"Si no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe al menos cosas dignas de ser leídas".
Giacomo Casanova

* *

6 de agosto de 2010

La coqueta

THE COQUETTE
Cuento incluido en Little Tales of Misogyny
PATRICIA HIGHSMITH

Hubo una vez una coqueta que tenía un pretendiente del que no se podía deshacer. Él tomó en serio sus promesas y confesiones, y no la dejaba. Incluso creyó sus insinuaciones. Esto la molestaba, porque entorpecía la posibilidad de nuevas relaciones ocasionales, con sus regalos, halagos, flores, cenas y todo eso.

Al final Yvonne insultó y mintió a su pretendiente Bertrand, y no se le entregó literalmente nunca... lo que era aún menos comparado con el nunca que ella se daba a sus otros amigos masculinos. Aun así, Bertrand no cejó en sus atenciones, porque consideraba el comportamiento de ella normal y femenino, un exceso de modestia. Ella incluso le largó un sermón, y por una vez en su vida dijo la verdad. Deshabituado como estaba a la verdad, presumiendo falsedad en una mujer bonita, él entendió sus palabras al contrario, y continuó con su baile de atenciones.

Multiple choice, Joyce BallantyneMultiple choice – Joyce Ballantyne

En su casa, Yvonne trató de envenenarlo usando arsénico en las copas de chocolate, pero él se recuperó y lo tomó como una prueba encantadora y enorme del temor de ella a perder su virginidad, aunque la había perdido a los diez años, cuando había dicho a su madre que fue violada. De esta manera Yvonne había enviado a prisión a un hombre de treinta años. Durante dos semanas había estado intentando seducirlo, diciendo que tenía quince años y que estaba loca por él. Fue un gran placer para ella arruinar la carrera del hombre, hacer infeliz y avergonzar a su mujer, y desconcertar a su hija de dieciocho años.

Otros hombres advirtieron a Bertrand. “Todos lo hemos conseguido”, dijeron, “incluso nos hemos ido a la cama con ella una o dos veces. Tú ni siquiera has tenido eso. ¡Y ella no vale la pena!”. Pero Bertrand pensó que, a los ojos de Yvonne, él era diferente, y aunque se daba cuenta de que su pertinacia se salía de lo común, la consideraba una virtud.

Yvonne azuzó a un nuevo pretendiente para que matara a Bertrand. Se ganó la lealtad del nuevo pretendiente prometiéndole que se casaría con él si eliminaba a Bertrand. Y dijo lo mismo a Bertrand respecto del otro hombre. El nuevo pretendiente desafió a Bertrand a un duelo, marró su primer disparo y entonces empezó a hablar con su pretendida víctima (la pistola de Bertrand se había negado en redondo a disparar). Descubrieron que ambos habían recibido promesas de matrimonio. Entretanto, ambos hombres le habían hecho regalos caros y le habían prestado dinero en pequeñas crisis durante los últimos meses.

Estaban resentidos, pero no se les ocurría ninguna idea para frenarla. Así que decidieron asesinarla. El nuevo pretendiente fue a verla y le dijo que había matado al estúpido y persistente Bertrand. Entonces Bertrand llamó a la puerta. Los dos hombres fingieron pelear. En realidad, empujaron a Yvonne entre ellos y la mataron de varios golpes en la cabeza. Su historia fue que ella intentó interferir y que recibió un golpe por accidente.

Dado que el juez del lugar también había sufrido en sus carnes la coquetería de Yvonne, y que los parroquianos se habían reído de él por ello, se mostró secretamente complacido de su muerte, y sin más dejó a los dos hombres libres. También fue suficientemente inteligente para saber que los dos hombres podrían no haberla matado si no se hubieran encaprichado con ella... un estado que inspiró su piedad, teniendo sesenta años como tenía.

Sólo la criada de Yvonne, que siempre había obtenido buenos sueldos y propinas, asistió a su funeral. Incluso la familia de Yvonne la detestaba.

