe llegó una tarde al barrio montado en su Mitsubishi Mustang blindada, una moto japonesa que se ponía a doscientos por hora. A su paso, los limpiaparabrisas de los coches se resquebrajaban de miedo y las ruedas se desinflaban. Aparcó delante del bar y entró. Se quitó lentamente los guantes mirándonos con aire de desafío. En el cinturón vimos los dos cuadernillos para las multas, calibre cincuentamil.
- ¿Alguno de vosotros –dijo- conoce a un tal Pronto Soccorso que se divierte corriendo por estos lugares?
Nadie contestó. En el silencio Blocchetto hizo rechinar las botas contra el pavimento y se paró detrás de un jugador de cartas.
-¿Usted es el señor Podda Angelo, propietario de un coche con matrícula CRT 567734?
- Sí –admitió el jugador de cartas.
-Hace tres años lo multé porque tenía las ruedas lisas. Le dije que, si no las cambiaba, la próxima vez le retiraba el carné.
Nada se escapaba a la memoria de Joe Blocchetto.
-Entonces –apremió el agente, implacable- ¿quiere decirme dónde puedo encontrar a Pronto Soccorso o vamos a echar un vistazo a su coche?
-Hablaré –dijo el jugador-. Pronto pasa todas las noches por el cruce de vía Bulganin con la cuarenta y dos.
Era la verdad. Después de recoger a Beauty, todas las noches Pronto atravesaba el enorme cruce. Pasaba con el semáforo en rojo a una velocidad aproximada de ciento cincuenta, con Beauty detrás ondeando como un pañuelito .
En ese cruce se apostó acechante Joe Blocchetto. Esconderse era su especialidad. Justo sobre el paso elevado del cruce había un gran anuncio publicitario de champán. El eslogan decía: “Sabor de pocos”. Era una foto de un grupo de aristócratas que paladeaban copas en un gran jardín. Al fondo, una villa del siglo XVII y más al fondo las fábricas humeantes y apestosas de Bazzocchi: aquello no estaba en la publicidad, era nuestro barrio. Apenas colgado, el cartel se ahumó debido a las miasmas industriales y los aristócratas estaban negros de polvo y tan intoxicados que parecían decir: menos mal que es un sabor de pocos.
Fijándose bien en la fotografía, detrás de los hombres de smoking y las señoras de largo, se podía ver más allá del buffet un rostro inconfundible con gafas oscuras. Era Joe Blocchetto, mimetizado.
Aquella noche, como todas las noches, Pronto Soccorso pasó bajo la ventana de Beauty y la llamó con un silbido. Beauty se lanzó por la ventana aterrizando sobre la moto. Eran ya habilísimos en esta maniobra. Cuando llegaron al cruce, el semáforo estaba rojo. Nada más verlo Pronto lanzó la moto a toda pastilla. En ese momento algo se movió en el cartel publicitario, y se pudo ver a Joe Blocchetto abrirse paso entre la gente con traje de noche, rebasar una bandeja llena de vasos y saltar a la carretera.
Faltaban menos de cien metros para el cruce. Pronto vio a Joe esperando y apuntándole con los dos cuadernillos y no dudó. Frenó con los pies haciendo girar la Lambroturbo sobre sí misma. Mientras la moto giraba vertiginosamente echando chispas, intentaba frenar con todo: con las manos, con el bolso de Beauty, con el culo, clavando un destornillador en el asfalto, con los dientes. Un espectáculo impresionante: el ruido era como el de una fresadora, volaban por el aire trozos de pavimento y despojos de la moto. Pero Pronto Soccorso era grande. Con un último bandazo se clavó en el asfalto y paró exactamente con la rueda encima del paso de peatones.
Joe Blocchetto tragó bilis y se acercó con lentitud. La moto echaba humo como una locomotora y los neumáticos estaban derretidos. Joe Blocchetto dio una vuelta alrededor y luego dijo:
- Las ruedas están un poco gastadas ¿no?
- Aquella moto las tiene más gastadas que las mías –dijo Pronto.
-¿Qué moto? –dijo Joe girándose. Cuando volvió la cabeza de nuevo, Pronto ya había montado dos ruedas nuevas.
Pero Blocchetto no se dio por vencido.
- En esta moto no se puede llevar pasajero.
- Y no llevo.
Era verdad. No había ni rastro de Beauty. Joe Blocchetto la buscó bajo el depósito pero no la encontró. Beauty se había metido en el tubo de escape. Pero no resistió el calor y después de un rato salió fuera medio asada.
Joe Blocchetto lanzó un grito de triunfo.
Doscientas mil liras de multa, más la retirada del carné, más la responsabilidad penal de llevar a una señorita menor de edad ¡Tus días de moto han terminado, Pronto Soccorso!
Desde el paso elevado donde observábamos la escena nos estremecimos. Pronto sin su moto era como una flor sin tierra. Se marchitaría y con él aquel amor del que todos nos orgullecíamos. ¿Qué podíamos hacer?
Joe ya había apoyado el bolígrafo sobre el cuadernillo fatal cuando oyó un ruido de claxon. Se giró y…
Toda la calle estaba llena de coches. Algunos estaban aparcados en dirección contraria, otros sobre la acera: había quien lo había puesto vertical apoyado contra un árbol, y quien sobre el techo de otro coche. Dos coches habían parado a modo de sandwich con la moto de Joe en medio, otro coche tenía dos ruedas en el aire sobre el puente con una nota que decía “Vuelvo enseguida”. Dos camioneros habían puesto sus remolques en forma de codo, bloqueando la salida de la autopista. Los viejos del barrio habían salido con bicicletas de antes de la guerra y unos pedaleaban sin manos,  otros con los pies sobre el manillar, otros en grupos piramidales de cinco: parecía el desfile de los carabineros. Completaban el cuadro una ancianita con una segadora  y seis gemelos en una bicicleta sin frenos.
Joe Blocchetto empezó a temblar como si tuviese la malaria. Estaba en áspera contradicción consigo mismo. De un lado estaba Pronto pillado in fraganti; del otro, la más espantosa serie de infracciones jamás vista en la historia. La mandíbula le iba arriba y abajo como un pistón.
En ese momento le pasó al lado un ciego montado en un Maserati robado, sin tubo de escape y dando unos acelerones le dijo:
- Eh! Señor agente ¿dónde puedo encontrar una carretera muy transitada para hacer dos bonitas curvas tumbado y a todo trapo?
Joe Blocchetto se llevó el silbato a la boca, pero no fue capaz de extraer ningún sonido. Cayó desplomado al suelo. Habíamos ganado.
A Joe Blocchetto lo dieron de alta en el manicomio y ahora dirige los coches de choque en un parque de atracciones .
Pronto y Beauty se casaron y montaron un taller.
Él truca los coches, ella los peina.
(Juego de palabras con "truca"/ trucar y "trucca"/ maquillar)