"Si no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe al menos cosas dignas de ser leídas".
Giacomo Casanova

* *

22 de junio de 2011

Bar Sport (V)

Traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

El Técnico

El técnico de bar, más comunmente llamado “ténico” o incluso “profesor”, es la columna vertebral de cualquier discusión de bar. Es el alma, la sangre, el oxígeno. Se presenta en el bar diez minutos antes del horario de apertura: es el que ayuda al dueño a levantar el cierre. Su puesto está en el fondo de la barra, apoyado sobre un codo. Lo reconoceréis porque no se sienta nunca y lleva impermeable y sombrero incluso en verano. Desde su rincón el técnico observa y espera que dos personas del bar comiencen la charla. Apenas una de ellas abre la boca, él enciende un cigarrillo y cae como un ave rapaz sobre la discusión. Al acercarse, emite el sonido del técnico: “Mire, sabe lo que le digo”, y sacude la cabeza.

El técnico permanece en el bar toda la mañana: en los raros momentos de descanso entre una discusión y otra, estudia la “Gazzetta dello Sport”. En la pausa para la comida corre al buffet de la estación, que siempre está abierto, y se lo puede ver, con el periódico colgando del bolsillo, mientras aborda a los que vuelven del trabajo tratando de pegar la hebra hablando de Anastasi*. Normalmente come sólo aperitivos, aceitunas, patatas fritas y café, veinte normales y veinte descafeinados cada día. A veces va volando a casa y come invariablemente tortelloni, incluso los engulle diciendo: “Tengo prisa, tengo que ir a la oficina”. La oficina es el bar, donde el técnico reaparece a las dos menos diez para quedarse hasta la hora de cerrar. A medianoche, el técnico regresa al bar de la estación, donde espera el periódico hasta las cuatro, y acompaña a casa a todos los amigos para las últimas discusiones del día. Se va a la cama y habla en sueños recitando clasificaciones hasta las siete o siete y media.

Otra característica del técnico es la mirada: mira siempre con un ojo cerrado por el humo y con el otro abierto en una rendija, rojo como brasas y ligeramente lacrimoso, la cabeza inclinada hacia un lado. El busto está ligeramente inclinado hacia delante hasta abrazar al que escucha; la mano izquierda gesticula; con la derecha, sosteniendo el cigarrillo, el técnico os da continuamente pequeños empujones, o golpecitos en el esternón, u os acorrala contra el muro mientras habla.

¿De qué habla un técnico? De fútbol, de deporte en general, de política, de moral, de coches, de agricultura, de los precios de la fruta, de diabetes, de sexo, de tractores, de cine, de atascos, de espionaje. En una palabra, de todo. Cualquiera que sea el tema tratado, el técnico lo conoce por lo menos diez veces mejor que el ocasional interlocutor, es más, dirá, es una de las cosas que más le ha interesado desde niño. El verdadero técnico a menudo sustenta sus conocimientos con parentela. Por ejemplo: si se habla de comunismo, él tiene un cuñado que trabaja en Togliattigrado; si se habla de pesca submarina, tiene un hermano prometido desde hace seis años con un mero; si se habla de construcción, tiene un primo peón, y así siempre. Por otro lado, ha sido compañero de escuela de todos los ministros del arco constitucional, que a menudo le telefonean para desahogarse y hacerle confidencias.

¿Cómo habla el técnico? El técnico habla un italiano ligeramente modificado. Por poner un pequeño ejemplo, coloca una a delante de muchas palabras: arradio, agratis, me afalta. Usa generosamente la g: gangio, gabina. Cita continuamente del latín: sine qua non (estamos aquí, ¿no?) o fiat lux (fíate tú). Usa verbos con el subjuntivo táctico: si me lo dijieras antes, iría. Recompone palabras inglesas: croch (cross), frobil (football). Usa palabras acopladas, por ejemplo: Janich, el viejo baluastro de la defensa rojoazul (baluastro= baluarte + astro).

El técnico de fútbol vive en simbiosis con otro personaje, que es “el hombre del sombrero”. En todos los corrillos, de hecho, si observáis bien, mientras que en el centro se encuentra el técnico, ligeramente desplazado hacia la periferia hay un hombre con un sombrero calado sobre la nariz y los brazos a la espalda. Este segundo personaje parece sentirse obligado a intervenir con tremendas animaladas que hacen perder los estribos al técnico. Aunque invitado repetidas veces a ocupar el centro del corrillo por el técnico, prefiere colocarse a lo largo de la circunferencia hablando desde distintas posiciones, de manera que el técnico está obligado a contestarle girando en redondo.

Todos saben que el momento más importante para un técnico futbolístico de bar es cuando, el día antes de un partido de la selección, debe dar su alineación. El técnico, en este punto, reúne a una veintena de personas y empieza: “En la portería, seguramente, pondría a Zoff. Terzini, Rocca y Fedele”. Y explica el porqué de su elección: Zoff es un seguro. Rocca es mejor que Facchetti porque los ha visto a los dos en la televisión y Rocca le ha parecido más en forma. Y es que a Fedele lo ha visto en el campo, y corría y subía al ataque. En este punto el hombre del sombrero interviene y dice: “Pero qué dice. Si no se tenía en pie”. Entonces, el técnico cuenta, una por una, las ochenta acciones de Fedele en el partido anterior. Muy a menudo está preparado para la ocasión y trae consigo un cuaderno de notas. Después cita de memoria las crónicas de los cuatro periódicos deportivos. Pero hete ahí que el hombre con el sombrero, poniéndose a la derecha, dice desde el techo de un coche: “Fedele tiene menisco”. Todos entonces se vuelven alarmados hacia el técnico, para pedirle explicaciones. El técnico los calma con un gesto de la mano y repasa los últimos cuarenta casos de menisco del campeonato italiano. Explica brevemente en qué consiste la operación; es más, si alguno se presta, le corta un trozo del pantalón y lo opera sobre la acera con un cortaplumas, mostrando a los presentes la función de los ligamentos de la rótula. O bien extrae del coche un modelo anatómico de rodilla humana y lo ilustra. Así pues continua:

“Defensa Morini, líbero Burgnich, mediocentro izquierdo Re Cecconi. En la derecha Mazzola, extremos Benetti y Rivera, en la izquierda Riva, delantero centro Savoldi”.

El hombre con el sombrero aparece de una alcantarilla por la izquierda y dice. “¿Savoldi? ¿Estamos locos, Savoldi? “.

“¿Y por qué?” le preguntan.

“Porque tiene los pies pequeños”.

Entonces el técnico se vuelve de un color técnico iracundo, que es una bonita variante del rojo usada también para los trajes. Después comienza a gritar todos los números de zapatos de los delanteros centro italianos desde 1947, como un poseso: “Meazza 40, Piola 41, Charles 42, Pivatelli 40”, diciendo que el pie pequeño, a no ser que sea de cerdo, no constituye ningún hándicap. El hombre del sombrero rebate: “Sí, pero Savoldi tiene un 39”.