9 de julio de 2010

El hombre impuntual


Mi vida es la historia de un hombre que no llegó nunca a tiempo a ningún sitio.

Cuando era pequeño, mi madre conseguía con gran esfuerzo que cogiese por las mañanas el tranvía número 3, que me llevaba al barrio de la escuela. Pero siempre ocurría algo que frustraba mis propósitos de puntualidad:

un perro rabioso me perseguía hasta el límite de las murallas antiguas

una avería general en el tendido eléctrico detenía a todos los tranvías de la ciudad durante tres horas

un muro derrumbado por la tormenta impedía mi paso cuando sólo me faltaban trescientos metros para alcanzar la verja de la escuela.

Nunca llegué a las citas concertadas con las chicas que me prometían su amor. Emocionado y nervioso, malgastaba el tiempo en escoger la ropa más adecuada para la excepcional ocasión:

no era capaz de decidirme por el pantalón azul con camiseta verde

o por el negro acompañado de camisa gris, con o sin chaqueta, con o sin corbata

o por el traje castaño, de pata de gallo, con chaleco de satén.

Perdí todos los trenes, todos los barcos, todos los aviones en los que algún día soñé con viajar lejos de los muros del tiempo.

Cuando llegaba a la estación, me desesperaba al atisbar el humo de mi tren trazando señales de despedida desde la última curva del camino de hierro.

Los barcos silbaban desde lo alto del arco del horizonte, burlándose de mí.

Los aviones escribían en el aire con gas de color rojo mi nombre de pasajero retrasado.

No llegué a tiempo a mi primera entrevista de trabajo. Ni a la segunda. Tampoco fui puntual en la tercera. Pendiente del reloj, caminaba a zancadas por la calle. Algunas veces me paralizaba la angustia de perder aquella irrepetible oportunidad.

De pronto, el escaparate de un bazar atraía mi atención. Y me quedaba atontado contemplando la alegría de los juguetes mecánicos en movimiento:

un carrusel de seis renos

dos hombres empujando de cada extremo una sierra de mano

una caja de música con una bailarina vestida de sedas azules girando y girando alrededor de su propio eje.

Giraba ella y giraban y giraban las agujas de mi reloj enloquecido. Cuando, por fin, lograba liberarme de la succión del doble remolino y me situaba frente a la puerta de la oficina, tropezaba con la sonrisa cínica de un hombre grande que ocupaba las escaleras de entrada y que, señalándome con el dedo, gritaba así:

- ¡El trabajo es para mí! ¡Usted llegó demasiado tarde!

Nunca llegué a tiempo de compartir con mis amigas y amigos las fiestas a las que fui invitado. Incluso perdí la ocasión de participar en la que organizaron para celebrar mi 30 cumpleaños.

Yo llegaba siempre cuando las botellas ya estaban vacías y en los platos apenas quedaban restos tristes del pastel machacado. Mis colegas abandonaban, satisfechos y cansados, el salón de la fiesta y no me reconocían. Nadie identificaba mi cara, deformada por la expresión absurda de quien nunca llega a tiempo a ningún sitio.

Perdí siempre el tiempo del que disponía, poco o mucho, para poder cumplir mis más modestos sueños:

ver zarpar una fragata con todas sus velas desplegadas

acomodarme en el patio de butacas del teatro para escuchar la obertura de un ópera magnífica

comprar el libro de mi poeta más querido, recién editado, que desapareció de todas las librerías antes de que pudiese hacerme con él.

Tampoco fui capaz de llegar a la cita decisiva con la curandera que había garantizado el remedio de mis desarreglos de impuntualidad— Esta vez procure usted ser puntual. Es la tercera casa, la de color amarillo, al principio de la sexta travesía, contando desde el puente viejo.

