"Si no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe al menos cosas dignas de ser leídas".
Giacomo Casanova

* *

4 de marzo de 2010

Pompino rima con cappuccino


A Saverio Moneta, en cuarenta años de vida, nunca lo habían amado de aquel modo. Antes de Serena, el lider de las Belves sólo había tenido un par de aventuras durante los oscuros años como contable. Historias así, cosas de un par de semanas, en las que al estar con alguien pareces menos pringado a ojos de tus compañeros de escuela. Más que de noviazgos se trataba de asociaciones de mutuo socorro.
A Serena Mastrodoménico, en cambio, la había visto nada más empezar a trabajar en la mueblería. Tan morena y delgada le recordaba muchísimo a Laura Gemser, la actriz de Emmanuelle negra. Un tópico onanístico de su pubertad.
Estaba loco por Serena, pero no veía la manera de conseguirla. Él era el último de los contables y ella, la hija del jefe. Paseaba como una diosa en minifalda por los pasillos de la mueblería y Saverio soñaba con poder hablarle, invitarla a cenar al lago Bracciano. Ella, en cambio, no le dedicaba ni una mirada. Aunque le pasaba por delante todos los días, ni siquiera se había dado cuenta de su existencia. Y era lógico. ¿Por qué una mujer refinada y de mundo iba a interesarse en una nulidad como él? Uno que no tenía ni coche para ir a casa. ¿Uno que había perdido la vista leyendo tomos sobre el misterio de los Templarios y el triángulo de las Bermudas?
Una tarde Saverio estaba en la oficina repasando por enésima vez el balance semestral. Sus colegas se habían ido y estaba solo en la mueblería. Había comprado un trozo de pizza con setas y gambas y, de vez en cuando, le daba un mordisco, poniendo atención en no manchar los registros. Tenía los auriculares puestos y escuchaba a todo volumen La Cabalgata de las Valquirias
En un momento dado había elevado la vista. Del otro lado del pasillo, la puerta de la oficina de Egisto Matrodoménico estaba abierta y la habitación iluminada.
El viejo no podía ser. Había ido a la Feria del mueble rústico de Vercelli.
¿Se había colado un ladrón y no se había dado cuenta? Estaba a punto de llamar a los vigilantes cuando de la habitación salió Serena con un montón de bolsas en la mano. El corazón de Saverio Moneta explotó. Temblando se quitó los auriculares y levantó tímidamente una mano para saludar, pero ella ni siquiera respondió. Sin embargo después volvió sobre sus pasos e inclinó la cabeza para observarlo mejor.
– ¿Estás solo?
– Bah…, sí… –había conseguido decir, intentando mantenerse erguido en la silla.
Ella entró en la oficina de contabilidad y miró alrededor como controlando que verdaderamente no hubiese nadie. Saverio no la había visto nunca así de arreglada. Debía de haber ido a la peluquería y llevaba un chandalito rosa ceñido como una piel de serpiente, la cremallera bien abierta a la altura del escote y botas de piel blanca que le llegaban hasta la rodilla. De las orejas le colgaban dos aros de oro grandes como Cds.
– ¿Te aburres?
– No –respondió Saverio a bocajarro; después pensó que nadie en su sano juicio se divierte repasando los balances semestrales y corrigió.
– Un poco…, pero enseguida termino.
Ella se arregló los cabellos y le preguntó:
– ¿Te apetece un pompino?
A Saverio le pareció que le había preguntado si le apetecía un pompino. Pero debía de haber entendido mal. Debía de haberle preguntado si quería un cappuccino.
– La máquina está estropeada… Deberían arreglarla la semana que viene.
– Te he preguntado si te apetece un pompino.
Saverio no podía creer lo que oía.
Tal vez las setas de la pizza eran alucinógenas.
Seguía mirándola con la boca abierta como un idiota.
– ¿Entonces? –ella, masticando el chicle, repitió la pregunta como si le preguntase si quería un cappuccino.
– ¿Cómo?
– ¿Lo quieres o no? –Serena comezaba a hartarse.
– ¿Cómo? –la mente de Saverio estaba bloqueada.
– ¿No lo conoces? El pompino es una práctica sexual en la que yo te cojo el pene en la boca y te lo chupo.
¿Por qué le estaba haciendo esto? ¿Qué daño le había hecho él?
Era obvio. Se trataba de una trampa para poder acusarlo de acoso sexual como en las películas americanas.
– De acuerdo, comprendo –Serena pasó alrededor de la mesa, se agachó, se ajustó el cabello, se quitó de la boca el chicle y se lo dio.
– Sujétalo, por favor.
Saverio apretó el chicle entre los dedos, mientras la hija de su jefe, con la misma fría habilidad de una enfermera que levanta la ropa a un herido, le quitaba el cinturón y le desabotonaba la bragueta del pantalón.
– Podría gustarte.
Le bajó los calzoncillos y le observó el pene sin hacer comentarios. Después se lo sujetó con la mano derecha, lo sopesó y lo exprimió como se haría con la ubre de una vaca. Con la izquierda, en cambio, le había cogido el escroto y comenzó a hacer girar los testículos en la palma de la mano como si fuesen dos bolitas chinas antiestrés.
Saverio, con las piernas estiradas, apretaba los apoyabrazos de la silla con una expresión de miedo pintada en la cara. Era espectacular lo que estaba haciendo aquella mujer con su aparato reproductor.
Pero el espectáculo no había terminado todavía. Serena abrió la boca, con la lengua pequeña y puntiaguda se humedeció los labios y después se lo tragó todo, hasta las bolas. Saverio estaba tan aterrorizado que no sentía ni placer, aunque después bastó que se percatara de que Serena Mastrodoménico custodiaba en su boca toda su polla para arrancarle un orgasmo explosivo y embarazoso.
Ella se pasó el dorso de la mano por la boca, lo miró a los ojos y le preguntó con una vocecita satisfecha:
– Oye, mañana, ¿me acompañarías a Ikea?
Él respondió un único y simple “Sí”.
Aquél había sido el primer sí. El primero de una serie infinita.
Saverio Moneta, desde aquel día, de oscuro contable se transformó en sherpa durante las razzias que Serena ejecutaba en los centros comerciales, en chófer de su todoterreno, botones, mozo de cuerda, mensajero exprés, fontanero, reparador de antenas parabólicas, marido y padre de sus hijos.
Ah, aquél fue el primer y último pompino que recibió en diez años de convivencia con Serena.

El fragmento pretenece a la última obra de Niccoló Ammaniti, Che la festa cominci, publicada por Einaudi y de la que todavía no existe traducción al castellano.
Esperamos que disfruten ustedes de la primicia mundial que les ofrecemos en este blog traidor.

5 comentarios:

Sandro dijo...

Absolutamente maravilloso, no he podido resistir una carcajada al final. Cojonudo nunca mejor dicho.

Ana Bande dijo...

me partoooooooooooo....muy bueno Lu&John, y subiendoooooooooo! me estoy acordando de aquel Bartleby...¿continuaría con su "preferiría no hacerlo"?

Sean dijo...

Pobre mío, caro pompino, caro bambino..., vamos, de bambi a venao por el follaje. Qué bueno!!! Moraleja: la baba de los tíos es peligrosamente resbalosa, cuidaito pongamos en no pisarla.

Lula Fortune dijo...

Por lo menos aprendéis vocabulario, je, je.
Gracias a los tres por venir.
Un besazo.

Fernando dijo...

Qué castos y tiernos amores eternos.
Buenísimo.