“¿Y usted cómo lo sabe?”

“Soy su zapatero”.

(No es verdad. Todos los hombres con sombrero son, además de incompetentes, malvados y mentirosos).

Entonces el técnico grita. “Usted es un técnico de serie C”, que en un bar es una ofensa casi mortal, y el hombre con el sombrero replica: “¡Son aquellos como usted los que mandan a la ruina a la selección!” y en cuestión de instantes se zurran. La gente los separa. El técnico se aleja con aire de superioridad. El hombre del sombrero, convertido en dueño del campo, declara que Italia no ganará jamás un campeonato mientras siga teniendo a Pelé en la portería. Lo cogen, lo vapulean, y lo largan con el camión de la basura.


*Anastasi: futbolista delantero centro de la Juventus y del Inter de Milán

25 de mayo de 2011

Bar Sport (IV)

traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni
(Feltrinelli, Milan, 1997)

Entretenimientos [y 2ª parte]

rifa Rifa  

Juego muy popular, especialmente en el Veneto. Se adquiere un número y se espera hasta que el primo del dueño gana el primer premio.

Los juegos de cartas

Los juegos de cartas son, naturalmente, tantos que aquí no podemos recordarlos todos. Los tres más populares son:

Los tres sietes. Se juega con diez cartas por cabeza. Durante la partida se puede decir “pido”, “arrastro”, “paso” o “ardo” si vuestro compañero deja caer el cigarrillo sobre un muslo. Está prohibido decir frases como “tengo el siete de bastos” o “me como una mierda”.

cartasLa brisca. Juego muy simple. El adversario echa sobre la mesa una carta, y vosotros debéis echarla aún más fuerte. Los buenos jugadores rompen de quince a veinte mesas por partida. Es oportuno, antes de echar la carta sobre la mesa, humedecerla con un poco de saliva. Las cartas adquieren así la característica forma de cucurucho, y la dureza de una piedra. En muchos bares, para barajar un mazo de cartas de la brisca, se usa una amasadora. Cuando la carta está suficientemente vieja, se pone muy dura y pesada, y si no estáis entrenados es oportuno jugar con guantes de electricista.

El póker. El póker se juega entre cuatro, o entre tres y el muerto, o incluso mejor, entre tres y el primo. Lo primero es repartir las cartas. El verdadero jugador realiza la operación en seis segundos con el pitillo en la boca. El aficionado permanece tres minutos con la lengua fuera. Al término de la operación casi siempre su compañero de la derecha grita que por qué ha recibido cuatro cartas y una colilla encendida, mientras el aficionado está fumándose el rey de diamantes. Además, es muy fácil que el aficionado reciba nueve cartas y que dos acaben sobre la lámpara. El aficionado no debe, en este punto, dejarse apresar por el pánico, y sobre todo no cometer ninguno de los siguientes errores:

1. Hacer montones y jueguecitos con las fichas, y preguntar a los otros: “¿Quién me da dos fichas rojas por dos fichas azules, que quiero hacer la bandera francesa?”.

2. Cuando se le pide que abra, no decir: “voy volando, es verdad que hay mucho humo”, y abrir de par en par la ventana.

3. Hacer el ruido del ciclomotor con el mazo de cartas durante el juego.

4. Pedir primero dos, luego tres, luego cuatro, luego… mejor dicho, no, cinco cartas y no acordarse de cuáles eran las viejas y cuáles las nuevas.

5. Cuando quedan sólo dos para disputar una apuesta grande, deslizarse hasta el hombro del otro y arrancarle las cartas de la mano para ver su jugada.

6. Y aún más: cuando juegue un farol, el aficionado no buscará darse tono. Un conocido mío, siempre que faroleaba sacaba ostentosamente del bolsillo brocha, crema y cuchilla, y se afeitaba silbando. Naturalmente estaba nervioso, y al final de la velada se había cortado la cara como Frankenstein. No dejen el rostro impasible: muchos aficionados intentan bloquear los músculos faciales, consiguendo luego tener unos reveladores efectos secundarios, como grandes pedos, por el esfuerzo. La misma cosa vale si tenéis un póker. Lo ideal sería tener siempre la misma actitud durante toda la noche. Un jugador muy bueno que conocía, en cuanto se sentaba a la mesa, se ponía a imitar el sonido de una sirena de ambulancia y continuaba toda la noche sin parar. Otro jugaba con bigotes y nariz al estilo De Rege[1], pero se descubría, porque cuanto tenía una buena jugada se desmayaba.

El teléfono

Old-phone-2El teléfono, en un bar, siempre está escondido. Vive por lo común en espacios angostos, preferiblemente detrás de una pila de cajas de cerveza. Para encontrarlo basta entrar en el bar y dirigirse hacia el fondo. Allá, en un agujero de metro y medio, está colgado el teléfono, casi siempre a tres metros de altura. Junto al teléfono está el telefoneador del bar, individuo de características singulares que se clasifica en las siguientes categorías:

a) Sonriente perpetuo. Este individuo está con el auricular en la mano y una expresión de felicidad en la cara. No dice nada. Escucha divertido durante horas, a veces asiente con la cabeza. Cada tanto os mira. En el otro lado de la línea, evidentemente, hay una persona graciosísima capaz de mantener la comunicación sola durante horas. Después del primer cuarto de hora incluso vosotros empezaréis a sonreír por solidaridad, y a intercambiar miradas de satisfacción con el telefoneador. Para tenerlo contento, podéis incluso reír y decir “Muy buena”. Después de una hora el telefoneador cuelga el auricular y se aleja con un aire preocupadísimo.

b) El enfadado. Es un individuo de color rojo que grita furibundas amenazas y gesticula como un loco, indiferente ante vuestro estupor y al del resto de los parroquianos. Del auricular sale la vocecita alterada del interlocutor. Habla dos horas y antes de largarse estrella el auricular rompiendo el teléfono y obligándoos a buscar otro bar.

c) El enamorado. Telefonea de cara a la pared, sosteniendo el auricular apretado entre las manos. Si os acercáis a él, trata de hacerse el despreocupado, o bien se agazapa en un rincón como un topo y os mira fijamente con odio. Da besitos en el teléfono, e incluso le hace pequeñas caricias. Si piensa que está solo, se abandona a increíbles maniobras eróticas con el auricular, manteniendo los ojos cerrados.

En el momento de la despedida nunca se debe estar cerca de él. Y es que su novia jamás corta la comunicación antes de que él la haya llamado “cerdita mía”, y si lo acosáis y él se avergüenza, puede irse incluso a las tres de la noche.