Recorrí travesías y callejas una y otra vez, distinguí nueve casas de color amarillo y me extravié por el laberinto de las calles hasta la primera luz del día. Borracho de cansancio y desesperación, caí sobre las vías del tren.

Aquel tren venía con retraso y no llegó a tiempo de destriparme. Harto de esperar, me levanté despacito y despacito regresé a mi casa. Desde entonces sé que nunca voy a llegar puntual al encuentro con mi propia muerte.

Tampoco llegaré a tiempo al final de este relato. Que acaba aquí, mientras yo continúo caminando muy despacio por las páginas blancas, sin prisa y sin tiempo, sin tiempo.

Xosé Mª Álvarez Cáccamo.

22 de junio de 2010

Pares y nones


Nuestra colaboradora especial y queridísima amiga, Ana Bande, nos ofrece las pautas para la correcta comprensión de este enigmático texto:
1. Lea el poema de la forma tradicional, o sea, un verso después de otro. Saboree las dulces y delicadas palabras de amor de George Sand a su amante Alfred Musset.
2. Lea ahora únicamente los versos impares y penetrará en el oscuro secreto que esconde:

Estoy realmente emocionada de decirle que he
entendido perfectamente la pasada noche que usted ha
tenido siempre unas ganas locas de que me hagan
bailar. Guardo el recuerdo de su
(el) amor y me gustaría que fuese
prueba de que yo pueda ser amada
por usted. Me complace mostrarle mi
afecto desinteresadamente y sin cál-
culo, y si usted quiere verme, también
desvelarle mi alma sin artificio,
totalmente desnuda, venga a hacerme una visita.
Charlaremos como amigos, francamente.
Le probaré que soy mujer
sincera, capaz de ofrecerle la ternura
más profunda y la más estrecha
amistad, en una palabra, la mejor prueba
que pudiera usted soñar ya que su
alma es libre. Piense que la soledad que me a-
poya es grande, dura y a menudo
difícil. Y mientras pienso en ello mi tristeza es
fuerte (gruesa). Acuda entonces aprisa y venga para
hacérmela olvidar por el amor en que quiero
meterme(la).
George Sand

3. Sonría, le estamos grabando: se ha saltado usted el paso 1, ¿eh?

20 de junio de 2010

Podría llamar a Kerouac



Podría llamar ahora

a Kerouac

porque entre los dos hay un río

de tristísimo otoño

pero

prefiero contemplar las criaturas preciosas

-ya sabéis: perlas, oro,

cuando no cristal luciente y mármol-

de Bembo*

y miro atentamente

lo más estéril

-gema, libro, lámpara-

que denote las propias

bases los pies de barro

de mi palabra

y augure hermosamante

cosa a cosa

la cosa formal

e inerte

en la que me voy erigiendo cuidadosa y artificiosamente

podría llamar ahora

a Kerouac

o a la juventud perdida

porque entre los dos transcurre el río

de la muerte.

Con pólvora y Magnolias. Xosé Luis Méndez Ferrín

*Pietro Bembo, humanista, erudito y traductor italiano.

10 de mayo de 2010

Oona, la alegre mujer de las cavernas

OONA, THE JOLLY CAVE WOMAN
Cuento incluido en Little Tales of Misogyny
PATRICIA HIGHSMITH

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Era un poco peluda, con un incisivo de menos, pero su atractivo sexual se podía percibir a una distancia de doscientas yardas o más, como si fuese un olor, y tal vez lo fuese. Era redonda, de vientre redondo, de hombros redondos, de caderas redondas, y siempre sonriente, siempre alegre. Y por eso les gustaba a todos los hombres. Siempre tenía algo cocinándose en una olla, sobre el fuego. Era corta de entendederas y nunca perdía los estribos. La habían aporreado tantas veces en la cabeza que la tenía completamente perdida. No era necesario aporrear a Oona para poseerla, pero ésa era la costumbre, y Oona apenas se molestaba en evitarlo y en protegerse.