De hecho, el enamorado empieza a decir frases del tipo “Sí, yo también”, “Lo sabes, tanto tanto”, “Sí, yo más”, que no contentan a la prometida, cuya voz sale del auricular más y más alterada. El enamorado suda y os mira pidiendo misericordia. Se mete tres cuartos del auricular en la boca y susurra un “cerdita mía” imperceptible. En este momento, del otro lado del hilo, sale un “¿Cómo? ¡No he entendido! ¿Te da miedo decirlo?”, y el enamorado palidece.

En este momento la única solución es alejarse de él por un instante. Oiréis una especie de susurro, seguido de algún gritito orgásmico. Desahogado y satisfecho, el enamorado saldrá de la cabina de teléfono después de haber saludado a su cerdita.

d) El citador. También éste es un personaje peligrosísimo. Arregla por teléfono una cita en cuestión de media hora. En la otra parte del micrófono habla un aborigen australiano. De hecho, por lo que se esfuerza nuestro hombre, el otro interlocutor demuestra no conocer ninguna calle o plaza de la ciudad, y no ser capaz ni de coger el tranvía. Después de una tentativa, en la que el Nuestro describe al aborigen ochenta puntos diversos del centro de la ciudad, sin llegar a ponerse de acuerdo, los dos deciden encontrarse en la estación, cerca del mayor de los quioscos de prensa.

gettone e) El interurbano. Este señor se acerca al teléfono encorvado por dos kilos de fichas[2] en cada bolsillo, sonando como un trineo de navidad. Inserta en el teléfono una primera tanda de ciento veinte fichas, y pregunta al camarero el prefijo de Sondrio. Echa mano de las páginas amarillas y empieza a pasar las hojas hacia un lado y otro durante una hora. Blasfema y se desespera. Cuando ha encontrado el prefijo, pulsa por error la tecla de devolución y se encuentra arrollado por un aluvión de fichas que ruedan hasta las cuatro esquinas del bar. El telefoneador reblasfema y recarga el aparato. Echa mano del listín de Florencia y busca durante dos horas el número, mientras a intervalos regulares una ficha se desliza desde el agujerito y lo golpea entre los ojos. El telefoneador telefonea a la centralita y, después de una hora, obtiene el número, pero ya ha olvidado el prefijo. Recupera las páginas amarillas y pide otras doscientas fichas.

Luego:

1. Habla durante media hora en alemán con la aduana de Brennero, donde el aduanero sigue ordenándole el alto.

2. Telefonea tres veces a la señora Ida Corcelli, que estaba durmiendo, preguntando las tres veces por el mariscal Barone. La tercera vez la señora Corcelli tiene una crisis.

3. Se entromete en una conversación entre pederastas gritando “¿Quiénes sois? Yo estaba hablando con Sondrio”, y obteniendo como respuesta unas lindezas.

4. Telefonea de nuevo a la señora Corcelli.

5. Consigue escuchar las noticias de la radio y hablar con Zurich, mientras las fichas se consumen en ráfagas de veinte por minuto.

6. Consigue hablar con Sondrio, no con el mariscal Barone, pero sí con un compañero suyo del colegio que recuerda cómo, de pequeño, al mariscal lo llamaban “albóndiga”.

7. Consigue hablar con el mariscal Barone, pero la conversación se corta por falta de fichas.

8. Habla de nuevo con la casa Corcelli, donde el médico le da noticia de la muerte de la señora y le pide un préstamo.

9. Habla con el mariscal Barone llamando a un número de Rímini, mientras se cruza un radioaficionado florentino que circula en coche por la autopista.

10. Aprieta el botón, y salen todas las fichas, un chorro de chocolate caliente, veinte preservativos y una figurita de Anastasi[3] con un llavero blanquinegro.

11. Se olvida de pagar las fichas.

El tablón de anuncios

TablónEn primer lugar, el tablón de anuncios del bar contiene la alineación del Bologna a todo color. También el cartel del partido del domingo, la tabla de resultados y una foto del camarero del brazo de Bulgarelli[4]. Le sigue el cartelito ciclostilado de un concurso de pesca, en el que no se consigue leer nada salvo un gigantesco Primer premio dos jamones. Luego está el cartel de un concurso de brisca, de contenido algo oscuro para quien no sea del lugar, que reza más o menos:

CRAL[5] FERROVIARIOS
Del martes 26 al jueves 28: torneo
de brisca por parejas. Juego clásico, señales a la boloñesa,
prohibido el ganchito, la lenguita y el ojo de pollo.

Primer día:
Biavati-Zorro contra el Conte y Ciucca
Zatopek-Brufolo contra Gnegno-Stambazzein
Togliatti-Filòt contra Tex Willer y el Spiffero
Testa d’legn-Tortellone contra el Kaiser y Mioli (si su mujer lo deja venir)
Baldini I-Baldini II contra Tamarindo y uno de Milán
Juez árbitro único Scandellari (no aquel majareta)

Numeroso público

Luego están las postales. Son esas que los clientes del bar envían a los amigos para probar que el viaje realmente ha tenido lugar. Sin la postal, de hecho, no se permite soltar el rollo. Vienen de todas las partes del mundo. La mayor parte del Este, Rumanía y Yugoslavia, donde, según lo que se cuenta en el bar, debería haber tres millones y medio de hijos de italianos cada año. if_cartoline_ditaliaDependiendo del tipo de expedición realizada, la postal lleva escrito por detrás el texto “¡Qué mujeres!” o “¡Qué liebres!”. Son siempre vistas nocturnas, con la ciudad iluminada y una flecha con el texto “Estamos aquí”. Siguen las firmas de cuarenta mujeres, manifiestamente falsas (siempre hay una Úrsula aunque Ludmilla se usa mucho; alguna está firmada como María Beckenbauer). Estos viajes, con un equipaje de doscientos pares de zapatos, combinaciones, bolígrafo y horquillas, finalizan en la mayor parte de las ocasiones con una ininterrumpida comilona y con la adquisición de reservas de vodka para seis meses.

Otras postales destacables son las de las excursiones de Fin de Año a París. Luego está Athos, que manda una postal con la fuente de agua medicinal cada vez que va a Imola (distancia 8 Km). Una postal del 66 desde Sestrière, enviada desde Quaglia y firmada “El abominable hombre de las nieves”. Una vista nocturna del Autoservicio de Cantagallo di Macci que hizo el camarero, y una postal de Torelli desde Lourdes, a donde llevó a su abuela paralítica y luego quería que le devolvieran el dinero. Seguían dos postales con gatos de la enamorada del chico de los recados y una veintena de esas postales rugosas con la japonesa que saca las tetas dependiendo del reflejo. Luego, enmarcada, la postal que hace llorar a Trinca. Se la envió una chica, que se llamaba Brigada de Artillería de Montaña y venía de Pordenone.


[1] Walter Chiari y Carlo Campanini hacían una celebre parodia, y uno de ellos portaba un bigote ridículo y una gran nariz.

[2] Antiguamente, los teléfonos públicos en Italia, como en España, funcionaban con fichas. En Italia estas fichas (gettoni) se compraban en los estancos.

[3] Histórico goleador de la Juventus.

[4] Giacomo Bulgarelli, antiguo jugador del Bologna.

[5] CRAL significa Circolo Ricreativo Aziendale Lavoratori, es decir, Círculo recreativo sindical de trabajadores]

19 de mayo de 2011

Bar Sport (III)

traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni (Feltrinelli, Milan, 1997)

Entretenimientos [1ª parte]

maquina-del-millon-2 Cualquier bar Sport posee un reclamo tanto mayor cuanto más intrínsecamente posee entretenimientos: por ejemplo, es perfectamente inútil que un bar posea un buen billar si no tiene un buen tonto del bar. E igualmente, un bar que posee un tonto de óptima calidad no puede competir con un bar que tenga un tonto mediocre, pero que pueda pavonearse con un sombrero olvidado por Haller[1]. Los bares de más clase tienen un auténtico mercado de entretenimientos, con piezas preciosas: un buen técnico para las discusiones del lunes, por ejemplo, llega a valorarse en medio millón; un ordenanza cantante cejijunto vale al menos dos flippers o mejor un flipper y una foto gigante firmada por Bartali sobre el Izoard[2]. Pero veamos los detalles.

Los flippers

Cualquier bar Sport posee un flipper o dos, y al menos un jugador profesional de flipper. El flipper funciona con fichas, con botones, con trocitos redondeados de azulejo, con arandelas: en suma, con cualquier objeto redondo que no sea una moneda de cincuenta liras. Si se introduce en el flipper una moneda de cincuenta liras, éste emite un rumor ahogado, vibra durante unos segundos y se bloquea. Entonces hay que llamar al dueño, el cual le pega un puntapié al flipper, que no devuelve inmediatamente la moneda. En este momento, del fondo de la sala surge un individuo que lo sabe todo sobre los flippers. Pide una llave inglesa y alambre de espino. Después de una hora se va, diciendo que en toda su carrera ha encontrado un flipper igual, y que seguro que es un defecto de fabricación. flipperCasi siempre, estos individuos sierran las patas del flipper y ejecutan otros actos de sadismo sin el más mínimo resultado. La única manera de hacer funcionar la máquina es introducir una zapatilla de fontanería. El flipper volverá a funcionar, devolviendo cincuenta liras falsas.

Un flipper de buena calidad emite mil tipos de estrepitosos disparos, tanto que muchos clientes levantan las manos. En cualquier caso, el ruido de un flipper puede ser fácilmente solapado por una discusión a tres bandas sobre la Fiorentina[3].

El profesional del flipper, o experto en flippers, tiene una edad media de diecisiete años y se distingue por un estuche de cuero negro que lleva siempre bajo el brazo. En él guarda los índices de sus manos derecha e izquierda, o lo que es lo mismo, sus herramientas de trabajo. Cuando se dispone a jugar, los saca de la funda, los monta con todo cuidado, y luego durante diez minutos hace unos ejercicios de dedos que llaman “de carteristas”, por su semejanza con el gesto napolitano que significa birlar. Entonces se pega al flipper y comienza a jugar. El verdadero jugador, además de con los dedos de las manos, juega con los pies, dando patadas, y con la zona púbica, con la cual sacude al flipper como en una relación sexual, con los ojos en blanco; y con los hombros que se agitan sin interrupción. Normalmente permanece enganchado de cuatro a cinco horas, pero algunos pueden resistir todavía más: en América un puertorriqueño de catorce años permaneció pegado a la máquina diez días, antes de que el camarero se diese cuenta de que se había quedado tieso por una sacudida eléctrica de 20.000 voltios.

El cometido del jugador profesional es hacer el récord y escribirlo en el flipper. Un flipper corriente tiene normalmente en su parte trasera las siguientes inscripciones: Gianni 24.000; Aldo 34.524; debajo: mentira. Nino 39.989; debajo: no te creemos. Gianni 65.892 – testigos Aldo Graffi, Amos Natali (firmas); Rossano 42.654.788 – en presencia de (siguen 54 firmas falsas).

La pesca del bombón de licor

bombones-licor La pesca del bombón de licor se hace partiendo de la base de un cartón para hacer agujeros. Con cien liras se hace el agujero y se saca una bolita de color que da derecho a un premio. Detrás del cartón están expuestos conejos de trapo altos como utilitarios, huevos de pascua gigantescos y monstruosos perros de peluche que llevan sobre la espalda un alud de bombones. Pero nunca, en la historia de la humanidad, se ha visto que nadie consiga uno de estos objetos. Un viejito, en Varese, juró haber visto son sus propios ojos cómo un soldado alemán ganaba en el 44 una oca gigante llena de caramelos, pero nadie lo creyó y fue tachado de arteriosclerótico. Por el contrario, en esta pesca es muy fácil conseguir bombones: son bombones rellenos de licor pero normalmente, al abrirlos, se descubren avanzados procesos de cristalización, estalactitas, bloques de cemento, en suma, cualquier cosa salvo el líquido originario. En Parma, un profesor de instituto descubrió en un bombón una gruta calcárea natural, con corrientes subterráneas, rica en minerales desconocidos.

La pesca del bombón es muy practicada en los bares de los núcleos más pobres, donde muchas personas han tenido que contraer hipotecas sobre su casa para poderse permitir el vicio, y durante años alimentan a sus hijos con bombones. Por lo común, el agujereador de bombones acaba, a la vuelta de pocos años, hundido en la miseria de su insana pasión, y termina intoxicado por el licor casero, de clínica en clínica, donde pasa todo el tiempo haciendo agujeros en las cajas de zapatos con un mondadientes.

El futbolín o (en el bar de la derecha) fútbol de mesa

futbolin El futbolín es uno de los deportes italianos más difundidos. Se trata de un juego en el cual, con algunos hombrecitos de madera, hay que meter una bolita en el calcetín adversario. Digo calcetín porque casi siempre el agujero de la puerta contraria está cerrado precisamente con un calcetín, pequeña treta mediante la cual se puede jugar con la misma bolita toda la tarde.

El futbolín es un deporte cansadísimo. El verdadero jugador lo practica casi completamente desnudo o en paños menores, al ser un juego que da una terrible calor. Y también es ruidosísimo, especialmente si lo juegan las mujeres. La mujer más calmada y silenciosa, cuando juega al futbolín, emite agudos y gritos espantosos, acaba vencida por una risa convulsa y pierde los zapatos. Los psicólogos, por esto, ven el futbolín como un deporte con una fortísima carga sexual (lo confirma, entre otras cosas, el hecho de que las mujeres, durante las partidas, acostumbran casi siempre a dar codazos en los huevos a los compañeros), y por esta razón, precisamente, lo aconsejan vivamente a las parejas en crisis.