Oona estaba continuamente preñada y nunca experimentó el inicio de la pubertad, puesto que su padre la poseyó desde los cinco años, y tras él sus hermanos. Su primer niño nació cuando ella tenía siete años. La molestaban incluso en los últimos momentos del embarazo, y los hombres esperaban con impaciencia la media hora que más o menos tardaba en dar a luz para lanzarse de nuevo sobre ella.

Curiosamente, Oona mantenía la natalidad de la tribu más o menos constante, e incluso tendía a disminuir la población, porque los hombres descuidaban a sus propias mujeres, o a veces caían muertos al luchar por ella.

Al final Oona fue asesinada por una mujer celosa cuyo marido no la había tocado durante meses. Este hombre fue el primero que se enamoró. Su nombre era Vipo. Sus amigos masculinos se habían reído de él por no poseer a otra mujer, o a la suya propia, en los momentos en que Oona no estaba disponible. Vipo había perdido un ojo luchando con sus rivales. Era un hombre de mediana estatura. Siempre había traído a Oona las mejores piezas que cazaba. Trabajó largo y duro para fabricar un adorno de pedernal, así que se convirtió en el primer artista de la tribu. Todos los demás usaban el pedernal para las puntas de flecha y los cuchillos. Había entregado a Oona el adorno para que se lo colgara del cuello con una tira de cuero.

Cuando la mujer de Vipo asesinó a Oona en un ataque de celos, Vipo asesinó a su mujer lleno de odio y cólera. Luego cantó una vigorosa y trágica canción. Continuó cantando como un loco, mientras las lágrimas corrían por sus pilosas mejillas. La tribu pensó en matarlo, porque estaba loco y era diferente de cualquier otro, y estaban asustados. Vipo dibujó imágenes de Oona en la arena húmeda cerca del mar, y luego unos retratos suyos en las piedras lisas de las montañas cercanas, retratos que podían verse desde lejos. Hizo una estatua de Oona en madera, y luego en piedra. A veces dormía con ellas. Con las torpes sílabas de su lenguaje compuso una frase que evocaba a Oona cada vez que la pronunciaba. No fue el único que aprendió y pronunció esta frase, ni el único que había conocido a Oona.

Vipo fue asesinado por una mujer celosa, cuyo marido no la había tocado durante meses. Su hombre había comprado una de las estatuas de Oona hechas por Vipo, por un precio formidable… un trozo enorme de cuero hecho de varias pieles de bisonte. Vipo construyó con él una hermosa casa resistente al agua, y le sobró suficiente para hacerse unos vestidos. Creó más frases sobre Oona. Algunos hombres lo admiraban, otros lo odiaban, y todas las mujeres lo odiaban porque él las miraba como si no las viera. Muchos hombres se sintieron tristes cuando Vipo murió.

Pero por lo general la gente se sintió liberada cuando Vipo se fue. Había sido un tipo extraño, que por las noches perturbaba el sueño de algunos.