El billar

El billar es el rey de los juegos importantes. Tiene lugar en una gran mesa cubierta de paño verde, con cuatro bolas blancas, cuatro rojas y una bolita azul. A un lado del billar, al inicio del juego, se ponen los jugadores, y en los otros tres lados los tocapelotas.

billar Las bolas son de material duro, magnetizado hacia el centro de la Tierra, donde están de hecho tentadas de volver metiéndose bajo los armarios y en los lugares más remotos. La mesa es perfectamente horizontal, al menos el primer día; después tiende a convertirse en uno de los siguientes tipos:

Billar lento, o que no corre. Con enorme frecuencia su lentitud se debe a manchas de grasa, tabaco, vino y escupitajos que arruinan el paño verde, dando origen a un terreno de tipo árido-desértico. Sobre este billar las bolas avanzan con gran fatiga, levantando polvo y ramas secas, y sólo los jugadores más fuertes consiguen hacer más de dos bandas.

Billar veloz. El uso ha transformado el paño verde en una especie de duro vidrio. Las bolas alcanzan velocidades de 340 Km por hora, y a menudo deben ser abatidas a tiros ante la imposibilidad de detenerlas. Los jugadores avezados en este billar tienen manos ligerísimas, tanto que requieren que un compañero les ponga la bola en la mano, pues no tienen fuerza para levantarla.

Billar traidor, o accidentado. Son los billares mantenidos en lugares de temperatura no constante. A veces, por el frío excesivo, llegan incluso a arrugarse y adoptan el tamaño de un fregadero; o bien se llenan de barrancos, tanto que todas las bolas deben llevar un mapa de montaña. O bien, por el calor, se arquean y adoptan forma trapezoidal, de estrella, de montaña rusa, de arca de Noé.

Billar ocupado. Es un tipo de billar muy común, odiado por todos los jugadores. Absolutamente normal en el resto de los aspectos, juegan en él dos vejetes lentísimos que nunca lo dejan libre.

Billar encajado. Es un billar situado en un lugar muy estrecho, es decir, en una habitación ocupada enteramente por el billar. Se juega lanzando las bolas a través de un agujero en el muro de la estancia contigua.

Billar de paso (o water-billar). Es un billar situado a la entrada de los servicios del bar. Mientras se juega, los parroquianos pasan por encima desabrochándose los pantalones. En los locales más vulgares el billar se coloca en el mismo servicio, y el problema que se presenta es de otro cariz.


[1] Helmut Haller, jugador alemán de fútbol que militó durante casi toda su vida deportiva en equipos italianos.

[2] Gino Bartali fue un corredor ciclista que ganó el Tour de Francia en 1948. El puerto de Izard está en los Alpes, y se subió ese año en el Tour.

[3] Equipo de fútbol de Florencia.

13 de abril de 2011

La perfecta señorita

THE PERFECT LITTLE LADY
Cuento incluido en Little Tales of Misogyny
PATRICIA HIGHSMITH

Rockwell - Little girl Theadora, o como la llamaban, Thea, era la más perfecta de las señoritas. Todos los que la habían conocido desde sus primeros meses de vida, cuando iba de aquí para allá en su cochecito forrado de satén, lo atestiguaban. Dormía cuando debía dormir. Luego se despertaba y sonreía a los extraños. Casi nunca mojaba los pañales. Fue la niña más espabilada a la hora de ir sola al baño, y aprendió a hablar extraordinariamente pronto. Luego vino la lectura, cuando apenas había cumplido dos años. Y siempre se comportó con corrección. A los tres años empezó a hacer reverencias cuando era presentada a la gente. Por supuesto, fue su madre quien se lo enseñó, pero Thea se sintió en las cuestiones de protocolo como pez en el agua.

A los cuatro años, al marcharse de las fiestas infantiles, se despedía con una reverencia diciendo con afectación: “Gracias, he pasado un rato muy agradable”. Solía regresar a casa con su almidonado vestido, tan arreglado y limpio como cuando se lo había puesto. Cuidaba con esmero su pelo y sus uñas. Nunca iba sucia, y miraba a otros niños correr y jugar, hacer pasteles con el barro, caerse y desollarse las rodillas, y pensaba que eran profundamente idiotas. Thea era hija única. Otras madres, más abrumadas que la madre de Thea, con dos o tres retoños que cuidar, alababan la obediencia y pulcritud de la niña, y Thea se sentía encantada. Disfrutaba también de las alabanzas que obtenía de su propia madre. Thea y su madre se adoraban.

Entre los compañeros de Thea, la edad de hacer pandillas empezaba a los ocho, nueve o diez años, eso si la palabra pandilla puede ser usada para esos grupos informales que recorrían la vecindad sobre patines y bicicletas. Aquél era un genuino barrio de clase media. Pero si algún niño no se unía a las partidas de póker loco en el garaje de uno de los padres, o no montaba en la bicicleta para jugar a sigue al rey a través de las calles de la urbanización, ese niño no existía. Thea no existía, al menos en lo que concernía a su pandilla.

— Me trae sin cuidado, porque de ninguna forma quiero ser uno de ellos —dijo Thea a su madre y a su padre.

— Thea hace trampas en los juegos. Por eso no la queremos —dijo un chico de diez años en una de las clases de historia del padre de Thea.

El padre de Thea era maestro en una escuela local de primaria. Hacía mucho que sospechaba la verdad, pero había mantenido su boca cerrada esperando que todo se arreglase. Thea era un misterio para Ted. ¿Cómo podía él, un tipo tan corriente y parsimonioso, haber engendrado una mujer de armas tomar?

— Las niñas nacen mujeres —decía Margot, la madre de Thea—. Pero los niños no nacen hombres. Las niñas ya tienen carácter de mujer.

— Pero esto no es carácter —dijo Ted—. Es pura artificialidad. El carácter necesita tiempo para formarse. Como un árbol.

Margot sonrió condescendiente, y Ted tuvo la sensación de que hablaba como alguien de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija vivían en la era ultrasónica.

Rockwell - Let Nothing You Dismay

El objetivo primordial en la vida de Thea parecía consistir en hacer que sus compañeros se sintieran terriblemente mal. Había dicho una mentira sobre otra chiquilla, algo relacionado con un niño, y la chiquilla había llorado y casi había sufrido un ataque de nervios. Ted no podía recordar los detalles, aunque había sido capaz de comprender la historia cuando la escuchó por primera vez, resumida por Margot. Thea se las había compuesto para culpar a la otra niña de todo. Maquiavelo no lo habría podido hacer mejor.

— No es una desvergonzada— dijo Margot—. De todas formas, puede jugar con Craig, así que no está sola.

Craig tenía diez años y vivía tres casas más allá. Lo que Ted no advirtió entonces fue que Craig también estaba aislado, y por la misma razón. Una tarde Ted observó cómo uno de los niños del barrio, en un silencio ominoso, hacía un gesto grosero al adelantar a Craig por la acera.

— ¡Cerdo! —replicó Craig de inmediato. Luego salió corriendo, por si el otro chico lo perseguía, pero éste simplemente se volvió y dijo:

— ¡Y tú eres un mierda, como Thea!.

norman_rockwell_knuckles_down_clipped No era la primera vez que Ted había oído ese tipo de lenguaje de los chicos del lugar, pero ciertamente no lo oía con frecuencia, y quedó impresionado.

— Pero ¿qué es lo que hacen Thea y Craig... tan solos? —preguntó Ted a su esposa.

— Bueno, dan paseos. No sé... —dijo Margot—. Supongo que él está colado por ella.

Ted lo había pensado. Thea tenía un encanto de cajita de caramelos que le aseguraría los novios cuando alcanzara la adolescencia, y por supuesto Thea se adelantaba a ese momento. Ted no temía un mal comportamiento por parte de Thea, porque era de las que tonteaban, y básicamente mojigata.

Thea y Craig se entretenían en observar la construcción de un refugio subterráneo, un túnel y dos chimeneas, en un terreno vacío a una milla de allí. Thea y Craig solían ir en bicicleta, se ocultaban en unos arbustos cercanos y espiaban y soltaban risitas. Algo así como una docena de hombres de la cuadrilla trabajaban como peones, sacando cubos de tierra, reuniendo leña, preparando patatas asadas con sal y mantequilla, que era el punto álgido de toda esta esclavitud, sobre las 6 de la tarde. Thea y Craig pretendían esperar hasta que la excavación y los arreglos estuvieran acabados, y entonces pensaban destrozarlo todo.

Entretanto, Thea y Craig idearon lo que ellos llamaban “un nuevo juego de pelota”, que eran las palabras clave para un plan repugnante. Enviaron un anuncio mecanografiado a la mayor bocazas de la escuela, Verónica, diciendo que una niña llamada Jennifer iba a celebrar una fiesta sorpresa de cumpleaños en cierta fecha, y le pedía por favor que se lo dijese a todos excepto a Jennifer. Se suponía que la carta era de la madre de Jennifer. Entonces, Thea y Craig se ocultaron en los setos y vigilaron la llegada de sus compañeros de colegio a casa de Jennifer, algunos con sus mejores galas, casi todos portando regalos, mientras Jennifer, en el umbral de la puerta, se sentía más y más avergonzada, diciendo que ella no sabía nada de una fiesta. Dado que la de Jennifer era una familia adinerada, todos los niños habían esperado una gran velada.

norman-rockwell-the-check-up Cuando el túnel y el refugio subterráneo, las chimeneas y las hornacinas para las luces estuvieron acabados, Thea y Craig fingieron dolor de barriga en sus respectivos hogares, y no fueron a la escuela. De previo acuerdo, se escabulleron y se reunieron a las once de la mañana con sus bicicletas. Fueron hasta el refugio subterráneo y saltaron al unísono sobre el túnel hasta que se derrumbó. Luego destruyeron los remates de las chimeneas, y desparramaron cuidadosamente la leña apilada. Encontraron incluso las reservas de patatas y sal, y las arrojaron en el bosque. Entonces volvieron pedaleando a casa.

Dos días después, en un jueves que era día de clases, encontraron a Craig a las 5 de la tarde tras unos olmos, en el césped de la casa de los Knobel, acuchillado hasta morir en la garganta y el corazón. También tenía heridas muy feas alrededor de la cabeza, como si lo hubiesen golpeado repetidamente con unas piedras bastas. La medida de las cuchilladas mostraron que al menos se habían usado siete cuchillos diferentes.

Ted estaba terriblemente horrorizado. Para entonces había oído hablar de las chimeneas y el túnel destruidos. Todo el mundo sabía que Thea y Craig habían faltado a la escuela el jueves que el túnel fue arruinado. Todos sabían que Thea y Craig estaban constantemente juntos. Ted temió por la vida de su hija. La policía no pudo culpar a ningún miembro de la pandilla por la muerte de Craig, ni pudo tampoco acusar al grupo entero de asesinato u homicidio. Las investigaciones concluyeron con un aviso a todos los padres de los niños de la escuela.

— Sólo porque Craig y yo faltamos a la escuela en el mismo día no se puede decir que fuéramos juntos a romper ese estúpido y viejo túnel —dijo Thea a una amiga de su madre, la madre de uno de los miembros de la pandilla. Thea podía mentir como una consumada sinvergüenza. Para un adulto era difícil desafiarla.

Así que la época pandillera de Thea acabó con la muerte de Craig. Luego vinieron los novios y el tonteo, ocasiones para las intrigas y las traiciones, y un río constante, siempre diferente, de muchachos entre los dieciséis y los veinte años, algunos de los cuales duraron sólo cinco días al lado de Thea.

Nos despedimos de Thea mientras se sienta para acicalarse, con quince años, frente a su espejo. Esta noche se siente particularmente feliz, porque su rival más cercana, una chica llamada Elizabeth, acaba de sufrir un accidente y tiene la nariz y la mandíbula rotas, además de un ojo malherido, así que nunca volverá a ser la misma. El verano se acerca con todos esos bailes al aire libre y las fiestas de piscinas. Hay incluso rumores de que Elizabeth podría tener que ponerse la dentadura inferior postiza, porque muchos de los dientes se le rompieron. Thea, sin embargo, escapará a todas las catástrofes. Hay una divinidad que protege a las señoritas perfectas como Thea.

6 de marzo de 2011

Bar Sport (II)

traducción del libro Bar Sport, de Stefano Benni (Feltrinelli, Milan, 1997)

La Luisona

En el Bar Sport no se come casi nunca. Hay una vitrina con dulces, pero son puramente coreográficos. Son dulces ornamentales, a menudo verdaderas piezas de artesanía. Están allí desde hace años, tanto que a esta altura los clientes habituales los conocen uno por uno. Al entrar dicen: “El merengue está hoy un poco estropeado. Será el calor”. O bien: “Va siendo hora de espolvorear los bollitos rellenos”. Sólo algunas veces el cliente ocasional osa acercarse al sagrario. Una vez, por ejemplo, entró un representante de Milán. bolleria Abrió la vitrina y se llevó a la boca un pastelón blanco y negro, salpicado por encima de ese hermoso granillo de duraluminio que sólo caracteriza a los dulces verdaderamente estropeados. De inmediato se corrió la voz por el bar: “¡Se han comido la Luisona!”. La Luisona era la decana de los dulces, y se encontraba en la vitrina desde 1959. Al mirar el color de su crema los viejos podían obtener la previsión del tiempo. Su desaparición fue un durísimo golpe para todos. El representante fue invitado a salir bajo el desprecio general. Nadie lo tocó, porque su malvado gesto ya contenía en sí mismo el más tremendo de los castigos. De hecho, apenas una hora después, fue encontrado en los retretes de un autoservicio de Módena, presa de atroces dolores. La Luisona se había vengado.