16 de abril de 2010

La mano - Patricia Highsmith

THE HAND
Cuento incluido en Little Tales of Misogyny
PATRICIA HIGHSMITH

Un joven le pidió a un padre la mano de su hija, y la recibió en una caja… su mano izquierda.
El padre: «Pediste su mano y la tienes. Pero en mi opinión querías otras cosas y las tomaste».
El joven: «¿Qué quiere decir?».
Padre: «¿Qué crees tú que quiero decir? No puedes negar que soy más noble que tú, porque tomaste algo de mi familia sin pedirlo, mientras que, cuando me pediste la mano de mi hija, yo te la di».
En realidad el joven no había hecho nada innoble. El padre era simplemente un desconfiado y tenía una mente sucia. Legalmente el padre podía hacer al joven responsable del mantenimiento de su hija y lo exprimió financieramente. El joven no podía negar que tenía la mano de la hija… aunque ahora, desesperado, y tras besarla, la había enterrado. Pero es que ya tenía casi dos semanas.
El joven quería ver a la hija, e hizo un esfuerzo, pero estaba completamente acorralado por los insistentes comerciantes. La hija estaba firmando cheques con su mano derecha. En vez de desangrarse hasta morir, mejoró rápidamente.
El joven anunció en los periódicos que ella había abandonado el hogar. Pero tenía que probar que alguna vez había disfrutado de él. Ni siquiera aquello era ‘un matrimonio’ por el juzgado o por la iglesia. Y sin embargo no había dudas de que él tenía su mano, y había firmado un recibo cuando le trajeron el paquete.
«¿Su mano en qué?», preguntó el joven a la policía, desesperado y sin un solo penique. «Su mano está enterrada en mi jardín».
«¿Es que encima eres un criminal? ¿No sólo eres un desordenado en tu vida, sino que también eres un psicópata? ¿Por casualidad cortaste la mano de tu esposa?».
«No lo hice, y ni siquiera ella es mi esposa».
«¡Tiene su mano y aún así no es su esposa!», se burlaron los hombres de la ley. «¿Qué haremos con él? Es muy poco razonable, incluso puede que esté loco».
«Encerrémoslo en un manicomio. También está sin un duro, así que tendrá que ser una Institución del Estado».
Así que el joven fue encerrado, y una vez al mes la chica cuya mano había recibido venía a mirarlo a través de la alambrada, como una esposa consciente de sus deberes. Y como la mayoría de las esposas, no tenía nada que decir. Pero sonreía de una forma tan bonita. Ahora su trabajo proporcionaba una pequeña pensión que ella estaba percibiendo. Su muñón estaba oculto en un manguito. 
Debido a que, al verla, el joven se disgustó mucho con ella, fue colocado en una sala mucho más desagradable, privado de libros y de compañía, y se volvió realmente loco.




18 de marzo de 2010

El pornosábado del Splendor

Maciste
EL CUENTO DEL TERCER HOMBRE CON SOMBRERO
EL PORNOSÁBADO DEL SPLENDOR
[Del libro de Stefano Benni, Il bar sotto il mare, publicado en la
Editorial Universale Economica Feltrinelli]
And he’ll die without a wimper
like every heroes dream.
Just an angel with a bullet
and Cagney on the screen.

Y él morirá sin un gemido
como sueñan todos los héroes.
Sólo un ángel con una bala
y Cagney en la pantalla
(Tom Waits)

También soy de Sompazzo, un pueblo pequeño que en el pasado fue aún más pequeño. Yo era joven y los tiempos eran otros. Entonces en nuestro pueblo el súmmum de lo pecaminoso eran los calendarios de barberos y mecánicos. Algunos eran famosos, como el calendario de los neumáticos Fazioli, en el que Miss Enero llevaba un bikini de cadenas para la nieve y Miss Julio se bronceaba embadurnándose con aceite de frenos. Los niños íbamos por turno al taller para mirarlo, y era aquél un ensimismamiento propio del Louvre. Una vez que un representante trajo de Roma la famosa foto de Marilyn desnuda sobre el terciopelo, se perdieron en la zona seiscientas horas laborables, e hizo falta dividir la foto en cuatro para satisfacer la demanda.

Y todo continuó así hasta que no se abrió en Sompazzo el primer local verdaderamente moderno y sin prejuicios, el cine Splendor.