La particularidad de estos dulces es, de hecho, su nada fácil digestión. Cuando el dulce es ingerido, en primer lugar el granillo perfora el esófago. Luego, cuando el dulce llega al hígado, éste lo analiza y lo rechaza, y se desplaza de un salto a la izquierda para dejarlo pasar. El dulce, todavía entero, recorre el intestino y cae a tierra intacto después de pocos segundos. Si el camarero no ha visto nada, uno todavía puede devolverlo a la vitrina y largarse.

17 de febrero de 2011

Bar Sport (I)


Introducción histórica

El hombre primitivo no conocía el bar. Cuando se levantaba por la mañana, en su caverna, sentía de pronto un fuerte deseo de café. Pero el café no se había inventado todavía y el hombre primitivo arrugaba la frente asumiendo la típica expresión simiesca. No había ni siquiera bares. Los solteros, por la noche, se encontraban en cualquier gruta, se ponían en semicírculo y se intercambiaban golpes de mazo en la cabeza según un estricto ritual. Era una diversión muy tosca y pronto pasó de moda. Entonces los hombres primitivos comenzaron a reunirse en cavernas y a hacerse caricaturas en los muros, que entre ellos llamaban en broma graffitis paleolíticos. Pero esta primera tentativa de bar resultó fallida. No existía la moviola, la vistosa zancadilla, el seco tiro rasante, el regate embriagador y el arbitraje escandaloso y la conversación languidecía entre eructos y gruñidos.
Los antiguos romanos, en cambio, inventaron pronto la taberna observando el vuelo de los pájaros, y los suburbios eran un verdadero hervidero de bares. Los taberneros se hacían de oro, tanto que se convirtieron pronto en la clase dominante. César comenzó su carrera como camarero, y conservó toda su vida la pésima costumbre de exigir propinas de los bárbaros vencidos.
En los bares romanos se bebía mucha menta, vino de las colinas y absenta. Las leyes eran muy severas: al que pescaban borracho le cortaban la lengua. Esta disposición fue revocada en el momento en el que las sesiones del Senado empezaron a desarrollarse en perfecto silencio.
Los camareros eran en su mayor parte esclavos cartagineses. Pero había también muchos filósofos griegos, que servían las mesas para continuar sus estudios. Aristóteles trabajó de camarero durante dos años en el “Porcus Rotitus”, y tuvo la intuición para su Lógica observando a un cliente que intentaba ensartar una gruesa cebolla con un tenedorcito. Platón hizo de pinche en el “Pomplius”, uno de los restaurantes más de moda en Roma en el que el carrito de los postres era una biga de dos caballos.
También en Grecia los bares tuvieron gran difusión. Los filósofos Peripatéticos enseñaban en las terrazas y terminaban las lecciones completamente borrachos. Pitágoras inventó su famosa tabla porque estaba cansado de que lo liasen con la cuenta de las cervezas, y Zenón se convirtió en Estoico porque no tenía nunca la paciencia de esperar a que su chocolate se enfriase en la taza.
La Edad Media fue una de las épocas doradas de los bares. Se inventó la casa de postas para caballos, donde los caballos podían descansar y los caballeros refocilarse. En realidad la cosa era así: el caballero le preguntaba al caballo. “¿Estás cansado, sí?”, se paraba y bebía. Esto sucedía incluso treinta, cuarenta veces en un kilómetro.
En las tabernas uno se paraba a batirse en duelo y a abofetearse con los guantes. D’Artagnan retaba y mataba a todos aquellos que jugaban al flipper, porque el ruido lo sacaba de quicio.
En estas tabernas, que tenían nombres como “El Gallo de oro”, “La Oca barbuda” “El Agujero del diablo”, se bebía en copas pesadísimas, altas hasta casi medio metro, incrustadas de rubíes y zafiros, con aceitunas gigantescas como sandías.
Una variante célebre de estas tabernas era la de los piratas, donde se bebía casi exclusivamente ron. En realidad los piratas estaban locos por el frappé: pero embrutecidos y habituados a la vida del mar, acababan siempre por clavarse las cucharillas en los ojos. Por eso el noventa por ciento llevaban el famoso parche.
Muchos terminaron destruidos por el “agua de fuego”, hasta que el famoso Morgan el ciego descubrió que el frappé se podía beber también con la pajita. Por esta intuición la reina de Inglaterra lo nombró baronet y le regaló un timón en polipiel de leopardo.
Algunas de estas tabernas eran legendarias, como “El Cañon de las Antillas”, cuyo propietario era el famoso O’Shamrok. O’Shamrok tenía un papagayo extraordinario, Bozambo, que había adiestrado para llevarlo sobre el hombro. Es decir era el papagayo el que sostenía a O’Shamrok en el hombro, el cual se mantenía agarrado con los pies encogidos. El papagayo servía a los clientes en tres lenguas y O’Shamrok fumaba en pipa y se limitaba a decir cretineces como “O’Shamrok quiere pipas de calabaza” u “O’Shamrok dice buenas tardes. Eeeerk”, y cosas por el estilo. En aquella taberna se podía entrar sólo con una pierna de madera, o con un ojo de cristal, o con un garfio en lugar de mano, ya que había siempre un herrero dispuesto a separar a los clientes que se saludaban. El cliente más agradecido era el Olonese, que era en realidad una mesita de noche con un brazo y un sombrero en la cabeza. Cuando estaba de broma, abría la puertecita de abajo y enseñaba el orinal, provocando la hilaridad de los presentes. Murió en Maracaibo: los suyos se amotinaron y de noche le llenaron la cama de termitas.
Otro cliente habitual era el Corsario Negro. Tenía una pierna de madera mal ajustada, y cuando cambiaba el tiempo las junturas le producían unos dolores atroces. Cuando esto sucedía, el Negro perdía la cabeza, empezaba a gritar y con la cimitarra se cortaba la pierna. Por eso uno de sus hombres lo seguía siempre con una bolsa de golf llena de piernas de recambio. El Corsario Negro era muy vanidoso y tenía más de trescientas, todas de madera noble, de combate, de paseo y de noche. Tenía incluso una de naufragios, que terminaba en una aleta de teca.