El exterior no era gran cosa: la entrada parecía una clínica dental, la taquilla era una mesa de cocina y el bar estaba siempre abierto, en el sentido de que si por la ventana pedían una cerveza, del bar de enfrente te la lanzaban al vuelo. El interior, obra del aparejador Portogalli, era por el contrario de un gusto exquisito. Además de las sillas de un delicado verde rana y del suelo de mármol, el techo era de una particular belleza. En él el aparejador, después de haber escuchado hablar de las “salas X”, había colgado veintiocho monstruosos globos púrpuras, uno al lado del otro en una estructura que imitaba la cadena molecular. Estos globos, sin embargo, no funcionaban nunca más de tres a la vez; es más, en casi todas las proyecciones un globo comenzaba a chisporrotear y crepitar ahogando el sonido, ante lo que la máscara gritaba “cuidado con la manzana”, y todos buscábamos refugio bajo los asientos. El globo se precipitaba explotando y la película podía continuar.

Hemos dicho “la máscara”[*]. El hecho es que el dueño del cine, habiéndose enterado de que todos los cines serios tienen una máscara, había vestido al hijo de doce años de Zorro. El Zorro ayudaba a la gente a encontrar su butaca y la invitaba a mantener puestos los zapatos, al menos en la primera parte.

La programación inicial del cine Splendor fue variada, teniendo que contentar un poco a todos. La primera cartelera estaba escrita enteramente a mano y, si no recuerdo mal, fue la siguiente:

Domingo – Película Breve encuentro con Trevor Ovard y Celia Yonson. Americano sentimental para todos.

Lunes – Misión desesperada – Con Gary Cooper – Acción bélica y bombardeos para los que no han tenido bastante.

Martes – Los siete samurais. Para personas de una cierta cultura.

Miércoles – Descanso.

Jueves – Bambi – de Walt Disney – Un cuento delicado para grandes y pequeños.

Viernes – Maciste contra el Minotauro – Con Maciste. Para todos los públicos.

Sábado – Juegos prohibidos de niñas bien – Adults Only — No permitida para menores de 16 años.

La aparición de la cartelera suscitó muchos y variados comentarios. Los beatos del pueblo dijeron que a estas alturas éramos una sucursal de Sodoma, a la que la mayor parte de nosotros situaba en la provincia de Parma. La propietaria del Bar, Rita, alias la Ritona, opinión-leader de las mujeres, objetó que “o se es como dios manda o se hacen juegos prohibidos”; ella no era moralista pero “le gustaba la precisión”.

Muchos preguntaron qué era Adults Only, y el dueño del cine respondió que era un director americano especializado en películas porno, y que su nombre figuraba en muchísimas cintas.

Dante, el comercial, discutió con el aparejador sobre los nombres en inglés, sobre todo de si Gary Cooper se pronuncia Cóper o Cúper.

— Ignorante —decía el aparejador—, ¿no sabe que la doble o se pronuncia “u”?

— ¿Ah sí? —respondía Dante— y ¿usted cómo dice, cooperativa o cuperativa?

Y se salió con la suya.

El debut con la película sentimental americana obtuvo un gran éxito, pero después de que intervinieran todas las viejitas medio sordas del pueblo; cada dos por tres se levantaba una y decía:

— No he entendido nada de lo que han dicho, dé marcha atrás, por favor.

Y el operador tenía que repetir la escena. Así Breve encuentro duró exactamente cinco horas y media.

También en Misión desesperada se produjeron algunos problemas. Debéis tener en cuenta que en aquel tiempo no era posible que ante la pantalla apareciese un avión sin que todos trataran de abatirlo con la boca. Por entonces los alborotadores más famosos del cine eran los tres hermanos Miti, los cuales eran capaces de emitir cualquier sonido, desde el de la cosechadora al del alacrán cebollero. Así que, apenas aparecía en la pantalla la escuadrilla japonesa, de la sala partía una contraofensiva que hacía temblar el techo y rompía cuatro globos.

Comenzaron a volar botellas y zapatos, y cuando apareció el almirante Yamamoto, en la última fila se levantó un tal Bigattone, ex partisano, y pegó un pistoletazo contra la pantalla. A la salida, a quien preguntaba cómo había acabado la película, todo el publico le respondía “No sé, pero ganamos nosotros”.

En la película del martes había un público variado: intelectuales de la zona y también muchos charcuteros y comerciantes, porque se había corrido la voz de que la película se llamaba “Los siete salamis”, vida, amor y muerte en el sórdido mundo del jamón.

Cuando Bigattone vio de nuevo a los japoneses se lamentó de que no lo hubieran avisado para llevar otra vez su escopeta. Inicialmente la división de la sala fue clara. De la fila de los charcuteros volaban pedorretas como estocadas, y de la de los intelectuales unos “¡Chitón!” rencorosos. Luego, poco a poco, el filme conquistó a todos. Acabó con el público en pie, revoleando las sillas y animando a Toshiro Mifune. Siguieron dos meses de japonesización de la zona. Cada vez que alguien iba a comprar cien gramos de mortadela los charcuteros exhibían el número de la espada con el berrido, y allí estaba aquél, Maramotti, que se cambió el nombre por Maremoto y obligó a la mujer a comer la polenta con palillos.

Descanso fue un gran éxito porque treinta pagaron la entrada y se metieron a dormir.

El jueves Bambi hizo sesenta espectadores y trescientos helados.

El viernes, para Maciste, estaba todo vendido. Alguno vino incluso vestido de Maciste, es decir, sin camiseta. Sudábamos como bestias, porque entonces se participaba realmente, y cada vez que Maciste levantaba la maza brotaba el grito “Dale con el as de bastos”, y cuando alzaba un peñasco media sala se ponía en pie, hinchaba el cuello y levantaba por solidaridad ya una silla, ya a su mujer. Al final de la primera parte muchos no lo hacían por problemas con la espalda, y aún quedaba enfrentarse al Minotauro.

La segunda parte se inició con la danza del vientre ejecutada por la bailarina sudamericana Chelo Alonso, diva tremendamente querida en nuestros pagos. La escena fue subrayada por los gritos de entusiasmo y el intento de imitarla por parte de las mujeres presentes, las cuales, sin embargo, teniendo un contorno bastante mayor que el de la diva, dejaron sin sentido a varios espectadores a base de culazos.

En la escena más importante, la entrada del Minotauro en la cueva, no se escuchaba volar una mosca. Cuando apareció el monstruo, sin embargo, hubo una cierta desilusión. Había quien decía que se parecía a la vaca de Alfredo, y quien que al mismo Alfredo. Ante todo no se estaba de acuerdo en la forma de eliminarlo. Algunos propusieron el caldo bordelés [**], otros un gran anzuelo con cebo de maíz. Cuando Maciste lo sacó fuera para darle de palos fue largamente silbado porque a una bestia no se la mata de esa forma.

La película acababa con Maciste alejándose a caballo, pronunciando la famosa frase: “Donde quiera que un fuerte pisotea a un débil, ahí está mi lugar”, que provocó diez minutos de aplausos y el famoso comentario de Bigattone: “Entonces tendrás que recorrer unos kilómetros, Maciste”.

Luego vino el funesto día: el pornosábado que cambió la historia de nuestro pueblo. Ya a las dos de la tarde una cincuentena de hombres se arremolinaba en los alrededores del cine donde se proyectaría Juegos prohibidos de niñas bien.

Algunos llevaban bufandas hasta la nariz, a pesar de estar mayo avanzado. La mitad de ellos fue capturada y reconducida a casa por sus consortes. A otros nueve les faltó coraje, y una vez que llegaron ante la caja cambiaron de idea y dijeron:

– ¿Por casualidad ha visto usted a Enea, que tenía una cita con él aquí enfrente? –y huían. De modo que, cuando Enea Baruzzi entró por primera vez en el cine, le preguntaron si no se avergonzaba de hacer esperar a todos aquellos amigos. Después que Enea hubo roto el hielo, entró un manojo de valientes: yo, Bigattone, Ettore, Dante, el fontanero Talpa, el aparejador Portogalli, los hermanos Miti, Spiedino, el abuelo Celso y, por último, la quiosquera Iris con su hijo Cesarino, porque estaba convencida de que darían otra vez Bambi y ninguno tuvo el valor de decirle la verdad.

Cayó la oscuridad sobre la sala, y desde la primera escena arreciaron las críticas del famoso dueto entre el fontanero y la camarera. El fontanero Talpa objetó que su colega en la película tenía una llave inglesa equivocada, pero fue abucheado. Todos nos pusimos en pie y empezamos a expresar nuestro parecer con resuellos y silbidos potentísimos. Enea lamentó que el intérprete masculino tapara continuamente a la intérprete femenina, y bramaba: “¡Fuera de ahí, déjanos ver!”. El abuelo Celso, que había visto el último muslo en 1936 y ni siquiera recordaba si era de pavo, se quedó con la boca abierta y las manos en los bolsillos todo aquel día y los dieciséis años siguientes. Dante el comercial se hacía pasar por experto y decía que en Roma cosas así se veían todas las noches por las calles. El aprieto mayor fue naturalmente para Iris, a la que Cesarino preguntaba sin parar si realmente estaba Bambi.

– Claro que sí –respondía la madre.

– Pero ¿dónde?

– Ahora sale.

La conmoción fue tan fuerte que Cesarino, todavía hoy, que tiene cuarenta años, cada vez que se mete en la cama con su mujer deja la puerta abierta porque dice que igual llega Bambi.

Acabó la primera parte, marcado por un intenso lanzamiento de cerveza desde la ventana del bar. Cuando comenzó la segunda parte, de dentro del cine surgieron gritos infrahumanos y aplausos. Se congregó alguna gente en la escalera y Ritona la camarera comentó que, por el follón que se estaba montando, debía ser una gran película. Y poco después ella y los otros cuatro amigos entraron dentro. Al instante, desde la ventana del cine hicieron señales a los otros para que vinieran rápido, porque aquello era cosa de otro mundo. Y entraron los viejos, e incluso las viejas y los niños, hasta que el notario y la sastra democristiana fueron a llamar al cura.

– ¡Don Calimero –gritaron–, Sodoma y Gomorra! Todo el pueblo está viendo la película pornográfica. ¡Han entrado incluso las mujeres y los menores!

Don Calimero se lanzó hacia el Splendor, y con horror escuchó, proveniente del interior, un follón de silbidos, aullidos y exclamaciones provocativas: “Dale, dale, dale que ya es tuya”.

– Dios mío, ¿en qué se ha convertido mi parroquia? –pensó, volvió corriendo a la iglesia, cogió el incensario más grande que tenía y se aprestó a desalojar la sala con gases lacrimógenos.

Apareció en la puerta del cine agitando el sagrado artefacto y gritando:

– ¡Puercos, me asombro de vosotros! ¡Fuera todos de aquí! No permitiré en mi parroquia esta innoble exhibición de glúteos y muslos y…

De pronto Don Calimero enmudeció, mirando a la pantalla. Del verde pasó al blanco, y después al rojo congestión. Una expresión de éxtasis se le pintó en el semblante. Luego, con toda la fuerza que tenía en la garganta rugió:

– ¡Ánimo Coppiiii!

Lo que ocurrió fue que, por equivocación, el operador había proyectado, en lugar de la segunda parte, el noticiero cinematográfico con la victoria de Coppi en el Giro de Italia. Tres veces lo hicimos proyectar, y seis veces la llegada al Stelvio.

Al día siguiente el comentario fue:

“Coppi es bestial. Piénsalo, en la primera parte folla una hora seguida, y luego se sube a la bicicleta y gana”.


[*] N. del T.: Juego de palabras intraducible. En italiano maschera significa acomodador, aunque también máscara, antifaz.
[**] N. del T.: El caldo bordelés es un producto que se usa para combatir el mildíu, enfermedad que afecta a la vid.