Una noche que estaba muy borracho y tenía mucho dolor, el Corsario Negro cogió la cimitarra y se cortó la pierna buena. Al principio no quiso admitir el error y continuó jugando estóicamente al chemin de fer. Hacia medianoche, sin embargo, comenzó a balancearse en la silla y a decir que no se encontraba bien. Por fortuna había allí un cirujano, Almond el asesino, que regó de whisky la herida y dijo: “Negro, resiste, ahora te haré un poco de daño”. El Corsario dijo: “No tengo miedo del dolor. Pero ¿qué dirá mi madre?”. Almond le montó dos piernas, pero una era más larga, de esta forma el Corsario estaba en pie un momento y después se precipitaba hacia la derecha. Entonces montó dos iguales, pero una era oscura y otra clara y el Corsario cuando se miró al espejo se puso a llorar. Finalmente consiguió montarle dos que estaban bien, pero justo en aquel momento entraron los esbirros del ejército inglés, capitaneados por Nelson. Todos los piratas consiguieron escapar deslizándose con el garfio por las cuerdas de los tendederos. Solo el Corsario Negro quedó parado en medio de la sala, con las piernas de madera, sin conseguir moverse. Nelson lo vió y dijo: “Negro, qué es esto, ¿otro de tus sucios trucos?”. El Corsario Negro replicó sardónico: “Guau”, e intentó escapar a cuatro patas. Fue hecho prisionero y arrojado en la cárcel, para ser ahorcado al día siguiente
La piratería, aquella noche, se reunió en la nave del Olonese para estudiar una manera de liberar al Corsario Negro. Pero en la costa lanzaban fuegos artificiales, y todos se precipitaron a cubierta para verlos, así que nadie se acordó más del desventurado. Por la mañana el Corsario Negro se presentó en el cadalso con una sonrisa irónica. Continuó sonriendo incluso cuando le ponían la soga alrededor del cuello. De hecho se había mandado hacer, durante la noche, dos piernas de madera de seis metros de largo, y cuando la trampilla se abrió él quedó en pie sobre los zancos. El verdugo tuvo que ir debajo del cadalso con una sierra. Pero mientras tanto de la nave del Olonese partió una ráfaga de cañonazos que acertó de pleno en el cadalso, y el Negro huyó con la horca sobre los hombros, llegó hasta el mar, robó un bote y regresó con los suyos, que sin embargo se amotinaron y lo hicieron embalsamar. Pero nos estamos yendo de la historia.
Pasemos entonces a la Revolución francesa: en este periodo los bares tuvieron momentos fulgurantes. Los nobles pasaban allí casi todo el día.
Cristóbal Colón había estado hacía poco en América, y apenas desembarcado había visto a los indígenas que llevaban al cuello extraños objetos de hierro, con forma de cilindro y un pequeño pico. Los indios, en su dialecto, lo llamaban “napolitana” o “moka”, que quería decir “máquina-de-hierro-del-negro-zumo-que-te-despierta”. Ellos llevaban en estos cilindros un licor denso y oscuro, del que bebían cantidades increíbles. Cristóbal Colón quiso probarlo y enseguida dijo: “Falta el azúcar”, después propuso un trueque, y consiguió tres de esas máquinas por trescientos despertadores. Los indígenas, satisfechos, lo llamaron “Bazuk” (hombre-blanco-que-hace-los negocios-a-lo-bruto), e hicieron un bailecillo en su honor.
Colón regresó a España, y apenas llegado a la corte de la reina Isabel, se inclinó a sus pies con el recipiente en la mano y le hizo una gran mancha sobre el vestido engarzado de diamantes. La reina airada dijo: “¿Qué fais?” (¿Qué haces?), puede que no dijese exactamente eso, de cualquier forma desde aquel día la bebida se llamó Queffé y después Caffè, aunque el pueblo irreverente insistía en llamarlo Cazzofia. En la corte española el café se puso pronto de moda: pero podían beberlo sólo los hombres, ya que para las mujeres era escandaloso hacerse ver con una tacita en la mano. En realidad, las damas de la corrupta corte de Isabel todas las noches, a escondidas, se delizaban fuera del palacio real disfrazadas de palafreneros, e iban a beber el café a los barrios bajos. Un día el cocinero de palacio, Olivares, sorprendió a la reina que a escondidas urgaba en el cubo de los desperdicios para recoger un puñado de restos. Para acallar el escándalo el rey tuvo que nombrarlo marqués y ahorcarlo.
De España el café voló a Francia, donde se convirtió en la bebida preferida de la nobleza. Allí, el abad Sièyes, conocido tacaño, inventó el cappuccino, que originalmente en lugar de leche llevaba agua.
Los nobles franceses, como se dijo antes, ofrecían un triste espectáculo pasando todo el tiempo en el bar y divirtiéndose al escupir los huesos de las olivas sobre el Tercer Estamento. El pueblo clamaba, y París era ya un polvorín. La chispa saltó en un espisodio sucedido en el bar “El Canario musculoso”; el marqués de Poissac, conocido libertino, echó una bola de helado en el escote de una camarera, y el marido de ésta lo persiguió entre las mesas y lo mató. Enseguida el pueblo, armado de horcas, salió a la calle e hizo una masacre de aristócratas. El rey, teniendo en cuenta que la Cia no estaba todavía constituída, no tuvo más remedio que huir. Pero cuando estaba ya con una pierna sobre el alféizar de la ventana, le llegó la noticia de que los revolucionarios se habían reunido en el juego de la pelota. Entonces fue hacia allí jadeante, y de hecho allí los encontró jugando, y estaban discutiendo porque Robespierre había fallado un remate.
“Yo también quiero jugar”, dijo el rey, y todos le saltaron encima y lo llevaron a la guillotina.
Mientras tanto, en Italia, Girolamo Savonarola denunciaba la corrupción de la nobleza y lanzaba el café Hag. El resto es la historia de nuestros días.

15 de febrero de 2011

En algún lugar al que nunca viajé

E. E. Cummings

E.E.Cummings

en algún lugar al que nunca viajé, por fortuna más allá
de toda experiencia, tus ojos tienen su silencio:
en tu gesto más delicado hay cosas que me cierran,
o que no puedo tocar porque están demasiado cerca.

tu más ligera mirada me libera fácilmente
aunque como unos dedos yo me haya cerrado,
me abres siempre, pétalo a pétalo, como abre la primavera
(rozando diestra, misteriosa) su rosa primera

o si tu deseo es cerrarme, yo y mi vida
nos cerraremos con hermosura, súbitamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve que cae con cuidado por todas partes;

nada que podamos percibir en este mundo iguala
el poder de tu intensa fragilidad: esa textura suya
me obliga con el color de sus tierras,
trayendo muerte y eternidad en cada respiración

(no sé qué es lo que hay en ti que cierra
y abre; sólo algo en mí comprende que la voz
de tus ojos es más profunda que todas las rosas)
nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas